libros

Domingo, 4 de octubre de 2009

El legado de un viajante

Un volumen de relatos reúne los últimos textos escritos hacia el final de su vida por Arthur Miller para publicaciones como The New Yorker, Harper’s o Esquire. Un legado de nostalgia, humor y también audacias eróticas.

 Por Sergio Kisielewsky

Presencia
Arthur Miller

Tusquets
204 páginas

Si algo se puede admirar de Arthur Miller es su matrimonio con Marilyn Monroe y si de alguna forma se puede idolatrar seres anónimos de ficción, es a Willy Loman en La muerte de un viajante, aquel personaje que soñaba que todos sus clientes estaban pendientes de que él llegara, aquel que sólo al final entendió a su hijo mientras los vástagos en la obra (¿y en la vida?) lo entienden a medias y demasiado tarde. Arthur Miller fue también ensayista, novelista y hoy descubrimos para el placer de la lectura a un cuentista de aquéllos. Presencia es el título del libro y por supuesto su relato descollante. Un joven es testigo –mientras amanece en la playa del océano argentino– de la relación sexual de una pareja. La anécdota es azarosa. Alguien da un paseo por los médanos y de pronto un hombre y una mujer hacen el amor. Esto da pie a que Miller lance por la borda cualquier técnica conocida sobre cómo se construye un cuento. Si Salinger mostró con creces –y con más sensualidad que Hemingway– que lo que no se dice es tan importante como las palabras que circulan es más que obvio que Miller bebió de los Nueve cuentos para erigir su propia mitología personal. “Bulldog”, primer texto del libro y el sendero se bifurca cuando el autor apuesta fuerte si de la adolescencia se trata. En este caso un muchacho quiere tener un perro y atraviesa una gran ciudad para ir en busca de sus cachorros. Pero lo que encuentra es la avidez sexual de la vendedora de canes; excusa que el gran Miller desata para hablar en detalle de la poesía en la vida de las personas. “El amor verdadero, a fin de cuentas, no tenía propósito más allá de sí mismo”, escribe en “Castores”, mientras comienzan a circular en el libro las secuelas del maccartismo, la constante represión política situada esta vez en el mundo íntimo de un grupo de amigos. La tragedia, aunque no se acentúe, se advierte en los sueños del protagonista, en la descripción del mundo femenino y en los requisitos que toma una madre polaca que vive en Estados Unidos por saber a ciencia cierta cuál es el trabajo que desempeña el futuro marido de su hija: con él establece el siguiente diálogo: “¿Y qué me dices de ti? ¿Qué trabajo hay para un poeta? ¿Por qué no tratas de hacerte famoso? ¿Hay algún poeta famoso en América? Por supuesto que los hay, pero es probable que no haya oído hablar de ellos. ¿Eso entiendes tú por famoso, alguien de quien nadie ha oído hablar?”.

En “La destilería de trementina”, Miller pone proa a todos sus recursos de concisión y análisis de las acciones. La épica de alguien que llega a Haití para inaugurar una fábrica de productos naturales. En ese hecho convergen los anhelos de juventud y, los sueños hechos trizas. Si por momentos las descripciones evocan al mejor Chandler con sus chicas con pelucas de plata e incontinencia oral, Miller sitúa la trama en alguien que está dispuesto a perderlo todo con tal de sentirse vivo. Pese a la traducción españolizada que ablanda la tensión en zonas fundamentales de los relatos, la obra cuentística del autor de Las brujas de Salem es un abanico transparente. Como si los fantasmas de Conrad, Proust y el mismo Tennesee Williams se dieran cita en esos cruces de caminos que hace imposible no evocarlos. El pícaro Miller sabía de lo que contaba.

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