libros

Domingo, 28 de diciembre de 2008

Algo bajo la superficie

 Por Guillermo Saccomanno

A comienzos de 1830, el hombre está quebrado económicamente. Su ánimo es una ruina. Una noche, en medio de una tormenta furiosa, en el puerto de Nueva York, junto a su hijo Herman, esperan un barco para volver a Albany. Esta no es la primera vez que se embarcará Herman, “pero hay algo en esa imagen –anota Erich Scherloch–, la noche tempestuosa y el padre fracasado con su pequeño hijo de la mano, esperando por horas un barco que sólo puede llevarlos a un destino de penurias –es una imagen en cierta forma premonitoria de lo que será la propia vida de Herman Melville, especialmente sus años en alta mar”. Porque esta imagen contiene ya un eje en su poética, tanto en prosa como en verso: “la metáfora del mar como universo”.

El rescate de esta anécdota es apenas uno de los datos biográficos significativos que Scherloch ha recuperado en su selección, traducción, prólogo y notas de Lejos de tierra & otros poemas de Herman Melville (1819-1891), una bellísima y rigurosa edición de Bajo la Luna en su colección de poesía. No es improbable que así como se recuerda a Borges como el traductor de “Bartleby” y a Enrique Pezzoni como el de Moby Dick, a Scherloch se lo recuerde por esta antología exquisita. Conviene aclararlo: si Moby Dick es además de una novela de aventuras, una novela de escritores, este libro también lo es. (Tener en cuenta: este libro es fruto de una investigación respaldada por el Fondo Nacional de las Artes con un jurado que integraron Jorge Lafforgue, Tununa Mercado y Enrique Foffani.) La historia de Melville que ofrece Scherloch produce, de hecho, la emoción de una aventura, pero no se queda ahí. Porque como libro para escritores, es resultado –poco común en este tiempo– de una visión literaria intensa de Melville. Scherloch (1981), también novelista y poeta, pertenece a una especie de crítico que no suele abundar, un lector frenético de esos que articulan vida, obra y bibliografía consiguiendo un entramado narrativo que vuelve apasionantes hasta los tramos más áridos y específicos de la crítica. Un detalle a resaltar: la mayor parte de estos poemas fueron publicados con posterioridad a Moby Dick. Y esta es la primera edición de su poesía en nuestra lengua.

Durante largo tiempo la crítica pensó que Moby Dick era obra de un azar, la creación de un improvisado que alucinó la Gran Novela Americana y, por qué no, una cumbre referencial de lo que hoy se denomina, según la moda, la narrativa del yo. (Interrogante a meditar: ¿hay buena literatura que pueda leerse como otra cosa que literatura del yo? ¿Acaso la ficción es otra cosa que la formulación de una subjetividad?) Es cierto, toda la literatura de Melville puede leerse como autobiografía encubierta. Pero no hay azar en su escritura. A Scherlock le importa, en sus notas, marcar que Melville no fue ningún improvisado. Como tampoco autor de una sola novela magistral. Menos lo fue como poeta. Ya en 1850, cuando buena parte de su narrativa era considerada experimental, Melville estaba adentrado hacía rato en el oficio poético. Una aclaración: para Melville no es lo mismo oficio, la búsqueda de una voz, encontrarle su filo, que el trabajo, una actividad además de alienante, superflua. “La batalla de todas las batallas es escribir”, le escribiría Melville a su admirado Nathaniel Hawthorne. A la vez, asumir este combate, requiere asumir sus consecuencias. “Quienquiera que no esté en posesión de una cierta ociosidad difícilmente pueda decir que posee independencia. No hay dignidad en el trabajo. El trabajo es sólo una necesidad de esta pobre condición humana nuestra. La dignidad está en el ocio. Además el 99% de todo el trabajo hecho en este mundo es tonto o bien innecesario, perjudicial y malvado”. Más tarde, Melville reflexionaría: “Algunos de nosotros, escritores, siempre tenemos algo de inmanejable que nos lleva a hacer esto o aquello, lo que debe ser hecho, para bien o para mal”. Y Melville, que conste, lo declaraba haciéndose cargo de que “de todos los eventos humanos, la publicación de un primer libro de poemas tal vez sea el más insignificante, y aunque no sea asunto para el mundo por el momento, lo es en cierta forma para el autor”.

En el prólogo de Piezas de batalla y aspectos de la guerra Melville explica: “Con algunas pocas excepciones, las piezas de este volumen nacieron de un impulso provocado por la caída de Richmond. Fueron compuestas en forma independiente, sin referencias entre sí, aunque vistas ahora retrospectivamente se adaptan con naturalidad al orden en las que las he dispuesto. De los eventos e incidentes del conflicto –en un modo de variada amplitud, en correspondencia con el área geográfica cubierta por la guerra– sólo han sido tratados unos pocos, aquellos que por un mero azar dejaron su marca en mi espíritu. Los aspectos que asume la conciencia en la memoria son tantos y tan variados como los estados de ánimo de la meditación involuntaria –estados de ánimo diversos y, en ocasiones, considerablemente diversos–. Entregándolos instintivamente uno tras otro a sentimientos no inspirados en una única fuente, y descuidando la coherencia, sin habérmelo propuesto, me parece haberles dado a la mayoría de estos versos el lugar de un arpa en una ventana, pudiendo notar el contraste de los aires con el que los vientos caprichosos tocaron sus cuerdas”. Melville compone sus poemas a partir de una imagen, un detalle, y su captación fugaz le bastan para generar una situación poética que funciona como descripción narrativa de la atrocidad, el absurdo y la futilidad de un heroísmo ciego. Aunque la tentación de evocar la poesía oriental pueda ser fuerte, como la de clasificarlo minimalista (Scherloch las indica), en Melville subyacen más como marcas las influencias de Coleridge y Woodsworth. “Colgando de la vida/balanceándote lentamente (como la ley)/, delgada es la sombra sobre tu hierba”, escribe en “El presagio”. A propósito de la batalla de “Ball’s Bluff”, en “un ensueño”, refiriéndose a los jóvenes que mueren en la guerra, escribe: “Semanas pasaron, y yo en mi ventana, dejando el lecho,/ por la noche reflexionaba, despojado del sueño apacible, en aquellos valeroso niños (¡Ah, Guerra, fueron tu presa!);/ algunos pies que marchaban/ encontraron por fin descanso en las grietas de los acantilados del Potomac;/ y yo desvelado reflexionaba, mientras que en la calle/ las pisadas morían lejanas, hasta no quedar ninguna”. La caída de Richmond, la batalla de Baton Rouge, la defensa de Lexington, la rendición de Appomattox y la disolución de los ejércitos podrían tener una resonancia de estirpe belicista. Sin embargo, no hay un acento épico en estas composiciones. Más bien reflejos tristes del crimen de la guerra.

No menos trágica es la selección de “John Marr y otros marineros, con algunas piezas marinas”. Según Scherloch estos poemas son impresiones de las pesadillescas reminiscencias del poeta, de los terrores inconscientes de sus sueños. Para ponerlo de manera más explícita, son exteriorizaciones dramáticas de los indefinidos miedos de Melville. Entre estos figura “Lejos de tierra”, que da título al volumen: “¡Miren!, la balsa, una señal,/ débil –hecha trizas–;/ nadie sobre los amarrados maderos, vivo o muerto./ Chilla un ave marina, revoloteando,/ ‘¿Y la tripulación, y la tripulación?’/ ¡Y la ola, temeraria, errante/ barre otra vez!”. De un miniaturismo que refuerza el aire de haiku es “Mata de algas”: “Toda empapada en marañas verdes, arrojada por un solitario mar,/ aunque más pura por eso, oh Alga/ ¿más amarga también?”. Otro de los poemarios de Melville es Timoleón, que como los anteriores, vuelve a la carga sobre sus obsesiones y prisma una metafísica oscura a veces en tono de plegaria. Un buen ejemplo es “Buda”, en cuyo comienzo Melville se interroga: “¿Cuál es el propósito de la vida? Apenas un vapor que aparece por poco tiempo y luego se esfuma”. Idea que se prolonga en otro poema: “Fragmentos de un poema gnóstico perdido del siglo XII”: “Fundar una familia, construir un estado, / lo comprometido es aún lo mismo:/ la materia finalmente nunca cederá/ su antiguo brutal derecho”.

Melville no era demasiado optimista con respecto a la naturaleza humana y tampoco, a pesar de los raptos bíblicos de su escritura (raptos más blasfemos que devotos, un registro eclesiástico atribulado que anticipa al Faulkner de Absalón, Absalón) no era un creyente. Abolicionista, simpatizante de la insurgencia parisina de 1848, un librepensador, como lo ha dejado claro en Moby Dick, su idea de Dios es la de un bromista que les toma el pelo a los hombres convirtiéndolos en víctimas. Y esta idea, subterránea, repercute en su poesía. A medida que se avanza en la lectura de sus poemas a uno lo gana la percepción de estar accediendo a un destino tan previsible como fatal. Poemas que operan como complemento o apostilla a los capítulos de Billy Budd o Las encantadas pueden revelar lo que, en alegoría, estalla en la apocalíptica Moby Dick. Puede resultar una experiencia de lectura iluminadora pasar del poema a su encastre en la narración, como en el caso del poema que se corresponde con el capítulo IX, “El sermón”. Y acá, como digresión, debería subrayarse que cuando una escritura ofrece tamaña riqueza se debe a que su autor no se nutre sólo intelectualmente de prosas y que encuentra en la poesía los secretos de la lengua, una lengua en la que se cruza la libre interpretación protestante de la Biblia, la cual a su vez nos lleva a otra cuestión latente en Moby Dick: el protestantismo con su radiación ideológica en la formación, además de la literatura norteamericana (de la cual Melville es fundador), a las contradicciones de la libre empresa y el capitalismo. Volviendo a la revelación que aguarda en estos poemas, buena parte de su naturaleza se encuentra en el apéndice “Mardi: y un viaje más allá”, donde se empieza a vislumbrar la fascinación del mar como escenario de un absoluto, la identificación con el gran pez, una explicación del origen más profano que sacro. En “Algo bajo la superficie” Melville escribe: “Pescamos, pescamos, alegremente nadamos, / no nos preocupa el amigo ni el enemigo:/ nuestras aletas son firmes/ nuestras colas alzadas,/ y por los mares vamos”. Con seguridad es esta zona, la marina, donde se insinúan fulguraciones que serán claves de la monumental Moby Dick. Vale la pena reproducir “Marnee Ora, Ora Marnee”: “Arrojamos nuestros muertos al océano/ en el océano sin fondo, sin fondo; / cada burbuja es un suspiro vacío/ que se hunde por siempre jamás. // Húndete, húndete, oh cadáver, sigue hundiéndote, /profundo en el océano sin fondo,/ donde merodean formas desconocidas/ profundo, profundo en el océano sin fondo”.

Incomprendido, con una biografía en la que se suceden los viajes terrestres y, superándolos, las travesías marinas que incluyeron la navegación ballenera, el amotinamiento y la convivencia con caníbales, sombreado por el drama, Melville, conocedor tanto del Perú como Palestina, sobrellevó una vida donde las derrotas y las amarguras fueron más frecuentes que el sosiego y la alegría de una vida doméstica. El punto alto de desgracia: mientras los Melville estaban por separarse, su hijo Malcolm, luego de alistarse en el ejército y tras una discusión con su padre, orgulloso de su uniforme y su pistola, se pegó un tiro en la cabeza.

Después del rechazo que padeció Moby Dick (publicada a sus treinta y tres años), Melville se refugió en la escritura de modo solitario. Intentó una vida retirada, de campo, rústica, al aire libre, pero encerrado en sus obsesiones. Finalmente buscó un empleo que no tuviera nada que ver con la escritura en la Aduana de Nueva York. En 1890 un periodista del New York Times apuntaba: “Hay más gente hoy que cree que Herman Melville está muerto de la que sabe que aún vive. Si uno da un paseo por la East Eighteen Street de la ciudad de Nueva York, cualquier mañana a eso de las 9 AM, puede ver al escritor de aquellas famosas historias marítimas que, en su línea, jamás han sido igualadas. El señor Melville es ahora un hombre viejo pero vigoroso. Es empleado de la Aduana y todavía persiste en él la atmósfera de sus libros. Cuarenta años atrás, cuando apareció Typee, su libro más famoso, no había autor más reconocido que él”. Juzgado en su tiempo como un escritor exótico (Typee es la causa primordial de este etiquetamiento), luego como un raro (parte de su rareza se lee en “Bartleby”, su cuento largo que puede leerse en sincro con “El capote”, Apuntes del subsuelo y La metamorfosis), Melville será tomado por una suerte de ermitaño poseído. Stevenson despreciaba su prosa acusándola de bíblica y artificiosa. Conrad, por su lado, sostenía que Melville ignoraba lo que era el mar. Más acá, en un ensayo sobre Moby Dick, Somerset Maugham plantea a Melville como la corporización de un misterio, insinúa una homosexualidad encubierta en su relación con Hawthorne y concluye que, perdida la virtud, el escritor terminó aspirando a la compasión.

La crítica contemporánea ha modificado su juicio con respecto a Melville. En términos del canon estadounidense, se lo ubica ahora como poeta junto a Whitman. En las páginas finales de esta edición de Lejos de tierra tres poetas rinden homenaje al escritor: Robert Buchanan, Harold Hart Crane y Wynstan Hugh Auden. De este último vale la pena transcribir algunos fragmentos: “Hacia el final navegó hacia una extraordinaria calma,/ y ancló en su hogar y llegó hasta su mujer/ y dio un paseo por la bahía de su mano,/ y fue cada mañana a una oficina/ como si su ocupación fuese otra isla. /La Bondad existía: eso había aprendido. // (...) El Mal no es espectacular y es siempre humano,/ y comparte nuestro lecho y come en nuestra mesa,/ y todos los días también se presenta la Bondad. // (...) Se quedó quieto en el angosto balcón y escuchó, y todas las estrellas encima suyo cantaron como en su infancia: / ‘Todo, todo es vanidad’, pero ya no era lo mismo. // (...) Después se sentó a su escritorio y escribió un cuento”.

Lejos de tierra & otros poemas, Herman Melville
Selección, traducción, prólogo y notas:
Eric Scherloch

Edición bilingüe
Bajo la Luna
315 páginas

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