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Domingo, 6 de noviembre de 2016

Dublín al sur

La biografía de José Salas Subirat escrita por Lucas Petersen es la primera inmersión total en el enigma de cómo un vendedor de seguros, autodidacta y escritor de novelas se convirtió en el primer traductor al castellano del Ulises de James Joyce, quizá la novela más compleja de todos los tiempos.

 Por Andrés Tejada Gómez

Michel Holroyd advierte en Cómo se escribe una vida, que “los biógrafos, por su parte, a veces están tentados a creer que la única historia verdadera se encuentra en sus escritos. Porque, en la familia de la literatura, la biografía parece ser el producto de un extraño acoplamiento entre la anticuada historia y la novela tradicional; aunque muchos sospechan que el verdadero padre fue el periodismo”. Puede ser, ya que la dimensión de su propuesta otea esferas narrativas. No hay novedad en afirmar que la biografía es un género desdeñado, a pesar de que respira una tímida dosis de renovación. Un precinto de protocolos sostienen el esquema conservador de su proyecto: exponer al lector la vida de un sujeto relevante. Esta modalidad literaria cuenta con una antigua tradición, que a lo largo de la historia ha ido topándose con encrucijadas, caminos, senderos y vueltas en falso; como la vida misma. Pero la biografía, en el sentido moderno, surge con la obra de J. Boswell: Vida de Samuel Johnson (1791). Empero, será en el siglo XX, cuando gracias a las crecientes posibilidades de acceso a fuentes, memorias, diarios conservados en archivos públicos y privados, se desarrolle una más amplia y rigurosa producción biográfica. El traductor del Ulises de Lucas Petersen se inmiscuye en la serie.

¿Cómo habrá sido la existencia del argentino que se obstinó en traducir una de las obras ineludibles del siglo XX? ¿Cuál fue el impulso que lo embrujó y con qué clase de herramientas realizó su trabajo? El mismo Borges optó por mantenerse al margen. Su mayor logro consistió en entretenerse con el monólogo de Molly Bloom y luego, más tarde, reseñar la traducción del Ulises de Salas Subirat, apelando a ese singular vicio de elogiar a partir de la ironía. La astucia crítica de Borges se afirma en ir señalando los puntos endebles de la traducción, que paradójicamente, no son índice de desastre sino campo de potencia. La osadía de Subirat al ejecutar la primera traducción al castellano del Ulises, asumiendo tono humilde ante la proeza, terminó botándolo en el ostracismo. Por eso saludamos la publicación de un estudio biográfico bien intencionado que irá disipando las efímeras menciones que hasta el presente no transgredían los atisbos de escuetos ensayos: Wilcock, Saer, Gamerro y Jinkis.

La biografía de Lucas Petersen sobre Subirat intenta saldar una deuda arcaica. Su ejecución final, labrada con nobleza, apenas si se topa con nimias falencias. Por eso celebramos advertir que su trabajo destila un vital esfuerzo en la exigente exposición de datos, fechas, cartografías sentimentales, genealogías familiares, análisis de textos y semblanza de un autor “raro”, o periférico pero sin el agregado de pintorescas hipérboles. La biografía sobre Subirat, además de necesaria y pertinente, es signo del esfuerzo por parte de su autor por respetar las normas del género sin extraviarse en tribulaciones innecesarias o especulaciones indemostrables. Los periplos existenciales son descriptos con dispar elegancia pero ese escollo es redimido por un maduro respeto por la figura de Subirat, entregándonos una figura atrapante pero que había sido escurridiza. Petersen se atreve a sacudir al lector con un puzzle biográfico donde su mérito reluce por la seriedad de su pasión al recuperar no solo a un individuo, sino a su vez incorporarlo en su contexto histórico-social.

Salas Subirat nació en 1900 y falleció en 1975. Sus padres y abuelos eran catalanes. Sabemos que trabajó tempranamente, que se forjó como autodidacta, que finalizó sus estudios primarios a los 23 años y que el aprendizaje de lenguas le resultó ameno. En 1920 conoció a Íside Cima, quien sería su devota compañera. Trabajó en una compañía de seguros. Gran parte de su vida lo desveló la intención de convertir el conocimiento en dinero.

La carrera literaria de Salas Subirat, antes de embarcarse en su titánica traducción, oscila entre de novelas: La ruta del miraje y Pasos en la sombra. También se dejó tentar por el ensayo: Marinetti, un ensayo para los fósiles del futurismo y A cien años de Beethoven, entre otros. Las cuestiones de orden político-social no le fueron ajenas. Su inalterable apuesta por un socialismo humanista lo mantuvo en tensión con las proclamas de cuño belicoso. Llegó a codearse con el grupo Boedo pero desde una posición tangencial. Esbozó reseñas de música y luego de textos literarios como Don Segundo Sombra, de Güiraldes y El amor agresivo de Mariani. No se puede desconocer el peso específico de ambas obras, ni desdeñar los vértices estético-políticos que las enfrentan. Su reflexión crítica es consciente de estar interpelando el umbral de su tiempo. Así vamos descubriendo en la lectura esa epopeya que significó la traducción del Ulises. Sabemos que un texto sobrevive y se enriquece porque es traducido.

La traducción se impone como metáfora del tándem leer/escribir. Así corroboramos que su horizonte recala en la construcción de sentido. En esta proyección intelectual se ponen en juego cuestiones de identidad y representación.

Desde el siglo XIX abundan en nuestra tradición posiciones al respecto, donde podríamos mencionar al Salón Literario de 1837 y el epígrafe del Facundo, como grado cero de la traducción vernácula. El vínculo respira con énfasis durante el siglo XX si aludimos a la impronta del decenio 1920/30, ola política cosmopolita de Sur, para luego establecer nexos con Ferdydurke.

La traducción interviene como hecho principal ante la cercanía de la espectral realidad de la lengua ajena. La irreverencia y el carácter vehementemente lúdico de hundirnos en la turbia sentencia de considerar las artimañas y artilugios de la traducción como un sendero de traspiés, o errores productivos ha sido referido con provocativa lucidez. La lectura es reinvención perpetua aunque sepamos que todas las lecturas son lecturas erradas. Subirat supo hacer de sus falencias un artefacto literario de inesperada trascendencia. Todavía estamos presos en la disidencia crítica que tuvo como efecto la primera traducción de un texto que reclama un lector insomne. Las noches de Subirat han sido intensas.

El traductor del Ulises Lucas Petersen
Sudamericana
398 páginas

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