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Domingo, 28 de agosto de 2011

Probar de todo

Manuel Rivas es uno de los escritores españoles más críticos con el panorama económico y social, y también con la historia reciente de su país y de Europa en general. De paso por Buenos Aires, donde participó de un seminario sobre historia y literatura de la Universidad Nacional de San Martín, habló sobre los ajustes, los indignados, la fobia al extranjero que recorre Europa, y también sobre la posibilidad que tienen los escritores e intelectuales para comprometerse con lo que pasa.

 Por Angel Berlanga

La plataforma ciudadana contra el desastre producido por el naufragio del petrolero Prestige frente a la Costa de la Muerte en Galicia, en 2002, el repudio a la invasión a Irak impulsada por Bush y Aznar, el reciente libro-entrevista al juez Baltasar Garzón en torno del acoso judicial con que lo vienen machacando, el reclamo de hace dos meses –junto a otros 22 artistas e intelectuales– para “reconstruir la izquierda” en España: en los últimos años, Manuel Rivas se ha involucrado muy activamente en este puñado de causas y en varias otras que aquí no se citan para evitar convertir esto en apenas un inventario.

Hay autores que evitan a conciencia estética cualquier cruce o referencia a la política, por más tangencial que sea, pero no es justamente el caso de este escritor, periodista, poeta y académico gallego, a quien le simpatiza, por ponerlo en términos gastronómicos, “comerlo todo, probar de todo”. Los treinta libros que publicó a lo largo de tres décadas (tiene, además, un par en preparación) dan cuenta de esa vocación de explorador del lenguaje y la existencia, de su trabajo con una arcilla que moldea el disfrute y el dolor, una arcilla que configura los mecanismos y claves del poder –poder silvestre, poder institucional– en la sociedad de su tierra a lo largo del último siglo.

Rivas vino a Buenos Aires para participar del programa Lectura Mundi que organiza la Universidad Nacional de San Martín: fue, junto a Griselda Gambaro y Alberto Manguel, entre otros, uno de los protagonistas del seminario Historia y Literatura. “Me estoy acordando de algo que le escribió en una carta Flaubert a Turgueniev –dice Rivas en una librería-bar de Palermo–. Flaubert no era el ‘modelo de escritor comprometido’, digamos (aunque si se lo mira a fondo, sí lo es). Decía: ‘Yo lo que quiero es estar en una torre de marfil, pero es que de vez en cuando viene una marea de mierda que pudre todo y no tengo más remedio que prestarle atención’. En Europa algunos conceptos marxistas fueron muy desatendidos por considerárselos clichés, mecanicismos, y eso ha producido una ceguera mayor. Tanto por derecha como por izquierda se ha caído en interpretaciones que plantean una despreocupación por unos procesos que ‘natural e inevitablemente’ llevarían a una evolución auspiciosa. Es muy significativo en gente de la Escuela de Frankfurt, que siempre se pone como modelo; Adorno, por ejemplo, le reprochaba a Benjamin que se implicara tanto, lo instaba a utilizar el presente como herramienta de pensamiento, porque la historia ya hará su trabajo, ¿no? Y Benjamin era lo contrario, pensaba que cada rendija que pudiera abrirse era importante. Creo que la desatención a los análisis de la realidad ha dejado el campo libre para muchos sinvergüenzas, que han conducido a Europa al momento con mayor cantidad de pobres después de la Segunda Guerra Mundial.”

Entre las sacudidas de mierda que a los Flaubert los hizo decir “¡coño!”, Rivas reúne al espionaje telefónico del pope mediático Rupert Murdoch y sus arreglos con el gobierno británico (“¿cómo fue que se aceptó que era parte de la naturaleza del mundo de los mass media esa realidad tan corrupta?”) con la amenaza del “virus racista que de pronto puede convertirse en una pandemia”, asunto que puede sintetizarse en un caso que trae a cuento: “En España ha habido una sentencia muy preocupante de una sala del Supremo, que absolvió a una librería que promocionaba textos nazis y a varios propagandistas que ya habían sido condenados por un tribunal de Barcelona –explica–. Gente que niega el Holocausto, así que imagínate su postura sobre lo que pasó en España durante la Guerra Civil. Y es significativo que el juez del supremo que actuó en esta causa sea uno de los más activos en la persecución de Garzón”.

A Rivas le parece necesario establecer conexiones entre los sucesos críticos de Europa: “Recoger los añicos para recomponer y ver en qué espejo podemos mirarnos”. Lo ocurrido en Noruega signa, además de la masacre, el cariz del ADN de la ultraderecha: “Los primeros artículos que aparecieron en la prensa apostaban por la autoría islamita, e identificaban al islamismo como ‘el gran peligro’ para Europa –señala–. Y luego, cuando se identificó al autor, pasó a presentárselo como un acto de locura, un arrebato, una especie de episodio de terror gótico. Yo creo que hay que insertarlo en la producción de miedo, en el marco de un círculo en expansión. Noruega era el paraíso posible, un lugar donde el mal había sido expulsado de las fronteras. Los aniquilados pertenecen a la juventud, una juventud antifascista, internacionalista, inquieta por lo que pasa en el mundo. Pero claro, los episodios por separado no se entienden. ¿Por qué en esta Europa desaparece de repente la socialdemocracia, y no digo sólo en el poder, sino en el campo de las ideas, las ideas de la izquierda democrática o de transformación humana? Hace poco leí En el castillo de Barba Azul, de George Steiner, algo tan inquietante como inteligente: relacionaba al nazismo con un momento previo, el crac del ‘29, cuando empezaron a manejarse las grandes cifras y los parámetros económicos de modo tal que se perdió por completo la dimensión humana. El banco tal perdió tantos millones, la deuda de tal país es de estos miles de millones, tal sector necesita miles y miles de millones. Pero bueno, qué pasa con el desempleo, con el señor que tuvo que cerrar su librería, con la señora que tiene tres vacas, con las necesidades concretas de las familias. Esa desaparición en la conversación colectiva de la escala humana y sus consecuencias es muy perturbadora: cuando transformamos a la economía en un gran casino de cifras irreales, de alguna forma se abonan irrealidades en otros campos que ocupan el lugar de la realidad”.

Como aquí hace diez años, hasta en los programas del corazón españoles se sigue atentamente el índice de riesgo, el riesgo país. Rivas ha estado en algunas de las asambleas del 15-M, el Movimiento de los Indignados, en Santiago de Compostela y en Madrid. Ahí, pensaba: “A esta gente le han sustraído los conceptos, las palabras, son una generación continuamente calumniada, a la que se llama ‘sin futuro’, la ‘generación perdida’. Había una suerte de risita sardónica, estos jóvenes que están en casa de sus papás, con sus maquinitas. Y de repente aquí están, con esa especie de rabia a la política tradicional. Creo que es una fase, que en algún momento se van a encontrar con la importancia de la política. El 15-M me recuerda al no de El hombre rebelde de Camus: es un no que le dice sí a muchas otras cosas imprescindibles y vitales, que comprometen”.

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Imagen: Xavier Martin
 
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