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Sábado, 19 de junio de 2010

La colonia que espera

Hace bastante más de un siglo fue una joya del sistema ferroviario. Hace añares que espera que se cumpla la ley, pero las cosas no ocurren. La Defensoría del Pueblo porteña está exigiendo una solución antes de que haya una desgracia.

 Por Sergio Kiernan

Es cosa de andar por la avenida Vélez Sarsfield, pasar las vías, doblar hacia abajo pegadito al riel, por la calle Australia. Paredón ferroviario, bien Barracas, y entonces la sorpresa: cuatro edificios de ladrillos, con galerías, cerco perimetral, techos agudos de cuatro aguas, alma inglesa y un estilo que en otros rumbos se llegó a llamar “tropical británico”. Es una belleza ladrillera, bien construida y pensada, que es también una ruina, una pieza urbana catalogada y un lugar sórdido para los que viven allí.

La historia fue dura y mala con la Colonia Sola, que en su momento fue un modelo impactante de vivienda obrera. Para entender el edificio, hay que remontarse a tiempos idos, en que los ferrocarriles causaban revoluciones comparables sólo a la invención del jet o de Internet. La Argentina se podía viajar en cosa de días –de cinco a siete a Córdoba, desde Buenos Aires, dependiendo del barro– y llegar a Bolivia era una aventura sin fechas. Los trenes cambiaron todo a cosa de horas. ¡Horas! ¡Salir de noche de la Capital y llegar a la Docta de mañana! Y todo eso de traje y con todo confort.

Lo bueno del tren es que su expresión física está acá abajo, pegadita al suelo, y es muy concreta. Los ferrocarriles construyeron literalmente miles de edificios de todo tamaño y porte, tantos que hasta estandarizaron el ladrillo, que antes se hacía medio a ojo. A talleres, estaciones, paradores y depósitos se les sumaron muchas, muchas viviendas. Es que en la Gran Bretaña victoriana que construyó nuestra red ya estaba instalada esa idea tan peronista de darles casa a los que trabajaban.

En las principales ciudades, esto significó conjuntos obreros. La inmensa vitalidad de la economía argentina de la época hizo innecesarias esas barriadas obreras interminables que siguen cercando las ciudades inglesas y escocesas, ya que no era ni tan difícil ni tan caro alquilar o comprar. Pero en Santa Fe y Buenos Aires se construyeron muchas casas para empleados más senior –los chalets ingleses que todavía rodean estaciones como la de Villa del Parque– y algunas colonias obreras. La Sola es una de ellas, inaugurada en 1889.

La colonia se expresa en un conjunto de cuatro edificios de planta baja y primer piso, con techumbre aguda de teja y galerías perimetrales. Es un tipo de edificio que los arquitectos ferroviarios hacían de taquito, aquí y en Kampala, Simla y El Cairo, siempre bien construidos y siempre armoniosos y duraderos. Los cuatro edificios de Barracas tienen un frente de ladrillos con verja y se estiran en un terreno largo y poco profundo, que se recuesta sobre las vías. Entre ellos queda un espacio de verde y una pequeña calle con portón de verja.

Pese a la paliza monumental del abandono, es fácil ver la calidad de la construcción. Los ladrillos son notables, de muy buena factura y color para ser argentinos –nuestras arcillas no son gran cosa– y el lugar tiene bosques enteros de maderas duras en puntales y estructuras de techos. Todo lo que sea hierros tiene la marca de lo artesanal, hecho por herreros de primera agua, y todavía uno se queda mirando los llamadores de las puertas, los tirantes y las estupendas barandas de las escaleras, de una simplicidad elegante. Los revoques originales eran de esa conchilla durísima que descubrieron los romanos, y se pueden ver todavía los zócalos grabados a punzón, fingiendo una pieza que en realidad no existe.

El diseño es también de una practicidad sabia y producida por el testeo de cientos de edificios de este tipo, en todo clima y lugar. Cada edificio tiene cuatro muros perimetrales gruesos y firmes, que siguen ahí sin grietas ni hundimientos. Por encima, la techumbre de maderas y tejas. Adentro, los departamentos se acomodaban de acuerdo a lo necesario, y era fácil cambiar las paredes internas. Así, algunas unidades fueron usadas como dormitorios de solteros y luego redistribuidas a familias, con los cambios correspondientes. En la década del veinte, algunas hasta tuvieron baño interno, con lo que algunos privilegiados dejaron de usar los pañoles de baños –tres por piso– en los extremos de los pasillos.

En 1889 era un privilegio vivir en la Sola, porque ser ferroviario era participar de una industria de punta, en expansión. Cuentan los vecinos viejos que el conjunto era maníacamente mantenido, pintado una vez al año, y que el mayor pecado para los chicos era rayar una pared. Después, claro, se vino la noche.

En el año 2000, la Sola era la ruina peligrosa en la que viven 71 familias, varias descendientes de ferroviarios y otras más nuevas, agrupados en una mutual. Estos vecinos merecen ya un premio a la paciencia ante las promesas incumplidas. Es que después de muchos años de indiferencia ferroviaria y títulos de propiedad precarios, el fin de siglo parecía darles esperanza. Ese año se sancionó la ley porteña 459 creando un programa para rehabilitar el conjunto. Ese mismo año, la colonia se transformaba en el Area de Protección Histórica 9, con catalogación estructural de los edificios. La idea era que enseguida se comprara el edificio y se subsidiara a los habitantes para repararlo, cosa que no ocurrió y que la Defensoría del Pueblo porteña ya reclamó en 2002. Recién en 2005, el Instituto de la Vivienda porteño compró el edificio al Onabe para la asociación mutual.

Lo que nunca apareció fueron los subsidios, ni siquiera los escribanos que hicieran la subdivisión y dieran título a sus habitantes. En 2005, la defensoría reclamó una inspección a la Guardia de Auxilio, que se presentó y terminó haciendo el extenso apuntalamiento de las galerías que puede verse en las fotos, para evitar derrumbes. En 2007, la defensoría repitió el pedido y dictó una resolución recomendando que se cumpliera la ley 459 y se arreglara el problema. Nada ocurrió.

El siguiente paso fue en 2008, cuando se derrumbó una de las claraboyas que iluminan las escaleras. La defensoría volvió a la carga y eventualmente se repararon las claraboyas. Pero sólo las claraboyas: los vecinos denuncian, mufados, que al hacerse sólo eso se evitaron los derrumbes pero se recargó el techo, con lo que las filtraciones de agua se agravaron fuertemente.

La conclusión de estas aventuras es que el defensor adjunto encargado de identidad barrial y amigo del patrimonio Gerardo Gómez Coronado acaba de recomendarle al presidente del IVC, Omar Abboud, que cumpla de una vez la ley y se hagan cargo de la Colonia. El ministro de Desarrollo Urbano, Daniel Chaín, recibió lo suyo, ya que debe restaurar el conjunto. Y la Subsecretaría de Control Comunal debe investigar al vecino de la Colonia, una cementera en la ex playa de cargas, que no cesa de expandir sus actividades, prohibidas en la zona.

Restaurar la Colonia Sola significa salvar una pieza patrimonial literalmente única y a la vez darles vivienda digna a cientos de personas. Abrir una puerta de una de esas viviendas implica ver el empeño de gente de medios limitados de tener un hogar bien cuidado, de acuerdo a lo que cada uno tiene. El problema es la falta de escrituras y por lo tanto de consorcio, expensas y capacidad de cuidar lo comunal. En cualquier momento se puede caer algo más que una claraboya.

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Imagen: Daniel Dabove
 
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