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Domingo, 13 de diciembre de 2009

Ciudades de Dios

La violencia de los excluidos, las villas miseria de toda América y hasta la inseguridad marcan desde la agenda regional los temas de la última novela de Carlos Fuentes, quien también privilegia la mirada del cronista sobre el escritor en Adán en Edén.

 Por Luciano Piazza












Adán en Edén
Carlos Fuentes
Alfaguara
178 páginas

La contratapa de la novela anticipa cuál va a ser el eje del relato de la más reciente novela de Carlos Fuentes: “Ciudades perdidas, callampas, villas miseria, favelas, Gorozpevillas: todas son lo mismo. O vives ahí, o eres uno de los culpables de su existencia”.

Las villas miserias de América latina están en la mira de la agenda mundial. Las ciudades improvisadas por la pobreza ejercen sobre los europeos una fascinación comparable a la que sentían al conocer por primera vez las dimensiones de la naturaleza en América. En televisión podemos ver a Anthony Bourdain comiendo locro en la Villa 31, en Internet cualquier turista puede comprar un paseo de turismo social, y desde hace pocas semanas, con el estreno mundial del juego de guerra más popular de todos los tiempos, Call of duty, todos los jóvenes del mundo pueden entrar a una favela en Río de Janeiro a matar narcotraficantes desde sus consolas de videojuegos y PCs. Con una propuesta de reflexión más periodística que dramática, Carlos Fuentes propone indagar en ese sector de la miseria que genera tanta extrañeza, pero en esta ocasión, la ficción intenta recuperar la dimensión de los hombres ricos que miran a la pobreza, y la multiplican con sólo mirarla.

Adán en Edén narra la competencia por el poder entre dos estereotipos de hombres canallas de México: uno abogado arribista y el otro jefe de seguridad. En los pliegues de ese drama, lleno de alegorías y de referencias bíblicas, aparecen la miseria y la violencia que acechan a México. Desde el fondo de la trama, la exclusión y la marginalidad se transforman en el centro de la reflexión de la novela. Se percibe la construcción de una narración con cierta empatía con la mirada internacional sobre la miseria latinoamericana. Fuentes se vale de un montaje de géneros y diversos registros para poner a prueba la participación del lector, como dador de sentido al texto, y como interpretador y protagonista de la realidad que lee.

Adán Gorozpe es un abogado que se ha convertido en un hombre poderoso a partir de la fortuna de su suegro, un panadero conocido como El Rey del Bizcocho. Desde una aparente oposición surge la figura de Adán Góngora, un nuevo jefe de seguridad de la ciudad, quien asegura que todos los ciudadanos son cadáveres en potencia. Góngora incomoda la vida de Gorozpe, y desde el aspecto dramático aparece para darle dinámica policial a un drama amoroso. En apariencia compiten por una misma mujer que se destaca por haber sido La Reina de la Primavera en su juventud, pero la verdadera tensión surge por el control del poder. Gorozpe es públicamente considerado como el culpable de las villas, motivo por el cual suelen llamarlas Gorozpevillas. Con el mismo peso de culpabilidad se encuentra Góngora, quien plantea una estrategia de seguridad que es mantener la cárcel repleta de inocentes, o de culpables sociales. Es decir, Gorozpe es protagonista en el sistema que genera excluidos y, desde el otro extremo de la cadena, Góngora convierte a los excluidos en criminales, encerrándolos o liquidándolos. Y la pulseada se juega con los métodos más oscuros de las guerras entre civiles, aprietes, amenazas, desprestigio mediático, etc.

El conflicto que viven los personajes no llega a tener una dimensión dramática muy elaborada, tal vez por el motivo de dejar paso a la dimensión periodística. Fuentes decide intervenir en la novela, en la búsqueda de mayor densidad reflexiva, interceptándola con el discurrir mediático y otros géneros. El cruce de registros, y hasta una apelación a la meta-novela, dejan la sensación de que la situación dramática tiene poca importancia, y pareciera que el foco está puesto en “cómo está siendo minado el país por los narcotraficantes y por formas diversas de corrupción”, como anunció el propio Fuentes a diversos medios.

Tal vez sean reflexiones que estemos acostumbrados a seguir en Fuentes como periodista, pero en esta ocasión, pone el eje en la reconstrucción de las voces que corrompen el sistema. En lugar de darle voz al excluido, como suele ocurrir en este tipo de reflexiones narrativas, intenta reponer las voces de los verdugos.

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