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Domingo, 26 de octubre de 2008

Manéjese con cuidado

 Por Patricio Lennard

Lo que podría haber sido una típica escena de flechazo (un muchacho ve de pronto en la calle a una mujer que le llama poderosamente la atención) resultará ser apenas una alteración, una nota de color en el insípido paisaje cotidiano. “Hacía mucho tiempo que a Bruno las personas y las cosas no lo sorprendían”, leemos al comienzo de Frágil, la tercera novela de Paula Pérez Alonso, y en esa frase no sólo aparece condensada la naturaleza impasible de su protagonista (deudo en más de un sentido de El extranjero de Albert Camus), sino también el “drama interior” de un personaje atravesado por el tedio y la indiferencia, cuya vida gira alrededor de las computadoras (es programador en una empresa) y cuya principal obstinación reside en una inquietante vocación por perder la memoria, por olvidarse del pasado y desembarazarse así de una personalidad que él siente como prestada.

Quizá por eso (porque el mundo puede ser en el fondo un magma indiferenciado, tal y como Bruno lo comprueba en sus habituales rondas por la ciudad, en las que se dedica a espiar disimuladamente a través de las ventanas de perfectos extraños, y en las que confirma una y otra vez lo convencional y repetitiva que puede ser la vida de las personas) es que esa muchacha que reparte unos volantes fosforescentes subida arriba de unos zancos en la esquina de Corrientes y Diagonal marca una diferencia. Una diferencia que en la relación amistosa que de allí en más entablan ambos personajes se ampara en la posibilidad que Bruno entrevé en Celeste no ya de ser su novio (Frágil es una novela sobre la incapacidad de sentir y sobre el derecho a no amar, sobre la fragilidad de los vínculos humanos) sino de encontrar en ella alguna forma de redención que lo aparte de su adelgazamiento existencial.

“Bruno se me apareció como alguien que no pertenece a ningún lugar, como un personaje de una extrañeza muy profunda. Y esa extrañeza en gran medida tiene que ver con su afán por bloquear el pasado”, explica Paula Pérez Alonso, que en 1995 publicó No sé si casarme o comprarme un perro, su primera novela, la que fue un éxito de crítica y ventas en América latina y España, y a la que le siguió su novela de 2001, titulada El agua en el agua. “Yo no tenía una teoría previa al respecto (Frágil no es una novela de ideas), pero fue casi inevitable pensar si era o no posible hacerse una vida bloqueando la memoria. La pregunta que Bruno se hace es: ¿cómo será ser otro? Esa es la fantasía que lo motoriza. Y así es que busca su libertad tratando de liberarse de la memoria, tratando de darse a él mismo una identidad no a partir del pasado y no a partir de lo que los otros hicieron con él, sino con lo que él trata de hacer con lo que de él hicieron los otros.”

A diferencia del film de Michel Gondry, Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, el cual se estrenó mientras Pérez Alonso escribía la novela y en la que una curiosa empresa dedicada a borrar de la mente recuerdos dolorosos intenta ayudar al personaje de Jim Carrey a erradicar de su cabeza todo rastro de una relación amorosa que no llegó a buen puerto, en Frágil la obsesión por el olvido, que en un primer momento parece tener que ver con una suerte de ascesis (“Un poco de silencio, un poco de tábula rasa de la conciencia, a fin de que de nuevo haya sitio para lo nuevo: éste es el beneficio de la activa capacidad de olvido, una guardiana de la puerta, por así decirlo, una mantenedora del orden anímico, de la tranquilidad, de la etiqueta; con lo cual resulta visible en seguida que sin capacidad de olvido no puede haber ninguna felicidad, ninguna esperanza, ningún orgullo, ningún presente”, escribió en su Genealogía de la moral Friedrich Nietzsche); olvido como práctica de ascesis, decíamos, que promediando la novela revela a su vez un costado patológico (el olvido como forma de represión, por más que sea a la fuerza), lo que le da a Bruno un perfil de torturado y arma una suerte de novela familiar del neurótico no exenta de horror y truculencia.

La obsesión por olvidar el pasado que define a Bruno termina encontrando una justificación cuando le revela a Celeste los terribles maltratos que sus padres le prodigaban cuando era chico y los abusos sexuales a los que lo sometía su abuela.

¿Qué recaudos tomaste para no caer en la exposición de un “caso”?

–Yo creo que la única manera de filtrar eso es a través de la literatura. Si no lo filtrás a través de la literatura, puede quedar como una transposición directa, y es ahí donde las novelas que utilizan la realidad más inmediata o situaciones reconocibles por muchos terminan haciendo ruido. Mientras escribía la novela, lo que me gustaba de Bruno era que siempre se me escapaba, no era alguien que yo hubiera visto construido de antemano. Ante cada situación, él iba produciendo algún rasgo nuevo que lo sacaba del caso, de lo clasificable. De hecho, en un momento me preguntaba si Bruno no estaría mintiéndole a Celeste cuando le confiesa lo que le hacían sus padres y su abuela para resultar “interesante”. Pero lo cierto es que Bruno no tiene tanta imaginación y que ahí reside, en efecto, el lado tortuoso del personaje.

Por eso, para Paula Pérez Alonso el tema de la identidad es lo que conecta a Frágil con sus anteriores libros.

“En El agua en el agua, el tema de la identidad aparecía en esos dos jóvenes bosnios que abandonan su país huyendo de la guerra en la ex Yugoslavia. Y porque la consideran una guerra heredada y se resisten a tomarla como propia, deciden partir de Sarajevo a la aventura total (nunca han salido de esa ciudad de tan provincianos que son) sin que ello les signifique aceptar su condición de expatriados. Ellos quieren ser simples viajeros, pero les resulta difícil desentenderse del modo en que cualquier gobierno los considera como refugiados. Y en cuanto a No sé si casarme o comprarme un perro creo que es una novela del no amor, donde el amor no es un ideal, al igual que en Frágil. En esa primera novela, los personajes viven en un mundo en que la soledad es tan grande que impide un encuentro amoroso verdadero, y en donde el espacio para la intimidad y la cercanía con el otro es muy acotado. Por su parte, en Frágil el amor casi no es mencionado, no es algo a lo que se aspira, directamente no hay lugar para enamorarse.”

Hay, más bien, una coartada “terapéutica” en la relación de Celeste y Bruno, porque más allá de que en algún momento se entrevera el sexo no se abre en ningún momento la posibilidad de un romance.

La posibilidad de vivir sin amor no es vista como una fatalidad en ningún momento. Más allá de que socialmente está instalada la idea de que no enamorarse supone una falla. Ni siquiera Celeste está en esa búsqueda, siendo de los dos el personaje más centrado. De hecho, ni siquiera se atreve a mencionar esa posibilidad, no se atreve a poner un ideal tan alto. Ella dice: “a ver si podemos lograr esto”. Algo mínimo. Un encuentro. Apenas un encuentro entre dos personas. Alguna forma posible de conocimiento.

Admiradora de escritores como Sebald, John Banville, Berger, Coetzee y de la húngara Agota Kristof, de cuya trilogía titulada Claus y Lucas habla maravillas, Pérez Alonso perfecciona en Frágil su afán por indagar los mecanismos internos de sus personajes. Algo de lo que ya había dado cuenta en No sé si casarme..., y que en su caso parte de un interés por reflejar la complejidad de las sensaciones y los sentimientos sin caer en la exploración psicológica. “Una vez que en Frágil los personajes empezaron a tener más complejidad, a ostentar esos dobleces que tenemos los seres humanos, ahí la historia fue encontrando la trama. Aunque con esta novela me pasó al revés que con las otras dos, porque no fue la trama lo que mandó sino el tono y el lenguaje que elegí para contarla.” Un tono seco e introspectivo y un lenguaje hecho a base de concisión que recuerda el del mentado Camus y, más acá en el tiempo, la prosa sobriamente expositiva del también francés Patrick Modiano, que parecieran estar en consonancia con la imagen del mundo de su protagonista. “En su búsqueda por disolver lo que lo ata al pasado, Bruno no podía tener tanta conciencia ni tanto conocimiento de sí mismo. Esa era la cuestión que se planteaba como problemática a nivel narrativo, porque al principio pensaba escribir la novela en primera persona, pero después me di cuenta de que esto no era viable ya que él no podía tener esa capacidad de dar cuenta de lo que le pasa por dentro.” Un problema que Pérez Alonso resolvió alternando la tercera persona con la primera y echando mano también al discurso indirecto libre. “Yo vivo pensando que uno tiene que aceptar el gran misterio que es la vida pero, tonto como uno es, se la pasa tratando de entenderlo. Y eso pareciera ser inevitable. Por eso Bruno me pareció un desafío para mi forma de ser, porque soy exactamente lo opuesto. El puede convivir con el misterio de la vida sin sentir curiosidad, sin ningún conflicto.”

Además de por el enorme éxito que le reportó en 1995 la publicación de No sé si casarme o comprarme un perro, novela que en muy poco tiempo trepó a las listas de bestsellers y que hoy lleva vendidos más de sesenta mil ejemplares en América latina y España, Paula Pérez Alonso también es reconocida en el mundillo literario por ser editora de ficción y no ficción de Editorial Planeta. Tarea a la que se abocó luego de estudiar periodismo y letras en Londres y Buenos Aires, de trabajar en la producción de programas periodísticos en radio y televisión, y de colaborar para algunos medios gráficos. Cosas que no la distrajeron de su interés por escribir literatura. “Yo escribía desde chica, pero como una actividad privada, como una especie de jardín secreto. No me había planteado la necesidad de publicar o de hacer carrera literaria. Y cuando empecé a trabajar en Planeta, Juan Forn, que era el director editorial, sabía que yo estaba escribiendo una novela y en un momento empezó a pedirme que se la mostrara. Recuerdo que todos los viernes venía y me decía: ‘¿Cuándo me mostrás la novela? Aunque sea diez páginas. Una parte que te guste’. ¡Y eso me producía una fobia espantosa! Yo nunca doy a leer nada hasta que no tiene una forma que sea, para mí, por lo menos aceptable. Nunca doy a leer partes de lo que escribo porque soy muy lábil y siento que cualquier cosa que me digan me puede hacer dudar y jugarme en contra. Pero finalmente un día tuve una versión y se la di a leer y esa misma noche me llamó para decirme que le gustaba mucho y que le parecía que yo tenía una voz propia y que a esa novela había que publicarla. ¡Tanta convicción que yo no salía de mi asombro! Algo que tuve en claro de entrada, sin embargo, fue que no iba a publicarla en la editorial en donde yo trabajaba para evitar suspicacias. Y como entonces Tusquets estaba comenzando una nueva colección, decidí publicarla ahí y fue un exitazo. Empezamos con una tirada de tres mil ejemplares, eligiendo la foto de tapa y regateándole los derechos al fotógrafo, y hoy la novela (que ya está en edición de bolsillo) ya vendió más de sesenta mil ejemplares acá, en América latina y en España.”

¿Y qué es lo que para vos enganchó más de esa novela? Tuvo una mayoría de lectoras mujeres, ¿no es cierto?

–Sí, pero por suerte a los hombres que la leyeron les gustó mucho, porque no es una novela que uno diga “femenina”. Lo que pasa es que el título es equívoco, porque la novela empieza con un tono de desparpajo y después se va tornando cada vez más oscura y escabrosa. De hecho, mucha gente pensó que iba a leer algo frívolo y liviano, y después se terminó encontrando con otra cosa. El éxito que tuvo fue algo misterioso, porque ni siquiera hubo una campaña de prensa o de publicidad montada alrededor del libro. Fue la gente la que la recomendó, el boca a boca, y así fue como se sostuvo. Y también el hecho de que la alternativa “no sé si casarme o comprarme un perro” se convirtiera en una fórmula.

¿Qué hay condensado para vos en ese título?

–Con el tiempo nos dimos cuenta de que no sólo era un buen título (acompañado de una excelente tapa, con la foto de ese perro sentado de manera sensual en una silla mirando a cámara), sino que había en él una gran provocación, un desafío que la mayoría de la gente no se atrevía entonces a asumir del todo. Hoy no sé qué pasaría con una novela con un título así, pero a mediados de los ’90 captó algo que estaba en el aire y a lo que nadie le había puesto palabras todavía, un malestar social con el que muchos se identificaron. Lo que gustó fue que la novela pusiera en cuestión con total desprejuicio desde el título la idea del casamiento como mandato. “No sé si casarme o comprarme un perro... ¿Viste? Da igual.” Y esa idea se planteaba en un momento en que todavía no era tan común que una mujer no aspirara a casarse o a tener hijos. No en vano hubo sociólogos que empezaron tiempo después a dar cuenta del “amor líquido”. Y es hasta el día de hoy que hay quienes me siguen preguntando: “¿Y? ¿Al final qué hiciste? ¿Te casaste o te compraste un perro?” Y yo pienso: “¡No! ¡No se trataba de eso! ¡No era eso lo que quería contar! ¡Apenas si era el principio!” Pero evidentemente es una pregunta que aún sigue funcionando, que hace pensar, que pone en duda algo que hasta no hace mucho estaba como establecido. Porque las parejas, mal que mal, siguen siendo tranquilizadoras, y la gente que anda suelta, no ya sola, sino suelta, desmiente esa certeza en algún punto.

Así como un escritor construye, en el mejor de los casos, un estilo y una poética propios, me imagino que un editor también desarrolla con el tiempo algo parecido a un estilo, a una forma de concebir o realizar su trabajo. ¿En qué consiste para vos la edición como práctica?

–Básicamente, en tener el oído lo más afinado posible para tratar de pescar qué es lo que podría mejorar un texto. En hacerle ver al escritor cosas que, en muchos casos, no sabe que sabe. Y eso supone no entrometerse en lo que el otro quiere hacer, sino sugerir ajustes que en ocasiones son muy importantes. Lo ideal es que el editor sea como un camaleón para, de ese modo, hacerse invisible. Y en cuanto a qué autores publicar, te diría que a todo aquel que tenga una voz propia.

Eso independientemente de cómo el marketing pauta, sobre todo en las editoriales grandes, qué libros se publican...

–Sí, lamentablemente eso es así. Es la ley del mercado. No es ninguna novedad que en cualquier editorial hay que poder publicar libros comerciales y libros no comerciales, y que son los más comerciales los que te permiten publicar los menos comerciales y generar así una suerte de contrapeso. Vos no podés armar una editorial solamente con libros “literarios” para lectores sofisticados. Es muy difícil que hoy en día sobreviva una editorial de esas características. Tienen que poder convivir la literatura y los libros comerciales, y esa diversidad no tendría por qué ser problemática. Es genial que aparezcan editoriales chicas que puedan tener márgenes más estrechos de ganancias al ser estructuras más pequeñas. Yo creo que un escritor novel debería empezar publicando en una editorial chica. Yo soy un ejemplo de ello. En Planeta, a mí tal vez no me habría ido tan bien con mi primera novela porque hubiera sido un libro más del montón, y con mucha suerte hubiera llamado la atención detrás de los figurones que entonces seguramente se disputaban los anticipos en los medios más importantes.

Fue la década del ’90 el punto de inflexión, el momento en que el marketing toma por asalto las grandes editoriales.

–Sí. Antes eso no existía. Hoy el gerente de marketing puede llegar a tener algún tipo de objeción o de prevención acerca de la contratación de un libro si no se le ocurre cómo va a venderlo. Puede objetar que una tapa no es vendedora, o que una historia necesita demasiada explicación para ser transmitida; que no puede ser contada en tres líneas cuando, en realidad, debería serlo. Y si no se le ocurre cómo comunicar algo de manera fácil y directa, es difícil que eso pueda llegar a ocupar una línea en una revista o un diario. Esa es la lógica que mayormente impera.

¿Y en cuánto dificulta y en cuánto ayuda a tu escritura trabajar como editora?

–Mi trabajo como editora tiene sus pros y sus contras a la hora de sentarme a escribir. Lo bueno es que conozco en qué andan muchos otros escritores. Que puedo desarmar su forma de concebir o articular una novela, que conozco su proceso de producción, sus estrategias, las vacilaciones y el punto en que una obra llega a su máximo potencial. Eso es algo que me enriquece mucho. Lo negativo es que tengo demasiados libros de otros en proceso en mi cabeza, y hay días en los que no me cabe nada más, ni mis propias ideas o estrategias de escritura. No tengo una gran capacidad de abstracción, me gustaría ser más refractaria para que se me pegaran menos algunas cosas, y a menudo vuelvo a mi casa y estoy tan cansada que tienen que pasar varias horas para que me den ganas de leer otra vez. Porque después de todo, escribir es una forma de leer.

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