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Domingo, 5 de enero de 2003

EN EL QUIOSCO › RESEñA

Michel Houellebecq: Plataforma

trad. Encarna Castejón
Buenos Aires, 2002
Anagrama
360 págs.

Por Jonathan Rovner

¿Es posible que, en su punto más elevado, la experiencia humana no tenga nada que ver con el arte o la filosofía, sino que, por el contrario, se regocije entre los asépticos dispositivos del turismo sexual? ¿Es posible que, en última instancia, la globalización no sea mucho más que un medio por el cual los turistas “senior” alemanes pueden acceder a los cuerpos de las jóvenes prostitutas de América, Asia y Africa? Para una mentalidad burguesa y europea, como la de Michel Renaultt, el personaje narrador de Plataforma, la respuesta es inequívoca: sí, por supuesto.
La nueva novela de Houellebecq traza una cartografía del presente occidental, siguiendo prolijamente los posibles recorridos de la oferta, el consumo y todo aquello de lo que esta hecho el maravilloso mundo de la mercancía. Plataforma es, en principio, un artefacto narrativo que descubre, en el corazón del equilibrio europeo, una desesperación y un hastío moral cuya evidencia más notoria es el ejercicio de la prostitución infantil en el tercer mundo, al servicio de los occidentales más adinerados, que cada año, en mayor número, optan por ese tipo de excursiones.
¿Y cómo es posible entonces, se habrán preguntado algunos candorosos fanáticos de Las partículas elementales, que apenas dos años después de haber escrito esa obra maestra, Michel Houellebecq nos esté arrojando impunemente esta bofetada? Para el lector atento, esta última pregunta no es en absoluto necesaria. Ambas novelas sostienen y se dejan sostener por un mismo dispositivo de autoridad, a saber: el conocimiento.
La fría omnisapiencia que discurre con despiadada precisión y sin la menor dificultad para describir o explicar, con cuatro palabras, lo que sea que se le cruce por el camino, en Plataforma encarna en una vida humana; la de un hombre de cuarenta años, empleado administrativo en el Ministerio de Cultura, con una vida totalmente regular y predecible, que decide hacer una excursión a Tailandia. Pero claro, además Michel Renaultt es un hombre que, excepcionalmente, ha logrado esbozar algunas conclusiones acerca de su propia condición y la del mundo que lo rodea. Conclusiones generales aplicables a todo Occidente, mediante las que intenta explicarse pequeñas secuencias de su propia vida. Frases como “Los grupos humanos compuestos de un mínimo de tres personas tienen una tendencia aparentemente espontánea a dividirse en dos subgrupos hostiles”, que sirven para describir el comportamiento de sus compañeros de viaje, o “La voluntad de poder existe, y se manifiesta en forma de historia; en sí misma es radicalmente improductiva”, para dar cuenta del esplendor en ruinas que puebla los paisajes de Ayutthaya. Así, el argumento pierde importancia. A medida que leemos, no queremos tanto saber qué va a ocurrir después, como qué es lo que el narrador va a pensar al respecto.
Autor y personaje, a la manera de un Buda maldito, transitan y analizan la condición humana desde una compasión infinita, tan escéptica y desafectada, que termina por parecerse a su contraparte más cínica ymiserable, la misantropía. Pero no lo es. El epígrafe de Balzac con que abre la novela se encarga de aclararlo: “Cuanto más infame es su vida, más la valora el hombre; y entonces es una protesta, una venganza de todos los instantes”.
Podría decirse que con Plataforma queda bien definido el modelo Houellebecq. Consiste en generar una amalgama que equilibra distintas porciones de literatura, periodismo, divulgación científica, promoción comercial y filosofía. No obstante, la habilidad más destacable del condenado Houllebecq sigue siendo la misma: la de encontrar y exponer –reponer– en su versión más simple y directa –la más escandalosa– el modelo causal subyacente a contingencias tan aparentemente fortuitas como son la vida, el amor y el capitalismo.

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