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Domingo, 18 de agosto de 2013

Ríos de tinta

Historia conjetural del periodismo, de Horacio González, es un libro que conjuga algo de la urgencia de este tiempo (y de los medios de comunicación) con el análisis más pausado sobre la prensa, que se aleja tanto de la especialización técnica como de un enfoque sólo interesado en el carácter empresarial. En definitiva, unas hipótesis y un ensayo sobre un periodismo argentino hijo del campo de las ideas en permanente combate.

 Por Gabriel D. Lerman

Un prólogo y veinticuatro artículos necesitó Horacio González para brindar sus apreciaciones sobre el periodismo, organizadas en cinco partes que recorren un vasto y general ingreso al tema, y un detenerse específico en zonas que bien podrían funcionar como grandes tradiciones que pesan sobre el presente del periodismo argentino. Lo que resulta de su Historia conjetural del periodismo es un libro que aborda uno de los espacios discursivos de la vida social moderna más connotados, desde un lugar que rompe con varias tendencias cercanas en los estudios respectivos. Por un lado, con la aquiescencia academicista que acota la especialidad al rubro de las técnicas de escritura o al impacto tecnológico sobre la construcción del fenómeno noticia, de los hechos, de las coberturas envolventes y aparentemente más eficaces. Por otro, porque toma distancia de una mirada desde la economía política de la comunicación, pero no para subestimarla ni para eludir el componente propietario, concentrado y factiblemente manipulador de sus estructuras empresarias sino para devolverle a ese enfoque una dimensión ideológica que supone la pesada carga, en sus mochilas, de una solapada difusión de valores, creencias, posicionamientos, espejos de la sociedad del espectáculo, derivas y herencias políticas. En tercer lugar, y como logro más hondo, rompe con la idea pasteurizada de un periodismo masivo de grandes medios supuestamente investigador de oscuras tramas, basado en manuales de estilo, de ética profesional, que dibujan una y otra vez sobre las mesas de redacción, las rotativas y ahora la nube virtual, la idea de una transparencia comunicativa sin amarras, sin pasados, sin relaciones de poder, aparentemente tornasolados y livianos, sin sangre en las manos ni dolor en el cuerpo.

En suma, González levanta la mano y pide pista para decir que el periodismo es una construcción del campo de las ideas, y por lo tanto, un escenario de contienda, que por otra parte nació de esa manera y reconoció de manera ilustre el elemento combativo, en sus tradiciones liberales y católicas, en su arrojo por el cambio social y la apuesta militante de izquierda, en las páginas urbanas de las primeras décadas del siglo XX, en los senderos del peronismo y a la sombra de la represión dictatorial y los grandes negocios acumulativos de fin de siglo.

Desde el prólogo, que habla de un tiempo histórico que fijó el pasaje de la “inocencia del hecho” a la “manufactura del hecho”, González recuerda que esa exterioridad sacralizada por el relato periodístico que se bautiza y se celebra con el nombre de realidad, alude bastante más al despliegue de un tipo de poesía que reaparece en sus capturas aparentemente develadoras con la forma, en cambio, del encubrimiento. A esa idea que insiste con el mito de la posibilidad de abordar lo real y entenderlo mediante el fraccionamiento cotidiano y formal de partículas limitadas del devenir social, González le responde con George Steiner, para quien, irónicamente, el formato contemporáneo del periodismo será la “cobertura”, con todos los problemas que trae una modalidad que tapa y a la vez opera en la superficie de las cosas.

Son varios los artículos para recomendar, y casi todos funcionan como eslabones de una posible bibliografía obligatoria. Porque quien imagine una versatilidad de enfoques y una riqueza de materiales sobre periodismo, podrá extraer de este cofre una pieza a su medida. Hay un recorrido clásico sobre la “oda” y el “parte de guerra”, y luego viene una fila de monografías agrupadas por un hilo histórico argentino, que permiten poner a esta Historia conjetural..., sin mucho esfuerzo, en el conjunto histórico del periodismo rioplatense. Pero no porque haya una pretensión de rareza sino porque González, contrariamente a lo que se lee y se estudia habitualmente sobre el tema, recupera una vez más un ensayismo político en la línea de Angel Rama, Oscar Beltrán, algún diálogo con el católico Néstor Auza, más recientemente Jorge B. Rivera. Los grandes nombres y temas del periodismo argentino están aquí: Moreno, Alberdi, el Padre Castañeda, De Angelis, José Hernández, Lugones, Borges, Arlt, Botana, Timerman, Walsh y las experiencias recientes en materia de conglomerados mediáticos y house organ de monopolios.

En el apartado sobre el periodismo de izquierda, se rescata una tradición ilustrada donde la hojilla, el heraldo, el periódico, reúne y consolida una vocación ilustrada, un ámbito de praxis emancipatoria. Hay un recorrido que pone la lupa en La Montaña de Ingenieros y Lugones, que se toca con los itinerarios europeos de Lenin y Gramsci en el modo de pensar y hacer esas escrituras cotidianas desde la lectura social que apunta a la estrategia revolucionaria, al esclarecimiento y la vanguardia pero también a la comprensión del folklore, de la idea de nación en fricción con la clase trabajadora. El capítulo “Marx periodista” permite ahondar la supuesta tirantez entre libertad de prensa y libertad de empresa periodística, al desplazarse el problema al lenguaje que es hablado, el cual debe necesariamente articular política, filosofía y religión, ya que el periódico, según Marx, es el modo de hacerse mundo de la filosofía, de bajar a tierra, de la praxis, con su capacidad de hacer de cada “noticia” un hecho articulado al mundo histórico, como lo singular se vincula con lo universal, y destilar de ese vínculo una pedagogía de masas. Problema que Gramsci recogerá décadas más tarde en el punto de la relación entre intelectuales y pueblo.

Historia conjetural del periodismo. Horacio González Colihue 336 páginas

Como pasó hace pocos años con su libro sobre la Biblioteca Nacional, Horacio González vuelve a decir, y en su modo hay un decir corporal, un poner la cara extraordinariamente conmovedor, que la escritura política es la lengua que siempre está en disputa, si algo aún hay que discutir y construir. Una escritura política que en su caso es la elección de los temas, pero también es la profundidad, el estilo, el pudor y el coraje, porque en sus palabras no hay desapego de la posición enunciativa, no hay asepsia ni mentida objetividad. Hay un mapa de lectura, hay un camino transitado, y hay advertencias y citas de otros tiempos que caen sobre las hojas de sus libros como pequeñas frases, fichajes de lo ya visto, pistas de una búsqueda del tesoro que acontece en el porvenir.

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