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Domingo, 25 de septiembre de 2011

Los niños, los libros y las chicas

En 2008, en las puertas de una discoteca, el escritor francés Frédéric Beigbeder fue detenido por consumir cocaína en la vía pública. En la celda, empezó a reconstruir la historia familiar, remontándose en la arqueología de un clásico clan de la burguesía francesa. Pero más allá del origen carcelario, Una novela francesa entra en la intimidad y la áspera ternura de la infancia, los recuerdos de la iniciación adolescente y la temprana pasión por los libros. Aquí se publica el prólogo que Michel Houellebecq escribió para la edición del libro en Francia.

 Por Michel Houellebecq

La mayor cualidad de este libro es, sin ninguna duda, su honestidad. Y cuando un libro es tan honesto, puede dar lugar, casi inadvertidamente, a verdaderos descubrimientos sobre la naturaleza humana, terreno en el que la literatura mantiene varios cuerpos de ventaja sobre las ciencias. Así, leyendo Una novela francesa, uno se da cuenta de que la vida de un hombre se divide en dos períodos, la infancia y la edad adulta, y de que resulta absolutamente inútil afinar el análisis. Quizás en otros tiempos existía una tercera época, llamada vejez, que hacía de nexo, una época en la que volvían los recuerdos de infancia y daba aspecto de unidad a una vida humana. Para entrar en la vejez, sin embargo, era necesario haberla aceptado, haber salido de la vida para entrar en la edad del recuerdo. Sumergido en deseos y proyectos de adulto, el autor no se encuentra en esta situación, y no conserva prácticamente ningún recuerdo de su infancia.

A pesar de todo, conserva uno que evoca unos camarones y una playa de la costa vasca. A la manera de Cuvier cuando reconstruía un esqueleto de dinosaurio a partir de un fragmento de hueso, Frédéric Beigbeder reconstruye, a partir de este único recuerdo, toda su historia familiar. Se trata de un trabajo serio, sólido, en el que descubrimos una familia francesa, mezcla a fin de cuentas armoniosa de burguesía y aristocracia, con una fuerte implantación regional. Una familia heroica hasta el absurdo durante la Primera Guerra Mundial; un poco más reservada luego, al estallar la Segunda, y dominada después de 1945 por un intenso apetito de consumo que alcanzará un nivel inusitado a partir de 1968, generalizándose al ámbito de la moralidad. Una familia como tantas otras, perteneciente más bien a las clases altas, pero es precisamente la banalidad de la historia familiar de Beigbeder lo que le da su fuerza, puesto que a la vez vemos cómo toda la historia de la Francia del siglo XX desfila ante nuestros ojos y revive sin aparente esfuerzo. A veces, en la primera lectura, uno se pierde un poco entre los personajes, es lo único que se podría reprochar al autor.

En la adolescencia, todo cambia y los recuerdos afluyen, pero en el fondo son dos cosas, y sobre todo dos, las que perviven en la memoria del autor: las chicas que le han gustado y los libros que ha leído. ¿Acaso es esto y sólo esto la vida y lo que de ella permanece? Parece ser que sí. Y en este punto la honestidad de Beigbeder es de nuevo tan evidente que uno ni siquiera se plantea pone en duda sus conclusiones. Si es en efecto esto y sólo esto lo que le parece importante, es que sólo esto lo es. En el fondo, el placer de la autobiografía es casi el inverso del de la novela: lejos de perderse en el universo del autor, el lector de una autobiografía no se olvida en ningún momento de sí mismo; se compara, se confronta, verifica, página tras página, su pertenencia a una humanidad común.

Me ha gustado menos lo que se refiere a las noches pasadas en detención preventiva por consumo de cocaína en la vía pública. No deja de ser curioso, pues debería haber simpatizado con ello, ya que yo mismo pasé una noche en prisión por una infracción casi igual de estúpida (fumar un cigarrillo en un avión) y puedo confirmar que las condiciones de detención son impresentables. Aun así, el autor y su amigo el poeta son un poco sobradores, bastante bocazas. La evocación del niño, ese pequeño ser enclenque todo barbilla y orejas que sigue lo mejor que puede a su querido y admirado hermano mayor, es breve, pero tiene tanta fuerza que experimenté la sensación de que ese niño leía conmigo, por encima de mi hombro, todo el libro. En este episodio de delincuencia hay algo que no funciona: el niño no se reconoce en el adulto en el que se ha convertido. Y esto, probablemente, vuelva a ser verdad: el niño no es el padre del hombre. Existe el niño, existe el hombre, y entre ambos no hay ningún nexo. Se trata de una conclusión incómoda, embarazosa, pues nos gustaría que en el centro de la personalidad humana hubiera cierta unidad. Es una idea que nos cuesta rechazar; nos gustaría poder establecer ese nexo.

En cambio, sí que lo establecemos enseguida en las páginas dedicadas a la hija, sin duda las más bellas del libro. Pues, imperceptiblemente, el autor se da cuenta, y nosotros con él, de que esos años de infancia que atraviesa su hija son los únicos de verdadera felicidad. Y de que nada, ni siquiera el amor que su padre le profesa, le evitará tropezar con los mismos obstáculos, recorrer las mismas sendas. Esta mezcla cada vez más desgarradora de tristeza secreta y amor culmina en el magnífico epílogo, que podría justificar por sí solo el libro, en el que el autor enseña a su hija, tal como su abuelo le enseñó a él, el arte de las cabrillas. En ese instante se cierra el círculo y todo queda justificado. La piedra que se eleva mágicamente “seis, siete, ocho veces” por encima del mar. La victoria, limitada, sobre la pesadez.

Una novela francesa
Frédéric Beigbeder

Anagrama
212 páginas

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