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Sábado, 5 de agosto de 2006

OPINION

La peste de las torres

 Por Sergio Kiernan

Los vecinos de Buenos Aires están empezando a salir a la calle para frenar las torres en sus barrios. Hacen bien, porque ese tipo de edificio está totalmente fuera de la escala urbana que es nuestra característica más notable. Son una necrosis.

La ciudad porteña, se ha dicho hasta el cansancio, es ecléctica y despareja, y esto se debe en parte a que es una ciudad básicamente construida en cincuenta años, y en parte por la regular estupidez de sus políticas urbanas.

Hubo un momento, a fines del siglo XIX, que este país se encontró rico, y su capital riquísima. Así fue barrida la aldea colonial, arrabal pobre que miraba con envidia hasta a Córdoba, por no hablar de Lima. En venganza, se alzó en pocas décadas una ciudad europeizada, un catálogo de diseños que incluía de todo, menos lo español. Hubo que esperar bastante para que la moda cambiara e hiciera posible los españolismos de un Noel, que no pasaron de un número reducido de obras.

Esta ciudad que surgió del adobe colonial cometió errores abismales, como la ley de medianeras, y nunca se zonificó de un modo coherente, con lo que no sólo quedó una mezcla de estilos que le dio su encanto, mal que les pese a los puristas, sino que también quedó una ciudad “odontológica”, con dientes largos y cortos, y varias caries por manzana. Raro es el rincón de Buenos Aires que no presenta este aspecto de serrucho. Pero al menos mantuvo una altura pareja en sus picos, con muy raros rascacielos. El serrucho se agravó a partir de la pasión por el edificio de altura, el departamento. Estas estructuras se bancaban cuando por lo menos trataban de no ignorar su entorno. Surgían, claro, como postes sobre las manzanas bajas, pero tenían decoraciones similares, mansardas, balcones de reja ornada, piel de cementos duros.

Fue el estilo moderno el que se pasó por las partes al entorno. Nacido de libros y teorías, indiferente a todo lo anterior, moderno como un punk en sus ganas de molestar y mostrar su superioridad, el estilo moderno se dedicó a romper el entorno, entre otras cosas que rompió. Fue una explosión, pero no por cuestiones intelectuales: Alejandro Bustillo dijo hace bastante más de medio siglo que el modernismo se iba a imponer porque es más barato y más simple, con lo que el empresario ahorra dinero y el profesional más mediocre puede ejercer.

Cuando se le dice esto a un arquitecto, la reacción típica es que con furia señalen alguna “obra maestra” del modernismo, como el Teatro San Martín (que, de paso, es la única obra de Alvarez que señalan: curioso destino el de ser arquitecto de una sola obra para alguien que construyó tanto). Lo que no señalan los arquitectos es el edificio de enfrente, el de la esquina, el que consiste en su estructura de hormigón tapiada de ladrillo hueco, con rejas y ventanas de lo más baratas y un hallcito de entrada como para dejar lugar para el local. Es una mala fe notable: señalar la excepción como la norma e ignorar que la norma es una rascada.

Y ahora las torres, que son lo mismo a escala monumental, inmensa. Que una constructora quiera hacerlas es fácilmente entendible. Que profesionales que llevan décadas formados sin la más mínima inserción cultural en nada que no sean las teorías modernas los quieran construir, también. Lo que no se entiende es por qué fueron autorizadas por la Legislatura porteña, que prácticamente dio un piedra libre para que la ciudad se llene de ellas. A menos que el plan de nuestra clase política sea nomás volver a la ideología de las dictaduras militares, que pensaban duplicar la población de la ciudad, de sus tres millones de siempre a seis millones, pero esto no es muy sostenible: la mayoría de los legisladores no tienen la menor idea de qué hacer con la ciudad, urbanísticamente hablando. O sea que la explicación más simple es un buen lobby de las constructoras, más alguna corrupción bien aplicada, y el habitual discurso que iguala modernidad con novedades.

Además de tonta y mal pensada, la autorización a las torres es suicida. Si Buenos Aires pasa a tener zonas con la densidad de población de Manhattan, va a terminar como San Pablo. La ciudad norteamericana nunca paró de gastar en infraestructura –desagües, cloacas, cableados– y tiene un subte de cuatro vías, lo que permite en horas pico hacer correr trenes expreso que cruzan la ciudad rápidamente. El subte porteño, claro, es francamente baratieri: dos vías y a cobrar. Cualquiera que viaje desde Belgrano al centro en hora pico sabe qué pasa con un tren así. Y ya que hablamos de Belgrano, un buen test para ver cómo es una ciudad tan densa es ir a ese barrio en auto y tratar de encontrar un lugar para estacionar.

Todo esto, claro, se puede solucionar sin caer en los extremos paulistas, una urbe que en algunos horarios es inhabitable. Basta invertir algunos cientos de millones de dólares para rehacer a nuevo la infraestructura y los subtes, construir unas buenas autopistas urbanas y cavar estacionamientos subterráneos. ¿Vale la pena? Estaremos endeudados para poder movernos mejor entre las megatorres que unos pocos nos impusieron para hacer fortuna.

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