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Domingo, 9 de marzo de 2003

SIDRA EN EL TORTONI

Conversaciones, recuerdos, lecturas y otras trivialidades literarias

En nuestra mesa había cinco personas, listas para empezar la cena. De pronto, una camarera, un poco nerviosa, pregunta si alguien (no entendemos bien quién) puede sentarse con nosotros. Naturalmente, se le contesta que sí, porque ésas son las normas del Centro berlinés que ofrece la comida. Un hombre mayor, con un grueso pulóver blanco, de esos intemporales tejidos de lana gruesa que van formando trenzas, se acerca y nos saluda. Cuando me presento, escucho que dice: “Imre Kertesz”. Estoy a su izquierda y busco, más o menos nerviosa, algo. Descarto dos o tres frases localistas. Por ejemplo: “Soy argentina”. No tendría por qué interesarle y si llegara a interesarle, peor todavía, porque no puedo imaginarme explicando los bordados del movimiento justicialista a una celebridad que sólo habla húngaro y alemán. Por lo tanto, me quedo en blanco y espero que su vecina de la derecha salga mejor de la situación. En efecto, veo que comienzan a conversar y, aliviada, dejo de escucharlos.
De pronto, cuando sólo faltan los postres, oigo que Kertesz dice: “Yo nunca escribí una página por día, como cuentan que hacen los escritores profesionales”. La palabra “escritor” me provoca insensatamente y, para obtener una respuesta, interrumpo con una banalidad: “Quizás esos sean escritores o artistas burócratas”. Kertesz da un ejemplo: “Richard Strauss”. De nuevo, improvisando en la busca de un nombre que se convierta en puente, le digo que, en efecto, Strauss era un burócrata, pero que, en cambio, mi argumento se esfumaría si él dijera Thomas Mann. Me mira por primera vez con atención, como si “Thomas Mann” tocara cosas más verdaderas que las que se habían escuchado hasta entonces.
A Kertesz, esa noche, el nombre de Mann lo lleva directamente a Lukács. “Mann lo odiaba, y por eso lo retrató en La montaña mágica, en ese hombre abominable, ese Naphta. Lukács era Naphta, un manipulador autoritario, un dictador temeroso de que, de nuevo, lo obligaran a rectificarse. Mann no lo quería a Lukács. Pero también él tenía algo de déspota, como cuando pidió que la ciudad de Weimar reconstruyera el hotel adonde llega Carlota, el personaje de su magnífica Lotte en Weimar.” Kertesz vuelve, sin embargo, a Lukács, como si le hubieran tocado una vieja antipatía, algo más íntimo que la opresión: “Lukács era el hombre de las disyunciones: Stendahl o Balzac, Tolstoi o Dostoievski, Franz Kafka o Thomas Mann”.
Se me ocurre un desvío, un camino para volver a esa sonrisa del comienzo, cuando la cara le cambió al escuchar el nombre de Mann. Le digo que conozco solamente a tres húngaros: “Usted, el cineasta Bela Tar (olvido a Miclos Jancsó) y Ligeti”. Kertesz me toma la mano: “Conoce a Ligeti, mi amigo, mi amigo que ahora vive en Viena, que está tan enfermo. Estuve con él la semana pasada”. Las manos de Kertesz tiemblan, mientras yo tartamudeo que en mi país un crítico de música es fanático de Ligeti, y que con él aprendí a escucharlo. Kertesz está mucho más emocionado por el recuerdo de esa reciente visita a Viena que por mis declaraciones sobre la fama de Ligeti en un país que ni siquiera he mencionado con precisión. Y probablemente la misma frase que pronuncié haya sido tosca, como no podría ser de otro modo, dado que yo la había construido con evidente empeño y mala suerte en alemán.
Alguien en la mesa (porque ahora todos están escuchándolo) le dice: “Usted podría traerle (a mí, se entiende, que estoy un poco avergonzada) un autógrafo”. Kertesz suelta mi mano y se pone sarcástico: “Ligeti, al que quiera un autógrafo, le pide por lo menos cien dólares”. Nos reímos y le digo que seguramente lo mismo haría Jean-Luc Godard. La mención de Godard, como sucede con demasiada frecuencia, desinteresa de la conversación a todo el mundo. Kertesz repite: “Ligeti vive en Viena y yo tengo un departamento en Berlín y otro en Budapest, para poder pisar una tierra con cada pie. Desde mi departamento se ven los techos de otras casas, no veo gente, sólo techos, pero está bien”. Como si el recuerdo debiera mencionarse, me dice que en Hungría se ganaba la vida como traductor, que tradujo a Nietzsche, que él no estaba prohibido pero que tampoco podía publicar nada en los periódicos. En Berlín está terminando su nueva novela y, cuando la termine, más o menos por mayo, asegura que volverá para que hablemos.

BEATRIZ SARLO

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