libros

Domingo, 18 de julio de 2010

Coronados de tinta

El Bicentenario permite empezar a rastrear una nueva línea de la novela histórica que surge después de la oleada de los años ’90. Temas y estilos nacionales, rescate de minorías y pueblos originarios, el recurso al humor y la escritura para un público preponderantemente juvenil aparecen en textos de Liliana Bodoc, Norma Huidobro, Claudia Piñeiro, Leonardo Oyola y Diego Grillo Trubba. Además, María Rosa Lojo y Marcelo Leonardo Levinas reflexionan sobre la ficción histórica y sus posibilidades.

 Por Juan Pablo Bertazza

Hay textos que son más citados que leídos; párrafos entrecomillados que, al usarse como modelos explicativos de determinada idea, pierden el encanto de ser leídos de manera original, nueva, auténtica. Uno de esos casos es el relato “Pierre Menard, autor del Quijote” que, últimamente, es empleado hasta el hartazgo para hablar y blabear de plagios (está bien, hubo muchos y resonados casos en los últimos años). En el centro de esa cita, lo que suele resaltarse en verdad es aquel párrafo genial en el que Borges compara, a partir de breves fragmentos, dos versiones del Quijote idénticas pero distanciadas únicamente por el tiempo en que cada una fue escrita y el conector “en cambio”.

La cuestión es que esa trampa encantadora del relato de Borges también nos puede decir mucho del que tal vez sea uno de los géneros literarios más persistentes de la historia: justamente la novela histórica. Desde sus orígenes emparentados con los nacionalismos románticos de comienzos del siglo XIX –si bien el gran iniciador es Walter Scott y su novela Waverley, hay claros antecedentes como La princesa de Cléves (1678) de Madame de La Fayette y algunas de las novelas góticas insistentemente ambientadas en la Edad Media, como Castle Rackrent (1800) de Maria Edgeworth–, se trata de un género que tiene altibajos, pero mantiene vigencia.

¿Cómo puede aquel relato tan mentado de Borges, construido en torno de una novela, darnos alguna clave para pensar este género? La clave está en el tiempo, porque el tiempo que cruza los puentes entre escritura y lectura, entre pasado y presente, constituye al mismo tiempo la esencia de la ficción histórica: sus límites, paradojas y aportes que trascienden la misma literatura. No sólo porque la novela histórica sería la suma de documentación referida a un momento histórico, más la reinterpretación más o menos creativa, sino también porque si algo nos enseñaron los años de revisionismos, Internet y espectacularización de los próceres es que los límites entre la ficción y la historia, entre los historiadores y los novelistas, son maleables y flexibles. El hecho de que cada dos por tres salga un libro ostentando desmentir aquello que nos enseñaban los manuales, parece asegurar que, la escriban ganadores o perdedores, la historia siempre es subjetiva porque responde a intereses o, al menos, está inevitablemente influida por la dialéctica impostergable entre presente y pasado. En ese sentido, la novela histórica tiene algo de policial; quienes la escriben son detectives que tratan de esclarecer el único crimen perfecto: el de los fenómenos sociales e históricos que sólo pueden explicarse mediante interpretaciones, y nunca a partir de verdades definitivas y tajantes. Como en los policiales, los personajes de las novelas históricas suelen ser ambiguos y complejos aunque no lo parezcan, tal vez como un intento de revertir la visión estereotipada que construye acerca de ellos cierto discurso histórico; también se trata de un género en el que, al igual que el policial y a diferencia de lo que sucede con casi todos lo demás, lo único que sabemos es el desenlace y, en todo caso, el misterio puede radicar en los móviles y causas de determinado fenómeno histórico. Tal es así que el hispanista inglés John Rutherford argumentó que las novelas sobre la revolución mexicana resultaban indispensables para la comprensión de ese período histórico, sugiriendo además que los historiadores necesitaban prestar atención a la ficción histórica tanto como los novelistas debían hacerlo con la historia. Trasladando el caso a novelas de nuestro país, libros como Una sombra donde sueña Camila O’Gorman, de Enrique Molina, cuestionan los límites entre la ficción y la historia, además de servir como documento de la crisis de representación correspondiente a cada momento histórico.

America en la piel

Según Noé Jitrik, la novela histórica –que empezó a concebirse en nuestro continente desde los años de Independencia hasta el boom– difiere de la europea en dos aspectos fundamentales: en primer lugar, no busca conocerse socialmente sino más bien legitimarse en detrimento de lo indígena y colonial; lo segundo es la inmediatez del tiempo: cuando aparecieron novelas como Amalia, de José Mármol, el pasado recién estaba empezando a construirse. La otra diferencia que ve Jitrik, por lo menos en relación con las novelas de Walter Scott, es que los héroes no son los personajes secundarios de la historia sino protagonistas de la talla de Juan Manuel de Rosas o Pancho Villa.

Más acá en el tiempo, otro auge de la ficción histórica se dio en la década del ‘90, especialmente a partir del trabajo de las novelistas Cristina Bajo –una de las más exhaustivas y completas en lo que hace a la documentación– y María Esther de Miguel (sin lugar a dudas, la escritora de novela histórica más laureada: Premio Emecé por La hora undécima, Premio del Fondo Nacional de las Artes por Los que comimos a Solís y Premio Planeta por El general, el pintor y la dama, entre muchos otros). Las dos novelistas tienen en común trasladar al lector a un escenario histórico para construir, entonces, personajes imaginarios. Las novelas históricas escritas en esta década, además de contar la biografía de los grandes héroes de nuestra patria como San Martín y Belgrano, dieron pie, casi sin darse cuenta, a la aparición de eso que podríamos denominar “secretos de alcoba” de los próceres; algo que, evidentemente, siguió creciendo hasta nuestros días y que incluso generó un encontronazo bastante masivo, hace un par de meses, entre Federico Andahazi y Pacho O’Donnell. En el sillón de invitado de Televisión registrada, el historiador se quejó de que las anécdotas divulgadas por Andahazi en libros como Argentina con pecado concebida, constituían una falta de respeto hacia los hombres de la patria.

Ya en las dos últimas décadas se empieza a notar cierta flexibilidad en el género; algo que podríamos definir, paradójicamente, como “novelas históricas atemporales”, es decir, ficciones que toman algunos aspectos del género para aggiornarlos y crear algo nuevo: tal es el caso de la muy buena novela de Pedro Mairal, El año del desierto, que pese a ser breve recorre en clave humorística y no tanto varios episodios de nuestra historia. No es casual que una de las grandes temáticas de esas novelas sea la crisis de 2001, acaso el último episodio histórico tematizado en la literatura argentina.

Letras del Bicentenario

Este año, además del auge de libros que cuentan las historias ocultas del Bicentenario, se dio una vuelta al estilo más clásico de la novela histórica. En la reciente colección de la editorial Norma se repasan, en clave literaria, episodios fundamentales del nacimiento y desarrollo de la Patria: la Revolución de Mayo, la celebración del Centenario, las Invasiones Inglesas y las primeras oleadas migratorias.

Los libros en cuestión son El fantasma de las Invasiones Inglesas, de Claudia Piñeiro; Bolonqui, de Leonardo Oyola; El rastro de la canela, de Liliana Bodoc; y El pan de la serpiente, de Norma Huidobro. Aunque no lo dice de manera explícita, esta serie de libros tiene la particularidad de, acaso, dar también nacimiento a un (sub)género nuevo: la ficción histórica juvenil. Casi todos estos volúmenes –breves y fáciles de leer por estilo y tamaño de la letra– están dirigidos al público joven; y en ese sentido resulta paradójico que la excepción sea el libro de Leonardo Oyola, el más joven de estos autores, cuya novela parece estar dirigida a un lector más adulto.

Ya fuera de la colección, cabe destacar la aparición de Crímenes coloniales, de Diego Grillo Trubba, que se presenta como el primero de una serie que tendrá como protagonista al interesantísimo detective Octavio Vázquez y López, un obeso librero de los de antes, especialmente capacitado para resolver casos muy difíciles en poco tiempo. En esta entrega, el enigma a desentrañar es una serie de asesinatos que ocurren en cadena durante los convulsionados días de debate, traiciones, esperanzas y desilusiones del asedio inglés al Virreinato de la Plata. A diferencia de lo que puede suceder con algunas novelas históricas, este libro tiene el rarísimo don de enganchar de entrada y ser claro sin perder complejidad en los personajes ni en los escenarios, un libro profundo y divertido a la vez.

Lo interesante es que estas novelas publicadas al calor del Bicentenario se distancian notablemente de aquello que decía Jitrik con respecto a los inicios de la ficción histórica latinoamericana, además de no trabajar ya desde la inmediatez temporal, es como si buscaran revertir ese desprecio por las culturas indígenas y africanas: en la novela de Diego Grillo Trubba, la hija del detective se enamora de uno de los esclavos con que le pagan al librero el descubrimiento de un crimen marítimo; la protagonista de El pan de la serpiente, una española que llega de muy joven al puerto de Buenos Aires, decide ayudar a la india que trabaja en la misma casa que ella, antes y después de que desaparezca misteriosamente. Lo mismo sucede con Amanda, protagonista de El rastro de la canela, quien regresa crecida del Virreinato del Río de la Plata para vivir con su hermana, luego de haber sido criada en Río de Janeiro; entre la cultura africana, su amor por un mulato y una amiga esclava negra, intentará mantener indemne su identidad y su deseo: “En el año 1808, como antes, como siempre, el amor solía comportarse igual que una jauría avanzando sobre la mesa de un banquete. Lobos bebiendo el agua de miel, alimentándose con gajos de frutas, descubriendo la sal y el almíbar. La pasión no se ordena en minutos ni en siglos”.

Otra gran característica de estos libros es el anacronismo y su relación con el humor, un recurso bastante común de la ficción histórica. Por poner sólo dos ejemplos, Leonardo Oyola cita en su novela sobre el Centenario de 1910 que, debido a la llegada del cometa Halley, muchos interpretaron como el Apocalipsis una frase de La Renga: “El final es en donde partí”; mientras que Diego Grillo Trubba adelanta el concepto de chistes de gallegos, haciéndole decir a uno de sus personajes: “Ustedes piensan que los españoles somos estúpidos y no me extrañaría que en poco tiempo comiencen a inventar bromas acerca de la estupidez de los españoles”.

Justamente el anacronismo nos reenvía, otra vez, a la idea del tiempo: lejos de limitarse al pasado, el presente parece ser el gran embrague de la ficción histórica; un juego entre pasado y presente que nos vuelve a los lectores anfibios del tiempo y del que puede decirse justamente la frase que cita Borges del Quijote: “Madre de la verdad, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir”.

Compartir: 

Twitter
 

La plaza de la victoria en buenos aires, por emeric essex vidal
SUBNOTAS
 
RADAR LIBROS
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2017 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.

Logo de Gigared