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Domingo, 24 de marzo de 2013

> ESTHER CROSS O LA BIOGRAFíA DE UNA LECTORA

La experiencia del mundo

Estaba en primer año de Psicología. Iba a un taller porque quería ser escritora y estaba perdida. No me daba cuenta de que también me iniciaba en mi carrera de lectora apasionada e independiente, que es, sobre todo, en lo que me he convertido. Me mandaba por mi cuenta. Era una francotiradora. No tenía referentes ni me mataba por buscarlos. Buceaba en la biblioteca de mi padre. Compraba de oídas. Atendía recomendaciones. Asociaba lecturas. A veces me iba mal. Caía en libros terribles, pero no me importaba. Todo me venía bien porque hay un pragmatismo impiadoso en el plan de las vocaciones y un hambre indiscriminada en los comienzos. Siempre era mejor leer a no leer y las malas lecturas quedaban más que compensadas por los momentos, frecuentes, de acierto y gracia.

De pronto daba con un libro que me cambiaba la vida, la lectura de la vida. Uno me llevaba a otro y eso me daba confianza. Es una confianza que sigo sintiendo. Ese mundo de libros buenos era y es inmenso. Era y es inagotable, y lo mejor es que se renovaba y sigue renovándose. Vivía en un estado de lectura excitada. Siempre había leído mucho, pero en esa época me di cuenta de lo raro y maravilloso que es leer. Sentada frente a una página estampada con unos signos, una persona podía cambiar su experiencia del mundo, que era una forma de cambiar el mundo. Y en esa serie de descubrimientos –no encuentro otra palabra–, en esa cadena de revelaciones, hay una que sobresale especialmente. Lo digo así para dar una idea de la magnitud de la experiencia.

Encontré una selección de relatos de Kafka en una mesa de saldos de la avenida Corrientes. Había leído El castillo, con todo lo que eso quiere decir, pero ahora pasó algo distinto. La metamorfosis encabezaba el ejemplar y fue, inevitablemente, una revelación. Sin embargo, el flechazo llegó más adelante, cuando avancé en la lectura y empecé a leer un cuento que se llama “Una cruza”. Ahí es donde la memoria tira el ancla, ahí es donde pasó algo de verdad. ¿Puede explicarse por qué un texto se planta en la vida de una con la fuerza de una revelación? ¿Por qué un cuento y no otro se impone en la biografía de un lector con la contundencia y el misterio de la persona más importante de su vida? ¿Qué hace que algunas escrituras cambien a alguien, impriman una señal y matriz en su memoria, y sigan con ella durante años y hasta décadas, atravesando momentos diferentes de la vida? He olvidado los nombres de personas que me parecían encantadoras o amenazantes. A veces me cruzo por la calle con alguien que no reconozco del todo –sé que es la cara de un nombre que se fugó o pesco el nombre de una cara que ya no puedo imaginar–, pero hace treinta años leí un cuento de Kafka que se llama “Una cruza” y todavía me lo sé de memoria. No es uno de sus cuentos más conocidos. No es uno de sus cuentos emblemáticos. La primera vez que lo leí, empecé a leerlo de nuevo en cuanto llegué al final. Ahí había algo, algo cifrado que ni siquiera quise adivinar. Me bastaba con darme cuenta de que estaba. Era eso. Quise aprenderlo de memoria, quedármelo; transportar, palabra por palabra, ese sistema perfecto que contenía lo que para mí era, en ese momento, la clave de la escritura. Supe, en todo caso, que estaba frente a un cuento inolvidable. Lo supe y lo decidí. Fue algo que me pasó y algo que hice. Empieza así: “Tengo un animal singular, mitad gatito, mitad cordero. Es una herencia de mi padre, aunque solo bajo mi poder se ha desarrollado por completo”. Desde entonces, me dedico a entender cómo funciona y a veces creo que lo entiendo.

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