libros

Domingo, 23 de noviembre de 2008

Los griegos siempre están

Retrato de la vida cotidiana de los griegos en una novela poco difundida del multifacético y erudito Thornton Wilder.

 Por Veronica Bondorevsky

La mujer de Andros
Thornton Wilder

451 editores
128 páginas

Los clásicos plantearon grandes temas del pensamiento y la literatura occidental. Tópicos como el carpe diem frente al fugit tempus, el ubi sunt, la pugna por la autodeterminación del sujeto frente al destino señalado por los dioses, así como la idea del extranjero, del bárbaro que no posee derechos como el nativo, por ejemplo, se rastrean de manera fundacional en producciones literarias y filosóficas del período grecolatino. Existió así un mundo de gestación y maduración de ideas tan esenciales que nos permiten pensarnos a nosotros mismos aun hoy en día, más allá de las distancias epocales; sin embargo, para poder reconocer esas proyecciones del pasado, necesitamos muchas veces de alguien que nos señale y nos acerque ese período y su sistema de pensamiento.

En La mujer de Andros, una novela escrita en 1930 por Thornton Wilder y rescatada en una reciente edición española, hay un narrador que tiene ese objetivo: adentrar al lector en lo que era la cosmovisión de una época. Y no escatima ninguna contextualización sobre los sucesos que aquejan a los protagonistas. En este sentido, nos aclara: “Los lectores de eras futuras quizá no acierten a comprender las dificultades que acosaban al joven. Por aquel entonces el matrimonio no era una relación sentimental, sino una unión legal de gran dignidad, y en ese contrato no participaba tanto el novio como su familia, su hacienda y sus antepasados”.

Más allá de que la cita se extrajo en función de retratar el lugar desde el cual este narrador enuncia –consciente del salto temporal y de ciertas diferencias culturales–, sirve también como muestra del argumento de la novela. Ya que, por un lado, la obra se sumerge en el derrotero de un joven llamado Pánfilo, de veinticinco años, en edad de contraer matrimonio, aunque sin interés en ello. Y, a su vez, la historia presenta el ocaso de Críside, una “extranjera” en la isla de Brinos, escenario donde ocurren los sucesos en un período en que “el triunfo se había olvidado de Grecia, y la sabiduría, de Egipto”, pues es oriunda de la tierra griega de Andros.

Críside tiene treinta y cinco años y actúa de manera bastante autónoma de las convenciones sociales; a su vez, como es una voraz lectora, acostumbra celebrar banquetes en los que lee piezas literarias y filosóficas a quienes acuden, que en general suelen ser jóvenes como Pánfilo.

Críside y Pánfilo son dos personajes trágicos, conscientes de la contrariedad que los aqueja, que casualmente es similar: la dificultad por ser libres, por elegir lo que desean. En una de las celebraciones de las que Críside es anfitriona (práctica de resistencia, ya que durante esas veladas ella resulta local en tierra extranjera), se enamora secreta y perdidamente de Pánfilo; él, por su parte, conoce por otros sitios y de casualidad a la hermana de ella, llamada Gliceria, aunque ignora el parentesco entre ambas; por último, y para sumarles color a los sucesos, de encuentro a encuentro, esta última queda embarazada.

Esta faceta de amores no correspondidos y contraídos es un aspecto que enmarca la narración, y cuya fuente en algunos fragmentos es una comedia del latino Terencio, inspirada a su vez en obras griegas de Menandro, que no han llegado a nosotros. Pero donde La mujer de Andros se singulariza sobre todo es en el posicionamiento de su narrador, en su escritura atravesada de musicalidad, con fórmulas que se repiten como un leitmotiv –y que están reflejadas en la muy buena traducción–, y en su conciencia del paso del tiempo y de la Historia (con mayúscula).

Parecería que Thornton Wilder, este autor norteamericano que vivió entre 1897 y 1975, tan estudioso y prolífico –fue novelista (su obra sobre los últimos días de Julio César, Los idus de marzo, es ya un clásico), dramaturgo, profesor, ensayista, traductor, académico y guionista (colaboró con Hitchcock en La sombra de una duda)–, cobra vida como un narrador cicerone que nos adentra con cuidado en los senderos y meandros de cierta cotidianidad en la época griega.

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