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Domingo, 31 de agosto de 2008

La decepción permanente

La sociedad de la decepción
Entrevista con Bertrand Richard
Gilles Lipovetsky
Anagrama
127 páginas

Dicho sin rodeos, Gilles Lipovetsky es un “filósofo de la vida cotidiana”, vale decir, alguien a mitad de camino entre la filosofía, la sociología, la psicología y la autoayuda. Durante varios años, a fuerza de fórmulas ingeniosas -–por citar tan sólo un ejemplo, “la era del vacío”-–, desarrolladas luego hasta sus más minuciosas y repetitivas consecuencias, ha producido ciertos libros, algunos relativamente entretenidos, sobre la sociedad contemporánea. Como estos libros, aunque suenan inteligentes, son fáciles de leer y aún más sencillos de citar, le han redundado en un pingüe prestigio.

Fiel al procedimiento, en su última entrega el estribillo es “la sociedad de la decepción”, y la idea por demás recombinable: en la medida en que el hiperconsumo aumenta exponencialmente las posibilidades del sujeto de acceder a distintos bienes y posiciones (lo que para este pensador implica, automáticamente, una mayor libertad), crecen también las instancias en que el individuo, ante su imposibilidad real de concretar ese acceso que por todos lados se le anuncia plausible, cae en la decepción. De esta hipótesis –con todas las salvedades que podrían hacérsele y con todo lo que podría discutirse en función de sus prejuicios de neto cuño liberal– se deriva una serie de consecuencias medianamente obvias sobre el abstencionismo en la política, el lugar de los sondeos de opinión e incluso el amor romántico.

Más allá de lo que se opine del pensamiento de Lipovetsky, el problema de esta entrega en particular es el género empleado: la entrevista a un filósofo. Curioso estatuto que en los últimos veinte años viene apilándose entre las novedades editoriales. Más allá de lo fecundo o no del resultado, cabe convenir que se basa en una creencia supuestamente desterrada del ámbito filosófico: la vaga noción de que el filósofo no es alguien que produce un determinado discurso, sino que este personaje encarna, de algún modo, cierto tipo de verdad. El entrevistador se constituye entonces como comadrona del saber iluminado, pero no cualquier tipo de entrevistador sino uno que ejerce su oficio con una voz innecesaria, obsecuente, que se limita a darle el pie al filoso-profeta para que desarrolle la idea.

Ahora bien, si este mecanismo reviste algún interés, el mismo sólo puede radicar o bien en reconstruir las condiciones históricas de tal o cual formulación (ese “contexto” y esas relaciones carnales que quedan, salvo notables excepciones, fuera del texto filosófico) o bien en explicar puntos particularmente “oscuros” de la obra (sin que esta explicación constituya, desde luego, materia definitiva sobre lo que “en verdad” dicen sus textos). Pero ¿qué sentido puede tener la entrevista en el caso de un filósofo con ideas sencillas, como Lipovetsky, si en ningún momento se analizan las condiciones biográficas ni históricas del pensador (cuando hubiera bastado, por ejemplo, una pregunta tan sencilla u obvia como “de qué manera cree usted que ha influido en su pensamiento el hecho de contarse entre los numerosos inmigrantes integrados al sistema académico francés”)?

En vistas del resultado, ninguno. Allí donde en otros casos el filósofo diría “vale tener en cuenta que de esto se sigue una serie de consecuencias que afectan tales y cuales temas”, La sociedad de la decepción los desarrolla uno por uno, repitiendo en cada caso los latiguillos hiperconsumo e inflación decepcionante. El resultado es asombroso: la entrevista, género supuestamente más ágil, más fluido, termina teniendo gran molicie, recayendo en la repetición y favoreciendo un ejercicio del aburrimiento del que carecen los textos originales de Lipovetsky. En todo caso, podría decirse que este volumen, fiel a su título, logra una triste proeza: la de destruir cualquier deseo de entretenimiento o lectura ligera que pueda tener quien se acerca a la divulgación. Previsiblemente, es posible que esto no atente contra su efectividad, sino que lo consagre, en tanto el público en general espera, a fin de cuentas, que la filosofía sea algo árido, seco, bienintencionado y aburrido.

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