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Sábado, 27 de septiembre de 2008

La segunda muestra de coleccionismo

Por segunda vez, el Museo Nacional de Arte Decorativo se abre a las colecciones y coleccionistas. La primera Coleccionables y Coleccionistas, en 2006, fue un asomo a esa rara pasión acumulante, ordenante, que incita a cacerías y paciencia. Se vio todo tipo de objetos, algunos de gran valor intrínseco, otros perfectamente cotidianos, valorizados y energizados por ser parte de un conjunto llamado colección. La misma sensación y la misma idea pueblan esta edición 2008, que permite espiar tesoros privados.

La idea de valorizar a los coleccionistas nació para alternar con ese otro hallazgo del MNAD, la Feria de Anticuarios. Ferias, se sabe, hay muchas, pero la que creó el museo tiene una sinergia especial, una curadoría discreta y elegante, y un ángel propio: es un catálogo de soluciones de diseño, de objetos de belleza singular. La misma línea que sigue el encuentro de coleccionistas, astutamente dividida en dos niveles físicos y conceptuales.

En la planta baja del museo, los grandes salones alojan las colecciones de alto valor intrínseco: vidrios Art Déco checos de la década del veinte, encuadernaciones firmadas, francesas y también Déco, tallas en piedras duras y jade de China, celadón y blanc de Chine de hace dos siglos, porcelanas de la Compañía de Indias –incluyendo un notable niño Jesús con rasgos orientales–, dos conjuntos de bronces, pequeñas obras de Carlos de la Torre, loros y una orquesta de monitos músicos de porcelana europea, Cristos y tallas del Buen Pastor de la colonia portuguesa de Goa, imaginería y pinturas de retablos latinoamericanos, abanicos, perfumeros de refinadas siluetas, fosforeras ornamentales, relojes de bolsillo, cernidores, platerías, vajillas de café.

Entre estas bellezas llaman la atención algunas francamente inesperadas. Una es la serie de tea caddies chinos en porcelana azul y blanca, completamente diferentes al habitual objeto de maderas o metales y muy fáciles de confundir con frascos. Otra es la colección de remates de péndulos relojeros de Juan Carlos Ahumada Seré, un conjunto de piezas refinadísimas de ormolú y broncería francesas, de entre los siglos 17 y 20, que son fascinantes esculturas en miniatura. Y, algo rarísimo en estas latitudes, el conjunto de scrimshaws de Beatriz y Erwin Swoboda, ingleses y norteamericanos. Un scrimshaw es un souvenir de ballenero, el tipo de cosas con que decoraba su cabina el capitán Ahab. Son dientes de ballenas y orcas montados en virolas de plata, para que se queden parados, y tallados o grabados con figuras de barcos o animales.

Las salas del subsuelo, blancas y más neutrales, recibieron las colecciones más pop: caballitos de calesita, muñecas, máquinas de coser de juguete, carameleras, soldaditos de plomo, barcos de juguete, termómetros publicitarios, maquetitas y herramientas de ebanistas, baitones santiagueños, aperos de plata, un conjunto de flippers coloridos y sonoros, y una flotilla de veleros de madera, modelos a escala que colecciona Gabriel del Campo.

Por cuerda separada, están los premios al coleccionismo que da el museo para alentar el vicio. En la categoría de menores de cuarenta años ganó esta vez Pablo Massolo, con una insólita colección de cascos de guerra. La categoría de mayores de cuarenta fue para Raúl Alvarez por su conjunto de tapas de longplays realizadas por artistas argentinos, colección nacida cuando Alvarez notó que un disco de Palito Ortega exhibía un retrato realizado por Carlos Alonso, nada menos. Las menciones fueron para Pedro Baliña, coleccionista de calientapiés de cerámica, y para Darío Roitman, apasionado por los sellos de lacre.

La muestra abrió ayer en la sede del MNAD, el palacio Errázuriz de Alcorta y Pereyra Lucena, y se puede visitar de martes a sábado a partir de las 14. Dura casi exactamente dos meses, así que no hay excusa para perdérsela y también para visitar uno de los edificios más notables de Buenos Aires, que es además de los mejor usados.

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