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Domingo, 26 de agosto de 2007

EN FOCO

Cosas de mandinga

La aparición de un diccionario de africanismos del castellano rioplatense tiene,además de su valor intrínseco, una curiosa historia detrás. La de muchos vocablos (como cumbia, changüí o ganga) y también la de un legado que pasó de tío a sobrina: de Néstor Ortiz Oderigo a Alicia Dujovne Ortiz.

 Por Juan Pablo Bertazza

Diccionario de africanismos
Néstor Ortiz Oderigo
Eduntref
222 páginas.

“Yo heredé el departamentito de él en Palermo. Y cuando llegué, me encontré con cajas llenas de manuscritos. Lo extraordinario es que todo estaba perfectamente pasado a máquina, como si hubiera sabido que yo, su sobrina, la que le daba pelota, me iba a ocupar de eso." La voz, desde el otro lado del teléfono, es de la escritora Alicia Dujovne Ortiz. Lo que cuenta es una revelación: su encuentro casi literario con el material que su tío Néstor Ortiz Oderigo –un africanista experto– había dejado sin publicar, un poco por mal carácter y otro poco por obligarse a un ostracismo total durante la década del 70.

El experto africanista Nestor Ortiz Oderigo en su estudio.

Y si hay gente que se adelanta a su época sin saberlo, también están los que son absolutamente conscientes de que su producción necesitará que corra mucha agua bajo el puente para poder ser leída y mínimamente apreciada. Tal parece ser el caso de este respetado antropólogo y periodista que de chico se vio fascinado por el jazz de New Orleans y que moriría a los 80 y pico, sin todo el reconocimiento merecido pero con el gustito a victoria de saber que en el fondo se salía con la suya, dejando en manos de su sobrina los inéditos que ella donó a la Universidad Tres de Febrero para finalmente darlos a conocer.

El primero de esta colección es, en verdad, el plato fuerte: el Diccionario de africanismos en el castellano del Río de la Plata. De la A a la Z, del Congo a Buenos Aires, de abombado a zumbón, acá están las 683 palabras del español rioplatense influidas por la cultura africana que Ortiz Oderigo se atrevió a ver, antes de que nadie se animara a preguntar. Y si bien hay entradas que resultan sumamente atractivas, como cumbia (que viene del yoruba y significa "armar escándalo" pero también "hechicero o mago adivino"), marica (del cafre marika, que significa "ave", "urraca") o changüí (cuando a un bailarín le secundan típicos instrumentos musicales), uno de los puntos de mayor interés de este libro es un tono polémico que aún hoy pondría los pelos de punta a más de un miembro de su santidad, la Real Academia Española. Es que, además de sorprender –y mucho–, encontrando filiaciones africanas en palabras que usamos a diario, Ortiz Oderigo sale a punta de lanza a defender sus argumentos. Así, por ejemplo, se refiere a la palabra cucaracha: "De acuerdo con la Real Academia esta palabra procede de cuco, insecto, pero bien podría provenir de kokoroche, verbo del idioma mandinga". Algo parecido dice Ortiz Oderigo sobre la palabra mucama: "En contraposición de lo que asevera Augusto Malaret en su Diccionario de americanismos se trata de un término africano derivado del kimbundu mukama". Sin embargo, de todos los hallazgos, la palabra que seguramente contiene mayor polémica es la que define uno de los pilares de nuestra cultura: el tango ("una corrupción del nombre Shangó o Changó, dios del trueno y las tempestades y numen de la música") y, al respecto, Ortiz Oderigo no se apiada de los que buscaron teorías simplistas: "A nadie pueden satisfacer las precarias y nada convincentes explicaciones que ofrece Vicente Rossi, haciéndolo derivar de la onomatopeya del sonido del tamborcon de los afrorrioplatenses".

Más allá de que algunas de las palabras estén sujetas a discusión, la pregunta resulta inevitable: ¿cómo nadie había decidido antes publicar esta obra tan valiosa? La voz de su sobrina, Alicia Dujovne Ortiz, acaso tenga la única respuesta: "Este país se forjó sobre la negación de dos pueblos, el originario y el que llegó acá y creó la música entera de América latina. Se ve que no podemos digerirlo, nosotros somos los blancos que descendimos del barco, lo que hacía mi tío no tuvo tanta repercusión porque la Argentina negó siempre toda relación con la cultura africana".

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