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Domingo, 13 de diciembre de 2009

Vidas imaginarias

Detrás del trillado tópico de un congreso de escritores, Necrópolis, del colombiano Santiago Gamboa, logra desplegar una máquina de historias de redención basadas en una relectura en clave moderna del Decamerón.

 Por Ezequiel Acuña











Necrópolis
Santiago Gamboa
Norma
456 páginas

En un lujoso hotel de Jerusalén sitiado por la guerra se lleva a cabo un extraño congreso de biógrafos. Un escritor colombiano recientemente recuperado de una larga y extraña enfermedad es invitado a participar a pesar de nunca haber escrito una biografía. Entre los expositores del congreso se cuentan un empresario colombiano, una actriz porno italiana y un ex convicto devenido pastor evangélico de Miami. Después de su exposición, el pastor evangélico se suicida en la habitación del hotel y para el escritor colombiano todo parece demasiado sospechoso.

Hasta ahí, Necrópolis no es más que un policial negro moderno, pero la ilusión del género dura poco porque Santiago Gamboa desarma pronto la estructura y se dedica a narrar otras historias, perder el centro, poner otras voces y otros personajes. Y entonces la novela toma una forma rara a la que es necesario acostumbrarse pero que sólo exige disfrutar de los relatos individuales sin importar hacia dónde va la totalidad de la historia. Para Santiago Gamboa, su última novela es una relectura del Decamerón en clave moderna, es decir, un grupo de personas sitiadas por la peste de la guerra, contándose historias sobre las vidas de otras personas para contrarrestar el efecto de la muerte. En esas historias están los grandes temas: la amistad, la lealtad o la traición, la muerte, la lucha, el sexo y el amor.

Lo cierto es que Necrópolis resulta ser la confluencia de dos líneas narrativas en la obra de Gamboa; por un lado la parodia detectivesca de libros como Los impostores, por el otro las historias insertas dentro de una historia mayor que caracterizó El síndrome de Ulises y que Gamboa describió como un experimento de arquitectura literaria. Se trata de una literatura que no se contenta con un solo narrador sino que se forma a partir de muchas voces que cuentan su historia sin que ninguna predomine sobre otra. En todo caso, Necrópolis viene a sumarse a la tradición de la novela polifónica, en la que ya incursionaron otros autores latinoamericanos de la generación de Gamboa, como los mexicanos del “Crack” entre los que se cuenta Jorge Volpi –con su trilogía sobre el siglo XX– y, claro, Roberto Bolaño con las dos novelas polifónicas por excelencia de los últimos veinte años, Los detectives salvajes y 2666.

Dentro de esa fragmentación, en esos relatos autónomos, el tópico de la biografía se vuelve fundamental. No se trata sólo de contar historias por contar, sino de buscar experiencias, intentar capturar totalidades aunque sea para poder justificar el nihilismo. Los protagonistas de los relatos son personajes marginales, azotados por la vida, que Gamboa desarrolla con una destreza que pocos tienen, yendo de lo cómico a la tragedia, de los estereotipos a la construcción meticulosa del destino que los llevó a las drogas, la guerra y la redención. Los relatos son presentados como las exposiciones en el congreso y cobran sentido juntos sólo en ese ambiente hostil de la guerra. La actriz porno italiana cuenta su vida de hija abandonada, su paso por las drogas y el trabajo en la industria de la pornografía como una forma de redención y realización personal; el empresario colombiano presenta un Montecristo moderno que acusado de ser comunista logra escapar de los paramilitares; otro relato se fija sobre la historia de dos ajedrecistas unidos en una amistad inseparable. Todas las historias, en todo caso, tienen en común el sentimiento de pérdida, la pincelada trágica, y la experiencia como ganancia, aquellos sucesos frente a los cuales lo único que se puede hacer es contarlos. La exposición del pastor evangelista, el relato de su propia vida y su participación en el Ministerio de la Misericordia funciona a modo de bisagra y se enfrenta a la historia detectivesca dentro del congreso en donde el escritor colombiano intenta dilucidar la causa del suicidio, una historia de juego entre amor y muerte.

Necrópolis –ganadora del premio de novela “La otra orilla 2009”– es también una novela urgente que intenta jugar todas sus fichas desordenadamente. En la guerra que rodea al congreso no se detallan bandos, no hay actualidad sino la sensación opresiva, el azar de cualquier ciudad, Jerusalén, Roma o Bogotá. Es, en todo caso, un no presente en donde el apuro es mostrar algo vital, una novela que se construye por adiciones, la suma de voces en la ciudad donde abunda el silencio.

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