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Sábado, 15 de febrero de 2014

Detalles

 Por Jorge Tartarini

Dios también anda entre los pucheros, solía decir Santa Teresa de Jesús. Esta proclamada atención de amor a lo nimio, a los detalles, también podría aplicarse al cuidado del patrimonio de pueblos y ciudades. Acostumbrados a lidiar contra el exterminio de edificios y espacios verdes, a menudo pasamos por alto la veloz pérdida de piezas, elementos, accesorios que formaban parte de ellos y del equipamiento e infraestructura de servicios en general. Su desaparición, más simple y menos visible, generalmente precedió a la de sus soportes físicos, y con ellos se fueron testimonios de las formas, los usos y las tecnologías utilizadas en cada momento histórico. Hoy redescubrirlos en la ciudad es más tarea de discípulos de Sherlock Holmes que de simples mortales. Y de esto sabe mucho la arqueología urbana, que ha colocado el tema en su debida dimensión, relevando, investigando y difundiendo sus valores dentro de nuestro patrimonio cultural.

Por tratarse de objetos adheridos o bien independientes de las edificaciones –y como es de costumbre por no considerarse patrimonialmente valiosos–, su pérdida corrió por cuenta de un amplio arco de actores: desde simples ladrones hasta anticuarios que los reciclan (mal) para ambientaciones de casas y casonas de historia paga, a sustituciones por otras piezas de pobres diseños y materiales, para llegar a la más difundida destrucción a secas.

Visto en sentido amplio, este universo de complementos excedía con creces lo que habitualmente se entiende como equipamiento urbano. Eran condimentos que en ocasiones se prolongaban desde lo privado –cada casa, cada comercio– hasta la escena urbana, a lo colectivo, con formas y diseños en sintonía con la arquitectura y frutos de tempranas globalizaciones de gustos y tecnologías. En sus trabajos, el arqueólogo Marcelo Weissel ha ilustrado con creces la importancia de estos y otros elementos de la arqueología industrial porteña.

Algunos ejemplos. De la desaparición de nuestros tranvías mucho se ha dicho, y hoy es poco lo que queda de ellos entre nosotros, gracias a la labor abnegada de vecinos y amantes del tema. Resabios de su paso por las calles y avenidas son algunos soportes fijacables en el frente de antiguos edificios, como se observa, por ejemplo, en Avenida de Mayo. Con buen tino, hoy la conservación de estos elementos, así como portabanderas y otros elementos adheridos originales, forma parte de los proyectos de recuperación exterior.

Más visible es el repertorio de tapas y cajas de hierro de instalaciones sanitarias, de gas o electricidad, que puebla las veredas de la ciudad, realizadas por compañías e instituciones que ya no están, como la Primitiva de Gas, la Italo Argentina de Electricidad (CIAE), la Alemana Transatlántica de Electricidad (CATE), las Obras de Salubridad de la Capital (OSC), y la centenaria Obras Sanitarias de la Nación (OSN), entre muchas otras. Esta última empresa, además de estos elementos, distribuyó en las veredas de la ciudad columnas de ventilación (“ventiletas”), de hierro y de hormigón premoldeado, algunas de formas clásicas y otras de un geometrizante art déco. En todos los casos se diseñaban con base, fuste y capitel, donde se ubicaba la ventileta. Como se ve en Mitre 3118, Sarandí, y en calles de La Boca, a corta distancia de Caminito.

Sobre las columnas de iluminación históricas bien podría escribirse una crónica de su génesis, eliminación y sustitución por replicación. Esta última, más aplicada como remedio para melancólicos, es decir, diseñadores y funcionarios perezosamente vintage, que por sensatas integraciones. Imitaciones en falso histórico de mayor crueldad son los portacarteles con pie y escudo de la Ciudad, repetidas hasta el cansancio con materiales pobres, siempre terreno fácil del deterioro ambiental.

También existía un equipamiento propio de cada comercio, con elementos que permitían individualizarlos fácilmente en la ciudad. Las peluquerías, por ejemplo, lucían el indicador luminoso rojo y blanco, giratorio –una tradición que se remontaba cientos de años atrás, cuando el barbero además hacía de sangrador–. O bien las estaciones de servicio del Automóvil Club Argentino, con su columna y logo inconfundible. Antes que ellas, el surtidor era la verdadera atracción, el que generalmente estaba junto con la casilla del despachante. Los primeros surtidores de nafta aparecieron hacia 1923. SIAM los comenzó entonces a fabricar, vendiendo hacia 1926 unos 200 aparatos por mes a YPF. En 1937, se presentó un surtidor “casi humano”, porque podía despachar litros por cualquier importe sin ajustarse al fraccionamiento de 5 litros de sus antecesores. El primero de estos aparatos se instaló en la Plaza de los Dos Congresos. De noche, su globo de vidrio luminoso hacía de faro para quienes buscaban combustible en la ciudad.

Podríamos continuar con los rojizos buzones, las placas blancas y azules de hierro esmaltado de despensas y comercios en general, los cómodos bancos de tablillas, los kioscos de música, las fuentes y así en largo trajinar. Un repertorio de objetos de alarmante fragilidad, sobre el que vale la pena reflexionar acerca de que, en algunos de los ejemplos citados, conservación y cambio hubieran podido dialogar, incluso hasta en los más pequeños detalles.

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