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Domingo, 20 de julio de 2008

SOYINKA

Camino negro

Wole Soyinka se convirtió en el primer africano negro en ganar el Premio Nobel de Literatura en 1986. Ese solo hecho le da un lugar en la historia. Pero además de una productiva obra literaria, especialmente como dramaturgo, ha tenido una vida política más que agitada. La aparición de los ensayos reunidos en Clima de miedo (Tusquets) abre una interesante puerta para acceder a su figura.

 Por Mariana Enriquez

Leer la obra de Wole Soyinka, el Premio Nobel de Literatura nigeriano de 1986 –el primer laureado africano negro de la historia–, especialmente su obra ensayística y de ficción, es enfrentarse con un intelectual en constante ebullición, un escritor que no puede evitar ser activista político, un hombre que es profesor emérito y doctor Honoris Causa de varias de las universidades más importantes del mundo pero, aun así, durante la dictadura del general Sani Abacha, en 1994, tuvo que huir de Nigeria hacia el exilio cruzando la frontera a pie, de noche, evitando las patrullas, en lo que llama “mi escapada a lo Rambo”. “Me preguntan cómo se conectan mi arte y mi activismo político, y si se estimulan mutuamente. Mi única definición es que son gemelos siameses que, si son separados en una operación, mueren.”

En 2004, Soyinka dio una serie de cinco conferencias sobre el fundamentalismo, el poder y la degradación de las democracias en el prestigioso ciclo Reith, y las llamó Clima de miedo. Recopiladas en un libro, se distribuyen aquí a través de la nueva colección de ensayo de Tusquets. Es un punto algo engañoso para ingresar a la vasta y polifacética obra de Soyinka, dramaturgo, poeta, novelista y hasta cineasta; pero resulta un texto revelador de los tres vértices sobre los que ha intentado pensar la política desde la independencia de su país en 1960: el humanismo secular, la racionalidad política y la imperiosa necesidad de justicia para quienes llama “la enorme república de los desilusionados” que terminan siendo carne de cañón.

Wole Soyinka nació en Abeokuta en 1934, cuando Nigeria todavía era una colonia del Imperio Británico. Su familia es yoruba, pero de chico recibió una educación religiosa sincrética, con una madre comerciante y anglicana (que además era activista política, una de las líderes de un movimiento local de mujeres) y un padre director del colegio St. Peter’s de Abeokuta. Los recuerdos de esos primeros años constituyen Aké, The Years Of Childhood, unas memorias de infancia cálidas, escritas con enorme belleza e inteligencia, sin concesiones ni explicaciones para el lector no africano; una obra sincera editada en 1981 donde ese chico que en el futuro estudiaría en Inglaterra es “marcado” con un cuchillo por su abuelo yoruba en una ceremonia privada (hasta el día de hoy, Soyinka es devoto del dios indígena Ogún); donde se pierde en la vitalidad y los aromas de los mercados, sufre ante la muerte de su hermanita, escucha sobre la guerra en Europa por la radio y cobra una especial de proto-conciencia política cuando ve a su madre y sus compañeras activistas exigir justicia ante los abusos de los soldados que, con sus constantes pedidos de coimas y otras presiones, no les permitían ir hasta la escuela para aprender a leer y escribir. Una de las activistas era la señora Kuti, su tía; Soyinka es primo del famoso músico Fela Kuti que murió de sida en 1997. Y aunque se adoraban, tenían sus diferencias: “Su activismo político era ingenuo. Era un apasionado africanista, pero su definición de africanismo no discriminaba: para él, todo lo africano era positivo. Nunca se le escuchaba una palabra en contra de Idi Amín u otros monstruos. Me acusaba de ser un agente de la CIA cuando yo hacía campaña contra Amín. ‘Jefe Wole –me decía Jefe–, no se deje influenciar por los norteamericanos.’ Yo lo hacía callar a los gritos”.

La crítica que le hacía el primo Fela es bastante común para Soyinka: como estilista exquisito que estudió en el prestigioso University College de Ibadan y luego en la Universidad de Leeds, donde se recibió de profesor de literatura inglesa, para muchos su obra no es lo suficientemente “africana”. El desdeña tal acusación. Hay que recordar, además, que el grueso de su producción es la dramaturgia: Soyinka escribió e hizo su investigación sobre teatro africano recorriendo su país en auto tres años después de la independencia. Eran tiempos románticos e inquietos, donde los jóvenes educados bajo el colonialismo debían tomar una decisión, porque tenían en sus manos el futuro de Nigeria. Ese estado convulsivo quedó reflejado en su novela The Interpreters (1965); pero cualquier sueño se vino abajo cuando empezaron a sucederse los golpes militares estimulados por la riqueza petrolera del país. Soyinka cayó preso en 1967 acusado de mantener conversaciones con líderes secesionistas de Biafra, este de Nigeria, que entonces quería la autonomía. Estuvo detenido durante 26 meses (15 en una celda de aislamiento), casi la totalidad de la guerra civil que terminó en 1970, y el resultado literario del encierro fue The Man Died, verdadero clásico de la literatura política, un libro excéntrico lleno de indignación, humor y experiencias que rayan con la locura extrema, sobre todo en los capítulos donde el confinamiento se une a la huelga de hambre que emprende Soyinka. Es la política, también, lo que nutre en muchos casos su obra como dramaturgo: en muchos casos, se trata de sátiras sobre las dictaduras africanas, tan grotescas y trágicas, como Madmen and Specialists, 1973, inspirada en Jean Bedel Bokassa, de la República Centroafricana. Y también nutre su trabajo como poeta: su último libro, Samarkand and Other Markets I Have Known incluye poemas sobre el desastre de Uttar Prudesh, en India, cuando masas hindúes destrozaron una mezquita de siglos de antigüedad porque, supuestamente, se había construido en el mismo lugar donde apareció el dios Rama. Pero, sin embargo no cree –como su colega, el otro gran escritor nigeriano Chinua Achebe– que un escritor africano deba sí o sí escribir sobre cuestiones políticas: “Los escritores que abren horizontes para otra gente están cumpliendo una función tan importante como cualquier escritor conscientemente politizado. No hay una especial imposición para que los escritores sean activistas. Esa idea estimula a los autores a escribir propaganda. Y la propaganda puede ser escrita por cualquiera, incluso por los dictadores. Mi búsqueda creativa, sin embargo, está unida a la política, aunque mi plan original era retirarme a los 49 para dedicarme a la escritura creativa, y desaparecer. En cambio, con más de setenta años, me encontré escribiendo otro tomo de mis memorias (You Must Set Forth At Dawn) para que no se distorsione demasiado mi imagen si me mataban. Es que Nigeria es un caso especial. En mi país la gente padece una completa falta de sentido común. Completa. Y yo estoy condenado a escribir sobre ellos, y sobre ese sinsentido”.

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