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Domingo, 4 de octubre de 2009

La Suiza de Africa

Dramaturgo de mucho éxito en su país, Lukas Bärfuss escribió una primera novela sobre el shock de un joven idealista durante el genocidio de Ruanda.

 Por Nina Jäger

Cien días
Lukas Bärfuss

Adriana Hidalgo editora
262 páginas

La primera novela de uno de los dramaturgos más jóvenes y exitosos en lengua alemana cuenta una historia desgarradora, ubicada en una de las mayores catástrofes del poscolonialismo: el genocidio en Ruanda, que duró cien días y dejó un saldo de 800 mil muertos. En abril de este año, Cien días le valió a Lukas Bärfuss el Premio de la Paz Erich Maria Remarque (que también recibió Henning Mankell) por su “compromiso literario con el continente africano”. La novela se abre con una aclaración aparentemente necesaria para lo que vendrá después: “Los hechos históricos que se presentan en este libro están acreditados”. Si bien el protagonista, David Hohl –un joven suizo que trabaja en Kigali en una dirección de ayuda humanitaria– y su amor por Agathe –una muchacha local– son ficcionales, el ojo de buena parte de la novela está puesto en un pantallazo histórico general de la historia ruandesa. Bärfuss no sólo se dedica a narrar los hechos crudos de los enfrentamientos internos. También explora, desde la voz de David, los motivos por los cuales esa masacre fue posible. Y parece que la tranquilidad de la ficción es lo que le permite apuntar el dedo hacia las doscientas cuarenta y ocho organizaciones de ayuda humanitaria que se disputaban el asistencialismo.

David era un “idiota, un ciego” y un pusilánime antes de vivir esos cien días encerrado en una casa, muerto de miedo porque ha dejado ir, en espera de Agathe, al avión que lo llevaría de vuelta a Suiza. Que la narración esté enmarcada, que la historia se la cuente el mismo David a un amigo en Suiza muchos años después, hace que se conozca no sólo el final de los hechos “acreditados” sino también el de los ficcionales. Cien días no tiene demasiado suspenso; de hecho casi todo –incluso algunos detalles que parecen mínimos– se conoce de antemano. Y la historia, tan desgarradora como aparenta, está contada con un tono excesivamente parsimonioso y elegíaco. Son sólo algunos pocos momentos –siempre parte de la trama ficcional– los que tienen una tensión y una oscuridad acordes con lo espantoso de lo que se está contando.

“No sabía cómo podía ser que yo deseara a esa menuda, cerrada, taimada y sádica racista.” Como en el sexo con Agathe, que no está relacionado con el amor sino con la guerra y el sometimiento, y que por eso es gloriosamente animal, en Cien días Kigali, Ruanda y Africa son paraísos terrenales al mismo tiempo que aparecen como un infierno de sufrimiento constante que deja marcas de la ajenidad total en la propia carne.

Aunque David Hohl viva esos cien días en “el corazón de las tinieblas” y la historia esté contada años después por un testigo, la novela de Bärfuss no se parece en nada a la de Conrad: “La tierra de la eterna primavera, como también se la llamaba, era todo lo opuesto al corazón de las tinieblas. Nosotros no nos identificábamos con Kurtz ni tampoco con Marlowe. Estábamos más lejos de la jungla que los habitantes de las ciudades europeas”.

Los cambios en las perspectivas que adopta David, tanto respecto de los personajes que lo rodean como de la historia africana, de la función de la ayuda humanitaria y también de sí mismo, son muy radicales: de ingenuo negador de la historia, miedoso y lleno de tabúes, pasa a vivir, por primera vez en todos esos años, “la realidad, la auténtica, apestosa y alegre realidad”. De la Suiza de Africa David Hohl vuelve finalmente a “la Ruanda de Europa”.

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