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Domingo, 12 de septiembre de 2010

De Santis y demonios

En Los anticuarios, su nueva novela, Pablo De Santis aborda el mundo de los vampiros en un ambiente donde la sangre y la sexualidad han quedado bajo una inestable forma de control. Pero, ante un incidente, la oscuridad y el peligro regresan. En esta entrevista, De Santis habla de su novela, de la tradición épica de los vampiros y recrea su paso por tantos oficios ligados a la escritura como el periodismo, la historieta y, finalmente, el de escritor, que hoy ocupa casi todo su tiempo.

 Por Martín Pérez

“Si no hubiese sido escritor, ¿qué otra cosa le habría gustado ser?” Según explica Pablo De Santis, los escritores suelen escuchar a menudo semejante inquietud. “Quienes hacen esa pregunta, suponen que la verdadera identidad no está en la elección definitiva sino en la segunda, en la que quedó en el cuarto de los trastos inútiles, en la oportunidad perdida”, escribe al comienzo del prólogo de El hipnotizador, el flamante volumen que recopila las historietas del personaje, con dibujos de Juan Sáenz Valiente. Y a continuación confiesa: “A mí me hubiera gustado saber dibujar. Durante el colegio secundario llenaba el margen del cuaderno de cocodrilos, pulpos, edificios, dragones y letras adornadas de púas u hojas de árbol. El trazo era infantil: todo lo que fuera sombra, volumen o perspectiva me resultaba un lenguaje incomprensible. Los dibujos eran planos, como si fueran jeroglíficos”.

En el living de su espaciosa pero al mismo tiempo abigarrada casa familiar del barrio porteño de Caballito se puede ver uno de esos jeroglíficos, esperando ser colgado de una pared recién arreglada, flanqueado por una enorme reproducción de Oski y un pequeño dibujo de Max Cachimba. Y no desentona, realmente. De Santis sonríe, orgulloso e incrédulo, casi avergonzado, cuando se le va preguntando la autoría de los diversos cuadros, y se ve obligado a confesar que ése es suyo. “No sé cuándo lo dibujé, fue hace mucho”, apenas si alcanza a murmurar este hombre que confiesa haber querido dibujar además de escribir, pero cuya vocación oculta –esa oportunidad olvidada entre los trastos inútiles– cualquier interlocutor ocasional podría suponer que bien podría ser la medicina, ya que tanto su padre como su madre desarrollaron toda su vida esa profesión y es fácil imaginarlos tratando de arrastrar a su vástago hacia el mismo destino.

“Nunca se les hubiese ocurrido”, aclara. “Además, siempre me impresionó la sangre, y tuve terror a las vacunas y hacia todo lo médico”, confiesa el autor de otro flamante libro, la fascinante novela Los anticuarios, que reinventa el mito de los vampiros, personajes justamente muy cercanos a la sangre, aunque por un camino totalmente opuesto al de la medicina. “Lo que a mis padres siempre les gustó fue la literatura”, explica De Santis, que asegura haber crecido entre libros, y arropado por una historia familiar que venera la palabra escrita, incluyendo la recurrente épica de su padre enamorando a su madre y dedicándole poemas de estricta rima y métrica. “Empecé a leer de chico, y casi al mismo tiempo empecé a escribir. Pasé muy rápido de una cosa a la otra. Y el mundo de los géneros siempre me atrajo”, confiesa el entonces precoz lector tanto de Ray Bradbury, y posteriormente la colección Minotauro, como de los policiales de Simenon o de Agatha Christie, revelando cuál fue en realidad su otro camino hacia la sangre. “Nunca me voy a olvidar de cuando mis viejos volvían del cine y me contaban las películas que habían visto, que eran prohibidas para menores, en una época en que si no tenías la edad realmente no podías entrar. Eso era lo prohibido. No deseaba otra cosa que crecer para poder ver esas películas que me contaban mis padres: Psicosis, de Alfred Hitchcock, o El pájaro de las plumas de cristal, de Dario Argento. Me quedaba fascinado, eran todas de terror o policiales, y creo que desde esa época no se me ocurre ningún otro tipo de literatura que me pueda gustar leer”, dice Pablo, que elige una película en cartel como El origen para explicar esa fascinación. “Es que ése es el tipo de relato que me apasiona: estoy en el cine, totalmente capturado. Entiendo cuáles son las metas, lo entiendo todo, más allá de los errores. Otro tipo de cine o de novela están bien... pero no son para mí.”

¿Qué clase de novela es para vos?

–A ver, pongámoslo de esta manera: para mí los géneros, lejos de ser una especie de margen de la literatura, son el centro. Lo más importante pasa por ahí. Como cuando Angel Faretta escribía en la antigua revista Fierro que todo pasaba por John Carpenter, y no por algún director francés en cuyas películas siempre había alguien leyendo. Y para mí con la literatura pasa lo mismo. No está la literatura importante y después Soy leyenda, de Richard Matheson. Aunque hay distintos niveles de complejidad, para mí Soy leyenda está a la altura de Beckett, no es la obra de un autor menor.

EPICA DE VAMPIROS

A la manera de Soy leyenda, la última novela de De Santis intenta reescribir el mito del vampiro. Si Matheson volvió a contar la historia como metáfora del diferente –“la normalidad es un concepto mayoritario”, se resigna el último hombre en un mundo poblado por vampiros–, De Santis confiesa haber llegado a sus “anticuarios” como una forma de unir a los personajes de una historia que fue escribiendo de manera mucho más trabajosa que su novela anterior, El enigma de París. “Cuando se me ocurrió la idea de El enigma... no podía aguantar no ponerme a escribirla en ese momento”, se ríe Pablo, pensando en la novela con la que ganó el premio Planeta-Casamérica tres años atrás, y que estuvo presentando durante un año en todo el mundo de habla hispana.

Aquel libro lidiaba con historias de detectives, pero De Santis asegura que en su cabeza no es un policial sino un libro fantástico. Por el mundo que rodea a esos detectives que protagonizan su trama, y por los propios detectives, que tienen asistentes y una fama que los precede, más como si fuesen superhéroes –o luchadores de catch– que simples Sherlock Holmes al por mayor. “Pese a la melancolía de su trama, en la actitud de inventar hay una cierta alegría, que de alguna manera es percibida por el lector”, arriesga Pablo, que se deja llevar más por el drama en Los anticuarios. “Lo que pasa es que las novelas de vampiros son un regreso a la épica”, apunta. “Me acuerdo de que una vez hice una reseña de una antología de vampiros, y ahí observaba que los cuentos de vampiros, cuando eran breves, eran malos. Porque los vampiros necesitaban de una épica, como en Drácula o en Soy leyenda. Una épica entendida como la confrontación de dos fuerzas que se van dando golpes, y para mí eso es la novela: dos bandos golpeándose entre sí, y el protagonista en el medio, oscilando entre uno y otro.”

Aprendiste la lección de Oesterheld: el que narra la historia no es el héroe sino su acompañante.

–Bueno, eso sucede también en Sherlock Holmes, y es algo que siempre sirve en la literatura.

Que el narrador no sepa más que el lector...

–Porque así el lector se siente acompañado por un personaje que, como él, se asoma a ese nuevo mundo. El lector se asoma a la novela, y el personaje se asoma a la historia. Y además, para mí, todo cuento, aun los más breves, siempre hablan de un mundo que se transforma: en un mundo en que no hay fantasmas, aparece uno y ese mundo cambió, ahora es un mundo en el que hay fantasmas. Esa es la fórmula. La novela, en cambio, siempre cuenta la historia de un personaje que se transforma. Aunque haya también un mundo transformándose, la novela para mí siempre necesita de un personaje que cambie.

Cuando se le comenta que tanto en El enigma de París como en Los anticuarios su narrativa parece haberse soltado, logrando una levedad que –a pesar del tono más bien ominoso que necesita esta última– subraya lo mejor de la totalidad de su escritura, sumando sus obsesiones tanto en las novelas más serias como en las juveniles, e incluso en lo mejor de sus guiones para historietas, De Santis generosamente señala que le gustaría pensar que hay una especie de aprendizaje. “Tal vez en otro momento no me hubiese atrevido a hacer una novela con el tema de los vampiros”, confiesa.

Los anticuarios aparece justo cuando las historias de vampiros parecen estar de moda, tanto en la televisión como en el cine. ¿De qué manera dialoga tu novela con esa moda, si es que lo hace?

–No dialoga para nada, porque me imagino que no debe ser nada bueno. Igual es un prejuicio, porque no leí nada de Crepúsculo, pero aclaro que el prejuicio no viene porque sean novelas juveniles, ya que Harry Potter es un fenómeno que realmente me encanta. La verdad es que cuando me di cuenta de que tenía un libro sobre vampiros, cuando todo el mundo hablaba de ellos, pensé que, por un lado, estoy en un sector tan pequeño con respecto a semejante fenómeno, que no importaba demasiado. Y por el otro imaginé que se iba a gastar tanto el tema, que había que sacarla cuanto antes, ya que después iba a ser imposible. Pero no creo que sea una novela que pueda vivir de ese fenómeno. No me imagino a un lector de Crepúsculo acercándose a Los anticuarios.

Los anticuarios. Pablo De Santis Planeta 266 paginas

Al promediar la novela, cuando el protagonista se cruza con un personaje femenino que lo acosa, es lo más cercano a un cruce entre un personaje de Crepúsculo y Los anticuarios...

–¿Te referís a esa novia trágica que tiene? Eso debe ser lo más oscuro que escribí jamás...

Como las escenas que tiene el protagonista con su verdadera amante.

–Es que en general soy como muy pudoroso en mi escritura. Pero tuve que hacerlo porque en el vampirismo siempre está incluido el tema sexual. Y yo sabía que, en algún momento, aun dentro de mis límites, tenía que meterme con ciertos temas.

UNA Y MIL VECES

Novela de frases cortas y trabajadas, y hábilmente episódica –casi a su pesar, de hecho–, si algo se destaca particularmente en Los anticuarios es su primera parte, una suerte de largo prólogo. Allí se cuenta cómo su protagonista, que comienza arreglando máquinas de escribir, ingresa en el mundo del periodismo, pero por la puerta de atrás: escribiendo crucigramas. De hecho, tanto los oficios como la forma de ingresar en ellos son en la novela de De Santis de una sencillez anacrónica –y absolutamente verosímil– en la que su autor pareciera regodearse, en sintonía con la novela misma y su temática: el vampirismo. Ambientada en los ’50, el aire de redacción evocado parece tener vida propia, y su autor confiesa –primero– que lo tenía escrito desde mucho antes. Y, después, que al hacerlo se inspiró en su experiencia como periodista al reconstruir ese ambiente. “Aunque no es un tiempo que yo haya vivido, me parece que es más fácil recrear esa época con los recuerdos que tengo de las redacciones de los años ’80, que intentar utilizarlos para describir una redacción actual, donde todo ha cambiado demasiado rápido. Yo aún me acuerdo de la primera vez que disqué un teléfono y me atendió un contestador automático: ¡la sorpresa me dejó mudo!”

Escritor casi secreto durante su adolescencia, hasta que envió un cuento a un concurso de la Editorial de Belgrano y el premio hizo que en casa supieran de su escritura –lo que le valió que sus padres le regalasen su primera máquina de escribir–, De Santis recuerda que cuando se anotó en la carrera de Letras, entrar en la universidad deslumbró a ese adolescente tímido que hizo la colimba durante Malvinas, se casó muy joven y ya tenía un hijo que mantener a los 20 años. Pero cuando esa responsabilidad precoz lo lanzó al mundo de las redacciones –ingresó en la revista Salimos apenas recibió la baja–, descubrió un ambiente mucho más vital que el de la facultad. “Estabas en contacto con la vida, mientras que la universidad era un mundo cerrado”, recuerda. “Además, para alguien extremadamente tímido como era yo, una redacción era un lugar de mucha sociabilidad, donde entrabas en contacto con toda clase de personas.” Las redacciones para De Santis se continuaron en la revista Fierro, un mundo al que ingresó cuando ganó un concurso de guiones, gracias al que conoció a Max Cachimba, ganador del mismo concurso, pero como dibujante. Además de la máquina de escribir –que llegó justo para reemplazar la que había recibido de manos de sus padres, definitivamente averiada– y la lámpara de escritorio, el premio incluía el encargo de un par de guiones, que De Santis terminó convirtiendo en un oficio nuevo: el de guionista de historietas. “Ese premio me cambió la vida, no sólo por la confianza que me dio en mi escritura sino porque me abrió las puertas a un mundo nuevo, que empecé a compartir con gente como Angel Faretta, Ricardo Piglia, Mario Levrero, Rodrigo Tarruella y especialmente Juan Sasturain, que luego me llevó a la redacción de Sur, lo que me permitió escapar de Radiolandia, donde trabajaba por entonces. Y ahí fue donde nos hicimos amigos con Marcelo Birmajer.”

Aquel trabajo en Sur, donde Birmajer y él escribían una extraña sección bautizada “La Yapa”, que iba en la parte de arriba de todas las páginas del diario, es el que más recuerda el espíritu del trabajo del autor de crucigramas de Los anticuarios. “Es que Sasturain se fue a España, y nos dejó a Marcelo y a mí a cargo de una sección a la que le iban sacando paulatinamente espacio, por lo que finalmente terminamos haciendo que trabajábamos, rezando para que no se dieran cuenta y nos pusieran en la calle”, se ríe Pablo, que confiesa nunca haber dejado de escribir durante todos estos años periodísticos y de guiones de historieta. “A pesar de eso, nunca me sentí un escritor”, confiesa. “Era un periodista que escribía guiones.” Recién a fines de los ’80 vio publicada su primera novela, El palacio de la noche. Y durante la década del ’90 –luego de haber vuelto a Fierro para dirigirla, y cerrarla al llegar al número 100, y emigrar con Juan Manuel Lima a Colihue, para crear una colección de literatura juvenil–, su producción literaria derivó hacia las novelas para un público joven, una suerte de mitad de camino entre la historieta y la literatura.

“Reconozco que por entonces, cuando mis novelas juveniles comenzaron a venderse bien, comencé a pensar que me merecía una oportunidad para publicar mis novelas en las editoriales tradicionales. No hay premio del que no haya participado, y recibí cientos de rechazos.”

¿Por qué pensás que te fue tan difícil publicar?

–A mí no me resultaba extraño que me fuese difícil... ¡Así tenía que ser! Para mí, publicar era algo imposible y dificilísimo.

¿Por qué seguías intentándolo, entonces?

–Porque para conseguir algo había que seguir intentándolo. Al premio Planeta creo que mandé una novela cada año. Había que intentar mil veces para que saliera una. Algo que al final demostró ser verdad.

SON DE FIERRO

Aquel sueño adolescente de vivir de escribir se terminó haciendo realidad para Pablo De Santis de muchas maneras distintas. Periodista de espectáculos, guionista de historietas e incluso de televisión –escribiendo los textos en off de los programas de Fabián Polosecki, al que conoció en la redacción de Radiolandia y no duda en señalar como uno de sus mejores amigos–, De Santis considera que el escritor a secas se lo ganó recién a fines de los ’90, con la publicación aquí de su novela La traducción, y casi simultáneamente de otra novela, Filosofía y letras, en España. “Allá llegué de la mano de Guillermo Martínez, al que había conocido en un congreso de escritores a mediados de la década”, precisa Pablo, que forma parte de una extraña generación de novelistas: los que debieron batallar durante décadas, acercándose a la mesa central de novedades de las librerías luego de ver cómo sus textos se perdían en estantes mucho más marginales, o sólo habitaban los quioscos de revistas. Como Juan Sasturain, Guillermo Saccomanno, Marcelo Figueras o Marcelo Birmajer, De Santis ejerció todos esos oficios terrestres vinculados con la palabra escrita, hasta ganarse un lugar literario propio por prepotencia de trabajo, junto a un grupo de autores cuyo mejor ejemplo tal vez sea el del hoy venerado Roberto Fontanarrosa. Que cuando empezó con sus novelas y libros de cuentos, había que agacharse a buscarlos en esos rincones que en las librerías están dedicados a los libros humorísticos.

“Me acuerdo de que cuando murió Fontanarrosa yo estaba en México, y a la tristeza de su muerte era imposible no añadirle una sonrisa, leyendo ciertas frases inmortales. En el diario mexicano donde leí la noticia, figuraba una declaración que había hecho al recibir un premio allá: ‘Con la humildad de todo argentino, recibo este merecidísimo premio’, recuerda De Santis, que reconoce en Birmajer a un igual, con el que recorrió casi el mismo camino desde sus comienzos. Saccomanno, en cambio, era de esos guionistas de historietas en serio, como él confiesa nunca haber sido, aunque ahora tenga tres proyectos presentes, con tres dibujantes diferentes: Juan Sáenz Valiente, el regreso junto a Max Cachimba y una nueva serie, Justicia poética, junto al cubano –pero residente en Bolivia– Frank Arbelo. “Es que para hacer historietas yo sólo necesito una fecha de cierre”, bromea. “Porque eso que a otros tal vez los desespera, la cantidad de líneas y la fecha de cierre, a mí me tranquiliza. Pero, eso sí, no me veo generándome las condiciones para hacer un guión, buscando al dibujante o el lugar donde publicarlo”.

¿Por eso dejaste de escribir historietas durante tanto tiempo?

–Claro. Dejé de escribir cuando cerró la primera etapa de Fierro, y volví a hacerlo cuando volvió, con Sasturain otra vez al frente. En cambio, escribir novelas es algo que voy a hacer toda mi vida, sin que nadie me lo pida.

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Imagen: Xavier Martin
 
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