libros

Domingo, 24 de febrero de 2002

RESEÑAS

Qué solos se quedan los vivos

Bajo el mismo cielo
Silvia Silberstein
Editorial Sudamericana.
Buenos Aires, 2002.
190 páginas
$ 15

por Ariel Schettini

Una anotación hacia el final de esta novela de Silberstein nos da la clave para comprender los motivos de la narración: “Retocar la historia, reinventarla...”. Se trata, como se puede suponer, de un relato sobre la construcción y la comprensión de la memoria, esa palabra que quedó cristalizada para los argentinos en la búsqueda de respuestas para un pasado que, aun cuando sabemos fehacientemente que ocurrió y que forma parte de nosotros, es, igualmente, imposible.
Bajo el mismo cielo plantea una de las consideraciones fundamentales de la revisión del pasado que todavía los argentinos (seguramente apurados por la urgencia de cada presente) no logramos transformar en debate. Todos sabemos que parte de los dramas que vivimos tienen su fundamento en un pasado que no termina de cicatrizar y ese pasado tiene que tener una lengua, un modo de ser presentado y de aparecer en la memoria. Pero cuando la memoria se vuelve lenguaje, queda sometida a discusión, a ser reformulada, repensada y rechazada. Porque ése es el fundamento de toda palabra, finalmente, existir para ser parte de un debate.
Los personajes de esta novela existen y aparecen, fantasmales, solamente para poner en discusión un pasado que, con el paso del tiempo y la corrosión del debate, dudan casi de que su propia historia sea suya. Y esa duda los pone en una situación doble: por un lado, no pueden olvidar porque su sufrimiento es lo único que queda como memoria colectiva; pero por otro, en la medida en que la sociedad no pudo hacer de ese momento histórico un planteo honesto, solamente quedan condenados al sufrimiento personal.Está claro que hablamos de una novela que plantea las secuelas de los gobiernos argentinos de las décadas del 70 y 80: la sucesión ominosa de militancia, dictadura, democracia, perdón, olvido y acá-nopasó-nada. Pero en la medida en que esa especie de defraudación histórica no fue vivida colectivamente, la novela opta por mostrar las secuelas íntimas y domésticas de la delincuencia y el delito en manos del Estado.
Con el mismo material con el que se podría haber escrito una obra épica (o gauchesca, en su versión argentina), Silberstein eligió narrar casi una novela intimista, introspectiva y, claro, profundamente triste. Bajo el mismo cielo evoca no solamente a la posibilidad concreta de que los personajes sean obligados a lidiar y convivir con sus enemigos, sino también a la sincronicidad de la memoria, que en el mismo instante es capaz de reunir el pasado y el presente sin dejar que el olvido haga su propio trabajo. El personaje principal, un fotógrafo que no hace sino capturar el instante, trata de resolver en su presente todo lo que hacia atrás le resulta incomprensible.
Con una prosa meticulosa, detallista hasta la obsesión, lo que se cuenta, en realidad, es una historia mínima cargada de personajes que constantemente cambian de ciudades y países, que se exilian, mueren, matan, desaparecen, retornan, delatan e intercambian el lugar de la víctima y el victimario. Pero más allá de la anécdota que pone a los personajes en movimiento, lo que se juega en esta novela es otra cosa, una especie de fantasía de venganza y reparación que es la coartada máxima que ofrece la literatura: el testimonio. Entre la memoria, siempre discutible y repensable y el presente inasible, el género testimonial aparece como una ficción conjetural. Esta novela también plantea un problema ético a la literatura: ¿cómo leer aquellos libros que son testimonio de la vida?Ahora que pensamos que la realidad no es sino una ficción construida entre las ficciones, ¿qué valor tiene lo testimonial, lo no ficcional? Y si sabemos que entre las palabras y la vida hay tantos vacíos, ¿qué sentido tiene el relato del terror verdadero, histórico? Por el planteo y la puesta en escena de estas preguntas, es posible también decir que Bajo el mismo cielo es una novela del fracaso y, según como se la lea, de la redención. No solamente porque los personajes terminen abdicando de sus propósitos, sino también porque sus renuncias no son más que el espejo de una renuncia colectiva. Una que hizo este país hace ya tiempo, y que probablemente esté olvidada o quede en la memoria individual de algunos que sin duda, como Bruno, el fotógrafo de esta novela, se quedaron solos.

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