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Domingo, 16 de septiembre de 2012

Es un sentimiento

 Por Juan Pablo Bertazza

Una de las grandes exageraciones de la historiografía es la drástica separación que ha establecido entre la Edad Media –lúgubre, monótona, anquilosada– y el Renacimiento –luminoso, explosivo, revelador–. Hay, por lo menos, algunas líneas de continuidad entre ambos períodos y una de ellas es el concepto de melancolía.

Porque hubo un tiempo en que la melancolía no era un simple estado de ánimo: tenía cuerpo y color –la bilis negra– y estaba identificada como un humor –los otros tres eran la sangre, la bilis amarilla y la flema–- que atacaba el cuerpo acaso por la maligna influencia de los demonios. Era, para muchos, la madre de todos los males.

Con una notable reconstrucción histórica del lenguaje y la atmósfera del Renacimiento, Carlos Daniel Aletto disecciona vida y obra de Andrés Vesalio, un renombrado médico belga que, al servicio del rey español Carlos V, osó poner en jaque las ideas imperantes de Galeno. Como un Freud prematuro, entre recuerdos de su padre, visiones que retoman la tradición del descenso al Hades (desde la Eneida hasta La Divina Comedia, ¿por qué será que los que viven una temporada en el infierno bajan siempre de a dos, acompañados?) y el repaso obsesivo por las pinturas de la época –-sobre todo de Brueghel y El Bosco–, Vesalio tratará de dar con el origen, la localización exacta de la melancolía, ardua misión que aloja una irresoluble imposibilidad: ¿cómo se hace para tomar de objeto de estudio algo tan elusivo y, al mismo tiempo, contagioso? De hecho, en el prólogo a Anatomía de la melancolía (1621), libro capital que tuvo siete reediciones durante el siglo XVII y una influencia todoterreno, su autor, Robert Burton, confesó: “Escribo sobre la melancolía para mantenerme ocupado y evitarla”. Aletto acertó no sólo en retomar un aspecto interesantísimo de la historia sino también en la forma de ponerlo en práctica: con mirada melancólica, pero escritura pujante, logró conformar una novela original y muy bien estructurada que encierra una paradoja exquisita. El libro, de hecho, lleva como epígrafe parte del prólogo de Borges a la Odisea, donde retoma aquel callejón sin salida de Epiménides de Creta (“todos los cretenses son mentirosos”) y establece que “toda literatura no es otra cosa que una mentira que dice la verdad”. Carlos Daniel Aletto, quien padeció sin caer en la melancolía el quite del premio Clarín de Cuentos 2008 que había ganado, es un mentiroso de lo más sincero.

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Anatomía de la melancolía. Carlos Daniel Aletto Cuerva Blanca 133 páginas
 
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