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Domingo, 20 de enero de 2008

La novela recuperada

Una entrevista a Julio Ortega, encargado de la edición de Lagartija sin cola.

El hecho de su reciente descubrimiento, su publicación póstuma rodean a Lagartija sin cola de cierto misterio. ¿El olvido de José Donoso indica una valoración negativa? ¿Qué lugar ocupa esta novela en el conjunto de la obra?

—Digamos, primero, que todo gran escritor es sobrevivido por sus inéditos. Hay que desconfiar, digo yo, de los narradores que lo tienen todo publicado y compiten con ellos mismos en fatigar las prensas. Pero la prueba de fuego no es la valoración misma de esos inéditos sino la trama delicada que no acaba de resolverlos. Yo he tenido la suerte de aventurarme en los manuscritos de Vallejo, de Borges, de Cortázar, pero el encuentro de este texto de Donoso es más intrigante. En todo crítico hay un personaje de Henry James, alguien que vive la novela de un manuscrito como un misterio. El hecho es que no sabemos por qué Donoso abandonó esta novela. Y su lugar en la obra es extraño, casi una fábula póstuma sobre la precariedad del artista en una época en que el escritor se ha convertido en un productor de residuos, en un agente residual.

¿Cree que el momento en que la estaba escribiendo, el golpe de Pinochet pudieron incidir en el abandono de la novela?

—Pilar Donoso, su hija, así lo entiende y yo le creo. Pero caben otras explicaciones, y en este momento creo en varias porque dudo haya una sola. He pensado que los personajes provienen, tal vez, del entorno de amigos y que Pepe sintió que esta vez se metía demasiado con la vida de los otros. Lo hizo algunas veces, y le costó mucho. Enrique Planas, narrador peruano, me ha convencido de que la trama homosexual, que no está desarrollada aunque es un motivo explícito, puede haber sido otra causa. Y tiene razón. También es una novela emotiva, cuyo crecimiento narrativo va en contra de su decrecimiento interno, ya que se trata de una renuncia.

¿En qué soporte se encontraba el manuscrito? ¿En qué consistió su edición de la obra? En la noticia preliminar usted dice que hizo “una leve revisión”.

—Donoso la escribió a máquina y sólo revisó a fondo el primer capítulo, que luego pasó a tercero. Corrigió levemente unas páginas, tachó un falso comienzo y dejó todo lo demás en su primera redacción, en borrador. Por eso digo que es una novela casi acabada, y ésta su edición “recuperada”. Mi revisión fue más bien leve porque se limitó a revisar la prosodia, que fluía asociativamente, sin mayor control; salvé algunas inconsistencias y repeticiones; uniformé algunos nombres; traté de descifrar algunos términos de su escritura a mano; pasé un episodio de infancia al final, como epílogo; y poca cosa más. Fue una operación fascinante porque tuve que meterme en la escritura, no como si fuera mía, que eso hubiese sido fácil, pero tampoco como si fuese de Donoso, que hubiese sido abusivo; sino del libro mismo, cuidando de no darlo por concluido, dejándolo en ese estado de fluidez, sin comienzo ni final.

¿Las ideas de Armando Muñoz-Roa respecto de la sujeción de la producción artística a las exigencias del mercado son también ideas del propio Donoso?

—Pepe siempre tuvo una relación muy ambigua con el éxito y más bien problemática con el mercado. Una vez, Vargas Llosa y Pepe firmaban libros en un almacén, y contaba éste que en la fila de Mario había cien personas y en la suya cuatro... “Y se me caían las lágrimas”, decía él. Nos reíamos mucho con sus historias pero es cierto que cultivaba esa ligera marginación como un signo propio. Estaba en el centro de la fiesta aunque la fiesta no era suya.

Al leer la novela me sorprendió una alusión al pasar a la guerra de Vietnam. Es casi el único dato que ancla al texto en su momento de escritura. Por lo demás, aquello que discute respecto del arte sometido al mercado, la necesidad de un lugar donde “haya tradición y belleza” parece de rigurosa actualidad.

—Lo histórico y contextual es el comienzo de la venta de España al turismo. La idea de que el pueblo catalán quiere que sus casas medievales se conviertan en una suerte de resort town para atraer al turismo es profética. Hoy cierta novela española ha convertido incluso su propia historia nacional en parque temático. Y no otra cosa hemos hecho en América latina con la violencia, la neopicaresca urbana y la patología cotidiana. Son productos de exportación, como el sentimentalismo primitivista de nuestro cine. Acabo de estar en Barcelona y es obvio que la ciudad colapsa ante las hordas de turistas baratos que la consumen como una plaga de langostas. Por eso digo que hoy la novela contribuye con el calentamiento global.

En la noticia preliminar usted apunta que “ese abandono del desvalor de un arte (...) quizás hacía inevitablemente irresuelto el proyecto de la novela”. ¿Quiere decir que Donoso pudo abandonar la novela por una dificultad inherente a su misma concepción?

—Sí, porque la novela es sobre un pintor que en un instante de lucidez entiende que no puede seguir produciendo para un mercado que dictamina su obra, su éxito o fracaso. Decide retirarse en un pueblo perdido y no pintar más. Ese gesto romántico es sin embargo polémico porque cuestiona al sistema. Pero su rebeldía no es ejemplar, es tarde también para eso. Donoso se decide por la fabulación paranoica del artista sin lugar en este mundo. Quizá la novela es inacabable por eso, no tendría sentido como un best-seller entre novelas premiadas. Es, digamos, la única novela impremiable.

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