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Domingo, 20 de abril de 2003

RESEñAS

La pura verdad

La dictadura militar (1976/1983)
Del golpe de Estado
a la restauración democrática
Marcos Novaro y Vicente Palermo

Paidós
Buenos Aires, 2003
562 págs.

Por Daniel Mundo
Puestas a explicar la historia, las consignas, del signo político que sean, dificultan la comprensión porque recortan los hechos hasta hacerlos encajar en la propia perspectiva. No menos dañino a la comprensión son los juicios alentados por las conciencias bienpensantes. Aglutinadas bajo ropajes de inocencia, estas conciencias están incapacitadas de discriminar qué sentido tiene aquello que ellas sólo pueden repetir, y que varía según el ritmo de viraje del poder hegemónico. Una buena parte de la historiografía argentina está instalada en estas simplificaciones propias del sentido común del que, obviamente, el mundillo intelectual no es para nada ajeno. Es a este sentido común, chabacano y sutil, indiferente y alarmado, que La dictadura militar, el libro de Novaro y Palermo, cuestiona de un modo frontal.
El objetivo del libro: descubrir verdades de hecho que permitan despejar las interpretaciones ideológicas que distorsionan lo ocurrido durante los negros años del Proceso. Para ello, es imprescindible la imparcialidad. El juicio imparcial permite a los autores sostener que los desaparecidos no eran seres inocentes: “Los desaparecidos habían sido en su inmensa mayoría miembros de organizaciones de izquierda revolucionaria”. Son, sí, víctimas de un Estado que utilizó toda su fuerza para reprimir de un modo ilegal. La militancia del desaparecido no mitiga ni reduce la responsabilidad y culpabilidad de los militares. Por otro lado, cuando se pone en marcha el Proceso, la guerrilla revolucionaria estaba a punto de colapsar. El terrorismo de Estado orquestado por las FF.AA. comienza entonces cuando las facciones revolucionarias se habían reducido a un número insignificante.
De este modo, el proyecto refundacional del Proceso no se propuso desarmar una guerrilla moribunda, sino aniquilar lo que los militares (y aquellas organizaciones económicas y sociales representadas por ellos) consideraban las bases populistas del Estado, la intensa participación popular en la vida política, y el poder sindical. Había que fundar una Nueva Argentina. Sin caer en ningún determinismo histórico (emparentando, por ejemplo, el neoliberalismo de Martínez de Hoz con las políticas de las décadas posteriores –aunque el uso del concepto “neoliberalismo” es legible como un guiño en esa dirección–, el libro muestra las tensiones y connivencias entre las distintas facciones militares, y entre los militares y las agrupaciones civiles y religiosas, que puntúan el denso trabajo de desbrozamiento que realizó el Proceso.
Llama la atención la dificultad que dominó a la sociedad civil a la hora comprender lo que estaba viviendo. Durante los años más duros de la dictadura, pero no sólo en ellos, lo que sobresalió no fueron las voces que se oponían a las acciones represivas de las FF.AA. Las “fuerzas vivas” del país aceptaban como necesarias las escalofriantes medidas que se iban implementado, o las negaban. Hasta el final (y en esto los documentos de la Multipartidaria y de la Iglesia, para no decir los periódicos de difusión masiva, son espeluznantemente reveladores), lo que se buscaba era una salida institucional que impidiera revisar lo actuado en la “guerra sucia”. Pocos lograron ver que precisamente en la necesidad de revisión residía el secreto del poder de la República que advenía. Fueron las agrupaciones de derechos humanos las que se enfrentaron decididamente al poder militar. Aunque su acción fue fundamental, no puede afirmarse que hayan sido ellas las que lo derrocaron. El derrumbe provino de la ineptitud e ignorancia de los propios militares.
Como siempre que no se acepta la voz disidente, los militares no supieron escuchar la estupidez de lo que emprendían, ni ver lo irrevocable de sus actos. Así, fueron ellos los causantes de su derrota. Algunos políticos sacaron provecho de ella, porque la vieron antes de que fuera una ruina, pero lo que parecen querer decirnos Novaro y Palermo es que nadie, o en todo caso muy pocos pueden sentirse vencedores de esa derrota. Hay una comodidad potente cuando no se quiere saber qué se hizo, cómo se actuó, en aquellas situaciones-límite dolorosas de recordar. Los totalitarismos difuminan al tiempo que asientan un hábito cómodo y complaciente que protege de estas situaciones, y sirve de imaginario refugio contra la tormenta de la reflexión. Y es el terror la mejor herramienta pedagógica para impedir que esa tormenta se desate.

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