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Domingo, 23 de noviembre de 2008

POESIA

Del autor al lector

La escena poética de Buenos Aires cambió drásticamente en los últimos años. No sólo por las lecturas y los sitios de reunión, sino también por las nuevas formas de circulación y los nuevos soportes de expresión. En este contexto, la aparición de un libro con poemas manuscritos, más que una vuelta al pasado es una forma insospechada de avanzar al futuro.

 Por Mercedes Halfon

La poesía contemporánea de Buenos Aires emerge desde lugares insospechados hace apenas algunos años, muta de soporte en soporte, acompaña los tiempos: es leída y recitada a voz en cuello en lecturas muy concurridas, generalmente en bares o sótanos de zonas céntricas, o centros culturales más bien periféricos. Cada tanto uno de estos lugares es clausurado. Arma y desarma decenas de editoriales independientes que editan libritos y plaquetas como libros pero más pequeños, a veces sólo una hoja doblada en cuatro–, algunas duran apenas la existencia de un libro. Es posible encontrarla en Internet, en blogs, fotologs y páginas individuales y colectivas. Aparece en “libros objetos” diminutos, hiperdiseñados, cada vez menos parecidos a un libro, aunque hay de todo. También está en libros hechos y derechos, libros de poesía de tamaño tradicional. Entre tanto maremágnum de publicaciones –hoy publicar poesía es exactamente lo contrario que antes, cualquiera puede publicar si es su deseo, aunque sea caro, aunque después no sea leído– y de soportes distintos y evanescentes –un poeta puede ser reconocido por un blog y no haber publicado “en papel” nada–, aparece un libro como la antología Poesía manuscrita, guiado por una idea que de tan antigua lo vuelve absolutamente moderno: cobijar poemas de puño y letra de poetas, poemas manuscritos. Nada más lejano al diseño de interiores (de libros) o al blanco de la pantalla eléctricomagnética, que este casi cuaderno del que sólo hay cincuenta ejemplares numerados en el mundo, donde cada uno de los dieciséis poetas que incluye se distingue, además, por tener una letra especial, determinada desprolijidad, o por el contrario, un cuidado excesivo, un puntilloso dibujo, un trazo que habla por sí mismo igual que la palabra que bosqueja.

La edición estuvo a cargo de Germán Weissi y Laura Mazzini, dos editores y poetas muy de su tiempo, también responsables del fanzine de poesía Color Pastel, y directores de la editorial Proveedora de Droga. La idea del libro es que sea la primera entrega de una colección de poemas manuscritos que saldrá una vez por año. En este primer volumen los poemas elegidos fueron de dieciséis mujeres: Juana Roggero, Nurit Kasztelan, Ileana Kleinman, Mónica Rosenblum, Valeria Iglesias, Jimena Repetto, Romina Freschi, Noelia Rivero, Ana Laura Rivara y más. Poetas que con letras cursivas o imprentas, escriben versos como una nota o un diario, versos que pueden irse para arriba por el humor (o como el humo), dibujar una flor, o llegar a complicarse en grafías tipo médico que hacen difícil su lectura.

La letra manuscrita parece vincular la poesía con la plástica, separándola del clac clac del tipeo trasnochado en una PC. El dibujo de un pulso sobre el papel deja una impronta definitivamente personal. Recuerda incluso aquello que se decía de los expresionistas abstractos, donde las obras –los manchones de Pollock por ejemplo– eran una huella del mismo momento en que esa pintura había sido realizada. Un recuerdo de su creación. Algo similar sucede con estos poemas: su encanto reside en que parecen revelarnos ese momento íntimo de inspiración y escritura. Hay palabras y algo más, la poesía que muestra otra faceta de sí misma, un momento anterior, un misterio.

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