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Domingo, 23 de febrero de 2014

EL ARTE DE ENSAYAR

La publicación de Poemas no sólo culmina con el proyecto de dar a conocer los borradores inéditos de Juan José Saer sino que abre la posibilidad de ampliar esa zona de su obra que se había limitado a El arte de narrar, su único libro de poesía engrosado en sucesivas ediciones hasta la definitiva de 2000. Con la marca de inicio y despegue en el encuentro con Juan L. Ortiz, el recorrido de Poemas. Borradores inéditos 3 comienza en los ’60, cuando Saer ya define su trabajo literario con una consigna que lograría focalizar años después: la de borrar las fronteras entre narración y poesía.

 Por Daniel Freidemberg

Casualmente o no, “Para cuerdas”, el primer poema que se puede leer en Poemas. Borradores inéditos 3, está dedicado a Juan L. Ortiz. Pertenece a un poemario de once páginas, titulado también Para cuerdas, fechado en 1960 y compuesto por textos dactilografiados y abrochados, como si constituyeran un proyecto de libro, al igual que Continuo, de doce páginas, de 1961: de cada uno de los dos fue extraído un par de poemas que pasarían luego a formar parte de las sucesivas ediciones de El arte de narrar, único libro de poesía que Juan José Saer publicó primero en 1977, luego en 1988 y finalmente en 2000, en cada una de esas oportunidades ampliándolo con breves grupos de poemas, nuevos o rescatados del cuantioso conjunto de papeles que conservaba en su departamento de Montparnasse. Toda la obra específicamente poética de Saer la constituyen esos 98 textos de El arte de narrar, 159 páginas en la edición de Seix Barral de 2000, que contrastan con las 365 del nuevo y tercer volumen que el equipo dirigido por Julio Premat agregó a la colección Borradores, iniciada en 2012 con Papeles de trabajo I y II. Puestas a comparar una y otra publicación, precisamente, queda a la vista que el criterio de selección de Saer, a la hora de publicar, era más que riguroso.

No se puede decir exactamente que estemos, por lo tanto, ante otro libro de poemas de Saer sino ante una compilación de materiales extremadamente diversos, cuyo objetivo, al reunirla en libro, apunta a “otro nivel de lectura”, como señala Sergio Delgado en la Introducción. La mejor manera, probablemente, de abordarla es la que propone el hecho mismo de presentarse como rejunte: la que llevaría a cabo un curioso admirador puesto a hurgar indiscreta y amorosamente en las entretelas de un proyecto sin esperar mucho más que una imagen que complemente a la que le ofrece la obra “reconocida” y quizá permita apreciarla mejor al contrastar con ella. Y de paso, también, de pronto sorprenderse al encontrar algunos poemas que, de no haber sido por la muerte, bien podría Saer haber agregado a El arte de narrar, como “Vivir es llegar hasta donde no se puede seguir”, “Regiones” o “La gran nevada”. Entre los materiales cuya lectura se justifica de por sí, además, pueden seguramente contabilizarse las 44 páginas con traducciones o retraducciones de Ezra Pound, Wallace Stevens, William Carlos Williams, Allen Ginsberg, H.D. Lawrence, poetas chinos clásicos y una gran cantidad de haikus, estos últimos publicados en una revista mexicana.

Vale la pena notar, a propósito, una frase del texto con que Saer presentó esa selección: “Ligado a la percepción clara de un instante de lo exterior, el haiku es el residuo estable de una lucidez momentánea que integra al sujeto en el universo y al universo en el sujeto”. Ahí está en lo básico, podría decirse, la tentativa de Saer. Y la de Juan L. Ortiz también: “Para cuerdas” se pregunta por las palabras capaces de tocar la tierra o abrir el cielo, y constata hasta qué punto lo existente, natural y sin historia, convoca a una “sorprendida mudez”. No hay palabras, por lo tanto, que basten, y no queda más entonces que, en las dos líneas finales, advertir la palpitación de la luz y la degradación del crepúsculo sobre los pinos con frío.

Raymond Carver utilizó casi la misma estructura en más de un poema, y algo que, con todas las evidentes diferencias, emparienta a Saer y a Carver es la voluntad de “leer” el mundo, como si fuera la propia existencia objetiva y en cierto modo prodigiosa de las cosas y los seres lo que desata la necesidad de que algo de eso encuentre algún eco en la escritura. Pero ni en Ortiz ni en Saer la acuciante conciencia de que las palabras no bastan queda instalada como impedimento y, por el contrario, pasa a funcionar como desafío.

En su ya clásico ensayo sobre Juan L. Ortiz, Saer puso de relieve “un deslumbramiento ante la proliferación enigmática de materia que llamamos mundo”, deslumbramiento que no va a costar mucho encontrar en la raíz de muchos de los más productivos tramos de novelas suyas como Nadie nada nunca, Glosa, Las nubes o El limonero real, y a ese respecto no viene mal poner la vista en el doble rostro del adjetivo “enigmático”: por un lado, no se sabe qué es eso que se presenta ante los ojos o los sentidos, no se lo puede precisar e incluso se celebra esa irreductibilidad; y, por el otro, eso que está ahí y que siempre resulta inaferrable para las palabras es, a la vez, muy significativo, tiene algo de promesa y de llamado. Se diría que Saer, en “Para cuerdas”, habla tanto de Ortiz como de sí mismo, y que con ese texto y esa dedicatoria abra su primer intento de armar un libro de poemas se parece mucho a un anuncio. De hecho, en el encuentro con el poeta entrerriano, en 1957, a los veinte años, hay mucho más que el descubrimiento de un poeta y una obra.

“Domingo, 17 de noviembre de 1957” es la fecha que figura, precisamente, al final de los últimos tres poemas que el entonces adolescente Juan José Saer publicó en El Litoral. A modo de “anexo”, este volumen de Poemas incluye 16 de los harto convencionales textos en verso tradicional rimado y medido que desde 1954 había empezado a entregar al diario de su ciudad y de los que no quiso guardar los originales. Se interrumpen precisamente en el año en que está fechado el más antiguo de los poemas rescatados por el equipo de Borradores. Se llama “Mano de flores para tu tristeza de flores...” y la marca de la actitud y el estilo de Ortiz resultan tan flagrantes que casi da lástima, porque el resultado se estanca en una suerte de pasividad contemplativa, una interrogación melancólica y una vaguedad incapaces de coagular en una escritura propia. Porque Saer, y es algo que va a reiterarse en muchos otros de los poemas aquí reunidos, por más que durante bastante tiempo lo haya procurado, no era Ortiz: era Saer.

“Mañana”, fechado en 1981, parece notarlo al rememorar el brillo de un verano, como testimoniando una persistencia, para después, enfrentada a esa revelación, detectar otra: “Lo que cambia,/ lo más oscuro, es decir, el escribiente,/ palpita y duda, otra vez, en la corriente,/ después de unos segundos/ de incierta/ felicidad”. Sensible al deslumbramiento epifánico a la manera de Ortiz, Saer descubre también que es fugaz, precario, y que la falla, el gran abismo negro que lo contrarresta y lo vuelve más apreciable, es la acuciante conciencia de la propia inconsistencia de quien percibe y escribe, el avance de una extrañeza parecida a la evidencia del vacío o de la nada en que al fin y al cabo está sumido todo, de la que irá dando cuenta en algunos poemas y, muy especialmente, en impresionantes tramos de novelas como La pesquisa o Las nubes. Pero para llegar a eso deberá encontrar primero su propia escritura: refiriéndose, en 1986, a su “relación con el trabajo literario”, Saer consideraba que sólo podía hablar propiamente de “trabajo” a partir de 1960 (año en que está fechado “Para cuerdas”), y en otro texto señalaba que “a partir de 1960 mi trabajo literario ha consistido principalmente en tratar de borrar las fronteras entre narración y poesía”.

En la narración parece estar la clave: tanto en los poemas como en las novelas y cuentos, el Saer lanzado a narrar es más preciso y gráfico, menos vago y redundante, y no por nada su único libro de poemas se llama como se llama. Ya se ha escrito mucho sobre el aspecto narrativo de muchos de sus mejores poemas y de lo mucho que tienen de intrínsecamente poéticos muchos momentos de sus novelas y sus cuentos, y quien recorra Poemas podrá advertir que es precisamente cuando elige hablar a través de personajes y situaciones puntuales que Saer consigue encauzar la densidad de experiencia de mundo y la riqueza de los interrogantes en los que antes quedaba empantanado.

Al curioso lector de Poemas cabe avisarle, además, que encontrará una faceta que en el resto de lo escrito por Saer no se da tan nítida: lo político-social. Tres poemas en los que toma partido a favor de los explotados y oprimidos, en contra de los que explícitamente llama, en el poema así titulado, “Los propietarios”. Además, mucho más complejos, hay una suerte de carta en verso a Fidel Castro y dos poemas sobre Eva Perón, presentada como una sucesión de interrogantes que no excluyen la admiración. Aun desparejo, el extenso poema “A la gran muñeca”, de 1971, merece una lectura más que atenta porque la figura de Evita es en él, más que otra cosa, un motivo para poner a trabajar el pensamiento extrañado.

Es la fuerza y singularidad del pensamiento lo que importa, y no por estar en verso ese pensamiento es menos audaz, singular, lúcido y revelador. En su programática falta de respeto hacia los cotos cerrados de los géneros literarios, tampoco el Saer maduro se impidió llevar a cabo una vigorosa reflexión ensayística a través de los poemas, las novelas y los cuentos: no es éste el espacio que permitiría dar cuenta de la magnitud y la proyección de esa tarea, una “asignatura pendiente”, por así decirlo, de la que seguramente se puede esperar mucho.

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