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Domingo, 2 de noviembre de 2003

La semiótica más maravillosa

La reedición de Perón o muerte de Eliseo Verón y Silvia Sigal y su presentación terminaron por convertirse en un estimulante acontecimiento: los propios autores revisaron algunas tesis polémicas del libro, mientras Tulio Halperín Donghi y Carlos Altamirano resaltaron riesgos y bondades de meterse con el General, aunque su vozarrón ya no haga tronar el escarmiento.

Por Martín De Ambrosio

Dado el cariz definitivamente peronista (es decir, polivalente, contradictorio, ambidiestro) que está tomando el país, no es mala idea volver a un texto ya clásico (o al menos saludado como tal) de Eliseo Verón y Silvia Sigal en cuanto a la interpretación discursiva del fenómeno que constituyó por acción, reacción (y reacción a la reacción), ese conjunto complejo que es la Argentina en los últimos 60 años. Perón o muerte. (Los fundamentos discursivos del fenómeno peronista) puede tomarse como un ejemplo de la aplicación de la celebérrima Teoría de los Discursos Sociales (tan frecuentada en las carreras de comunicación) del mismo Verón, o más bien leerse sin tantos pruritos teóricos como un estudio histórico del discurso peronista, dividido en tres partes: 1) la fundación del discurso peronista en el decenio que gobernó (1945/1955); 2) la constitución del discurso del general en el exilio y 3) los conflictos en torno de las decisiones que tomó Perón a su vuelta en 1973, cuando se convierte en lopezreguista.
Casi inevitablemente, si se prefiere el segundo modo de encarar la lectura, algunas cosas pueden llamar la atención, inclusive sonar raras. Por ejemplo, la manera en que se evita todo análisis material (cuando la materialidad es no-textual) de la historia, lo que hace que la oposición peronista-antiperonista de los 40 y los 50 deje de lado aquellos actos clasistas (por cierto, no menores: expropiaciones, redistribución de la renta, etc.) que no tengan contrapartida textual o discursiva fundante. Pero las cosas se ponen aún más polémicas cuando, promediando el libro, Verón y Sigal afirman que “inaugurada por la introducción de la muerte como instrumento político, con el asesinato de Vandor, y luego el de Aramburu en 1970 (...) esta segunda historia es la que culmina en una represión sin precedentes en la Argentina”. Curioso modo de salir del plano discursivo, gambeteando referencias a la represión de la resistencia peronista en el período post 1955, entre ellos el salvaje castigo al levantamiento del general Juan José Valle (asesinaron a todos) o los fusilados en los basurales de José León Suárez (a casi todos), como si los Montoneros hubieran inaugurado la violencia política en la Argentina. Semejante ¿desliz? histórico tal vez no alcance a impugnar todo el análisis. Estos aspectos del debate, entre otros, fueron tratados durante la presentación del libro.
Con motivo del lanzamiento de la reedición de Perón o muerte la editorial Eudeba organizó en la librería Gandhi una mesa redonda sobre “Los derroteros del discurso peronista en la actualidad”, en la que participaron Tulio Halperín Donghi, Carlos Altamirano, Emilio de Ipola y Marita Soto, además de los autores. Y, si bien suele decirse –con tino– que las presentaciones son de las cosas más aburridas del mundo editorial, ésta tal vez sea una de las escasas excepciones a esa regla. Buena parte de la “culpa” de no aburrir la velada la tiene la osada invitación que se le hizo al decano de los historiadores argentinos Tulio Halperín Donghi, quien ya en el momento de la primera edición, en 1986, se había referido de modo especialmente crítico al libro en un artículo luego compilado en Ensayos de historiografía.
Carlos Altamirano, que fue el encargado de la primera intervención, contó qué impresión le había causado el libro en la década del 80, e hizo referencia a la nota bibliográfica que en su momento había escrito para Punto de Vista (revista que cofundó en 1978 y en la que aún trabaja). Altamirano dejó claro que no es necesario conocer los meandros de la semiología (o ser un devoto de semejante marco teórico) ya que “igualmente se puede disfrutar de los análisis que han hecho los autores; análisis que permiten ver cosas que antes de esa intervención no eran perceptibles”. Según Altamirano, éste fue uno de los primeros libros que se planteó la discusión de cómo algunos actores políticos, y específicamente el general Perón, legitiman la empresa política en la que toma parte y con la que se identifica. “El libro de Silvia y Eliseo tiene una perspectiva teórica bien fuerte y reconocible, con una tesis clara que podría enunciarse así:las claves discursivas del fenómeno peronista no hay que buscarlas en los enunciados variados y aun contradictorios de ese discurso sino en el dispositivo que reguló los enunciados a lo largo de varias décadas y que hizo de Perón su enunciador eminente del verbo peronista”, concluyó Altamirano.
Después vino la intervención de Halperín Donghi. El historiador comenzó elogiando el “masoquismo” que habrían ejercido los autores al acceder a invitarlo, aun sabiendo el tenor de sus opiniones. Pero Halperín le restó importancia a aquella reseña crítica. “Después de todo, lo mío había sido una típica reacción de historiador frente a quienes desde otra perspectiva hacen lo que deberíamos hacer nosotros. Después de usar abundantemente de lo que hicieron los semiólogos, les reprochamos que no hagan obras de historia.” Sin embargo, lejos estuvo Halperin de arriar las banderas. Uno de los puntos que el historiador aún les objeta a los semiólogos es la afirmación de que Perón, por no ser totalitario, se abstuvo de definirse por uno de los dos bandos en pugna de la interna peronista (la burocracia sindical o la juventud peronista), hacia comienzos de la década del 70.
“Me parece que, simplemente, la explicación está equivocada. Es un momento patético cuando dicen que la negativa de Perón a decidir por uno u otro de los bandos hizo que la muerte de Perón decidiera. Creo que no corresponde a lo que sucedió en la realidad: no hubo ninguna negativa de Perón a decidir, lo que ocurre es que aquellos contra los que decidió simplemente estaban decididos a ignorarlo”.
Halperin tuvo también tiempo para quejarse del autodeclarado cientificismo de los autores. “Ellos son hombres de ciencia, y por lo tanto miran al objeto desde arriba. El objeto no puede hablar, para eso es objeto. Y, me da la impresión que su selección de algunos poemas montoneros me recuerda al deleite con que ciertos entomólogos toman a una cucaracha particularmente repulsiva, la atraviesan con un alfiler, la ponen bajo un vidrio y la exhiben.”
A su turno, el sociólogo Emilio de Ipola arriesgó cierta hipótesis según la cual “ser peronista para amplios sectores populares es ante-predicativo, anterior a todo discurso, pre-ideológico”. En ese sentido habló de un “pacto tácito” por el cual las clases populares aceptaron el liderazgo de Perón y en contrapartida recibieron un reconocimiento y “se transformaron en ciudadanos, es decir, seres humanos dotados de identidad pública y colectiva y de dignidad social. Eso caló tan hondo que lo llevó al actual gobernador cordobés José Manuel de la Sota a afirmar que el peronismo es la ideología natural de los argentinos. Durante mucho tiempo esa afirmación fascista me provocó irritación porque yo, como buena parte de mi generación, pensaba que el socialismo era esa ideología natural. Pero, curiosamente, teníamos que intervenir para que la naturaleza se impusiera por sobre la contaminación de los populismos y los fascismos. Por eso creo que finalmente hay algo de cierto en la formulación de De la Sota”.

LA SANGRE DERRAMADA
En sendos (y breves) diálogos con Radarlibros, los autores contaron qué continuidades y qué rupturas veían en el discurso actual del peronismo en el poder, cómo afectan la lectura del libro los 17 años que pasaron desde su primera edición, y finalmente cómo sigue aún latiendo el peronismo, en tanto “eterno presente argentino”, según palabras de Halperín Donghi. Para Silvia Sigal, una de las cualidades históricas del peronismo que continúa en el presente tiene que ver con la ausencia de contenido ideológico. “Si algo quedó es esa falta de límites precisos en la ideología peronista. El peronismo puede abordarse por todos lados y hoy nadie puede decir quién es un verdadero peronista y quién no, porque ése era un atributo de Perón. Cuando Menem se decía peronista, no mentía, como tampoco mienten quienes se manifiestan peronistas hoy, y son tan distintos. En ese sentido hay unacontinuidad. Cuando la Juventud Peronista quiso insertar contenidos ideológicos se encontró con una imposibilidad.”
En cuanto a las rupturas, ambos escritores están de acuerdo en que la muerte de Perón –enunciador privilegiado con la potestad de definir a los integrantes del par peronistas-antiperonistas– es un vacío que nadie ha podido llenar.
Una de las discusiones alrededor de libro tiene que ver con la afirmación de que Perón no se decidió a su regreso al país por uno de los sectores internos en conflicto.
Verón: –Perón nunca excluyó a ningún sector del movimiento. En ocasiones sí lo hizo con algunas personas, pero eran individuos, en todo caso, y siempre había algún resquicio para el retorno. Desde ese punto de vista, el razonamiento me parece correcto. A los de la JP llegó a tratarlos como “chicos indisciplinados” pero igual los recibió. Era siempre esa cosa ambigua.
Sigal: –Además, la manera en que los echó de la Plaza está caracterizada por palabras sin contenido político-ideológico: “esos estúpidos”, “estúpidos que gritan” e “imberbes”; no los acusó de trotskistas que era como los llamaban los sindicalistas. Y es en ese sentido que nos referimos a una “trampa” en la que cayó la Juventud. Como vanguardia se había constituido como portavoz privilegiado de cierta verdad, pero a la vez seguía subordinada a la verdad que emanaba de Perón.
En un momento del libro se dice que la violencia política en la Argentina comenzó con los asesinatos de Vandor y Aramburu.
Verón: –Si bien la violencia apareció en los albores de la patria, la novedad del asesinato de Vandor tiene que ver con el uso de la violencia como instrumento dentro del peronismo. El peronismo no estaba caracterizado por eso; en su época clásica no era un movimiento con violencia mortífera. Lo de Vandor tuvo un sentido inaugural. Esa aparición, en los 60, tuvo más que ver con la guerrilla revolucionaria, que era ajena al peronismo, venía por el lado marxista de la guerrilla latinoamericana. La guerrilla era muy extraña al peronismo, que nunca fue un movimiento de violencia institucionalizada, el que luego se consagra con la Triple A. Hay algo que se puede decir con certeza y es que Perón nunca fue un tirano sanguinario.

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