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Domingo, 20 de octubre de 2013

Un alto en Perú

El regreso al territorio peruano y al paisaje de algunas de sus novelas anteriores son las marcas más salientes del Mario Vargas Llosa posterior al Nobel. El héroe discreto construye una trama de doble faz sumamente entretenida y llena de compasión hacia los seres que habitan una Lima que ya no es tan horrible y una Piura que va dejando atrás la miseria extrema. Pero donde siguen habitando los fantasmas de Lituma y otros personajes populares e inolvidables.

 Por Claudio Zeiger

No es dato menor el regreso de Mario Vargas Llosa al escenario de Perú. Esto es lo que sucede en El héroe discreto, su primera novela publicada tras el Nobel, que transcurre enteramente en geografía latinoamericana. Si bien termina en un vuelo de LAN Perú rumbo a Europa (en viaje de placer, eso sí), todo en ella sucede entre Lima y Piura. Lima la horrible y Piura la húmeda, aunque los tiempos han cambiado y ni Lima está tan horrible ni Piura tan misérrima como en aquellos tiempos selváticos de La casa verde. Hay un matiz de patriotismo, digno, en este Vargas Llosa. No le carga las tintas a los asuntos de cierta hipotética agenda de derecha que ronda la trama de este libro desmesurado, divertido, inteligente y enormemente entretenido, después de una novela –hay que decirlo– importante pero extremadamente plana como El sueño del celta. Hay una aceptación entre resignada y animosa del calor y del color local, de los diminutivos y las palabras regionales, de los modismos que espantarían a muchos de sus nuevos lectores globales y de las idiosincrasias quizás incomprensibles para los correctos analistas de diarios con alma de rotograbado.

Pero ¿de qué va y quién es este héroe discreto? Un hombrecito de Piura llamado Felícito Yanaqué, laborioso dueño de una compañía de transporte (quien conozca todas esas rutas del lado del Pacífico que van de Trujillo a Piura, casi en la frontera con el Ecuador, entenderán lo intrincado y complejo que es el panorama que describe aquí Vargas Llosa), empieza a ser chantajeado por una supuesta mafia de la zona que le pide una cuota a cambio de protección, la quizás inolvidable “mafia de la arañita”. El hombre se niega rotundamente a ceder a la extorsión, y esa obcecada ética, basada en el principio que heredó de su padre (no dejarse pisotear nunca) lo convierte, en rigor, en un héroe indiscreto: finalmente conocerá la verdad que no le gustaría haber oído jamás.

En el otro frente (Vargas Llosa maneja la novela “díptica” como nadie), un anciano empresario lleno de plata se casa con su sirvienta para desheredar a sus malditos hijos, unas verdaderas hienas malnacidas y aquí, en la parte de Lima, reaparecen Rigoberto, Lucrecia y Fonchito, los personajes de ese segmento erótico un tanto extravagante que montó el escritor en libros como Elogio de la madrastra y Los cuadernos de don Rigoberto. Las dos historias tenderán a cruzarse en una forma que abreva y mucho en las artimañas y artificios del folletín, el melodrama y las telenovelas. El suspenso consiste en saber no sólo cómo avanzan ambas tramas por separado sino en cómo (a causa de qué, de quién o quiénes) se cruzarán, y en esto, El héroe discreto no defrauda.

El héroe discreto. Mario Vargas Llosa Alfaguara 383 páginas

Por obvia decisión del escritor pero también por su inspiración y sus marcas más salientes, El héroe discreto y en especial Felícito pertenecen a la estirpe de Pantaleón, Lituma (un personaje secundario aquí, aunque siempre se las arregla para ser un importante actor de reparto, un comentarista de la vida, un patán lleno de nobleza), el escribidor, la Chunga, el Hablador. Don Rigoberto y Fonchito también son importantes y más soportables que en los libros anteriores, pero no dejan de ser forasteros del corazón de la novela (no por nada irán en un momento a jugar de “visitantes” a Piura). De hecho, hay mucho de autoironía frente a un Rigoberto civilizado que quiere llenar su vida de belleza visual y auditiva, ese viejo disfrutón al que su hijo encarará al final con preguntas medulares: si tanto te tira Europa y su alta cultura y su superioridad civilizatoria ¿qué es el Perú para vos? ¿por qué te quedaste a vivir siempre aquí?

Y el genial Fonchito (vivo, astuto retrato del precoz Vargas Llosa) es un gran personaje en este texto, el único preñado de futuro. Sostiene reiterados encuentros con un hombre misterioso que puede ser un pervertido, un invento del imaginativo adolescente o el mismísimo Diablo, y en verdad entre los dos abren la puerta a la gran pregunta extraliteraria que se hace en El héroe discreto: ¿es el mal hijo de la libertad? Pregunta inquietante y honesta para un ultraliberal.

Más allá del objetivo declarado y popular (¿populista, vade retro?) de entretener a través de la lectura o, mejor dicho, enhebradas por debajo de ese objetivo, hay varias capas de sentido que la novela irá revelando finamente, siempre desde su tono leve y ligero, que avanza como una máquina enérgica pero sin perder jamás los modales, sin atropellar al lector. Se nota así que El héroe discreto condensa una mirada del mundo y de los mundos contrapuestos de quien está un poco de vuelta (valen todas las connotaciones de dicha expresión): con las cicatrices leves pero visibles, con la experiencia y con las contradicciones, con momentos de redención y pedidos de disculpas apenas insinuados. En parte, tiene que ver con la tierra propia, en parte con los tiempos que corren, y con los tiempos que podrían correr. Es una novela donde indiscutiblemente los espacios físicos no son meramente reales o localistas. Vargas Llosa visita “la casa de los espíritus” que supo crear, esas habitaciones que él mismo supo ocupar. Los personajes inequívocamente son populares. Las diferencias de clase no tienen tanto que ver con el crecimiento económico (una notable movilidad social si se la compara con el cuadro de situación del primer Vargas Llosa) sino más bien con inamovibles diferencias de estrato: hay amos y siervos. Eso es lo que menos se ha modificado porque parecen ser estructuras mentales más que materiales.

Vargas Llosa se enfrenta a ese mundo de castas cuya complejidad de consumos y tecnologías no hace más que acentuar el limo primigenio. El narrador muestra así una profunda simpatía y buena disposición hacia sus criaturas. Podría decirse que, en parte, es compasivo con su propia creación, pero también lo es con la sociedad que revisita. Quizás él también se ha puesto discreto y ya no quiere saber toda la verdad, ya no es el descarnado narrador de los grandes textos balzacianos, de La ciudad y los perros, de Conversación en la catedral. Humildemente, presta oídos al cabo, a la muchacha, al hombre anónimo, al chico disfuncional, al hijo resentido, a la puta redimida. Esos seres que, en definitiva por tener derecho a ejercer la libertad, pueden –sin querer queriendo, como diría otro gran personaje latinoamericano– hacer el mal. Pero también pueden recomponerse por el amor y la compasión.

EL REGRESO DE VARGAS LLOSA A SU TIERRA, AREQUIPA, TRAS RECIBIR EL NOBEL EN 2010

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