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Sábado, 15 de febrero de 2014

La destrucción de un patrimonio

El gobierno porteño está arruinando uno de los mejores edificios educativos del país. El Bernasconi cae para tapar la incompetencia de no tener aulas suficientes.

 Por Sergio Kiernan

El gobierno porteño está destruyendo un monumento histórico nacional, el Instituto Bernasconi, sin permiso, sin presentar planos y sin licitación. El negocito se basa en la excusa de la crisis educativa, como si la falta de aulas fuera culpa divina, como el clima, y no otra muestra estupenda de incompetencia. En la volada, como muestran las fotos, cae un palacio educativo incomparable, una pieza de arquitectura notable, dividida en sucuchos para encajar alumnos.

El Instituto Félix Bernasconi es monumento histórico nacional desde el 23 de junio de 2009, lo que no impidió el maltrato constante de sus actuales responsables. Cuando se interviene en un monumento, es de rigor consultar con la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos, cosa que fue sistemáticamente ignorada por el macrismo, un grupo que exhibe serias dificultades para respetar la ley. El Bernasconi, además de problemas de mantenimiento básico, exhibe escalinatas mal tapiadas para crear kioscos y otros espacios, pinturas sobre revoques de piedra París y un carnaval de intervenciones desangeladas, vagonetas.

Es una pena, porque el palacio de la calle Catamarca fue un verdadero símbolo de un proyecto de país. Sarmiento –se sabe– opinaba que las escuelas son lo más importante que puede construir una nación, con lo que creó nuestra peculiar tradición de que el espacio más lujoso que podía utilizar un argentinito era su aula. Bronces, cristales biselados, cúpulas, mármoles, maderas duras, buenos pavimentos, mejores herrerías, nada se retaceaba a la escuela. Desde la ciudad más opulenta al pueblito más modesto, el programa se cumplió con notable coherencia.

El Bernasconi resulta medio increíble como escuela, porque podría ser el ministerio de cualquier cosa en más de un país y por su simple tamaño de manzana entera. Cualquier persona sensata y responsable lo cuidaría como la herencia de los abuelos, uno de esos objetos irremplazables que nos dejaron y que nosotros no podríamos ya producir. Como se ve en las fotos, no es lo que tienen los macristas en la cabeza.

El Bernasconi ahora muestra containers en sus jardines, donde el personal administrativo trabaja estilo Isla del Diablo mientras les arreglan las oficinas. Adentro, los amplios pasillos capaces de manejar cientos de chicos corriendo están siendo destruidos con Durlock, esa maldición liviana y en seco que tanto permite improvisar pavadas. Quedan un par de metros escasos para circular y algo así como tres para las aulas, que seguramente alcanzarán para una fila de bancos. Las lámparas de bronce originales quedan como fuente básica de luz, a menos que les agreguen a la buena de Dios tubos, como se ve en la pared de la derecha. Ni falta hace mencionar que tanto agujero y maltrato se realiza en interiores noblemente realizados en piedra de París. ¿A quién le importa arruinar esto?

La Comisión Nacional ya mandó una nota al Ministerio de Educación porteño preguntando quién dio permiso para las obras, que es una manera elegante de recordarles la obligación de pedirlo.

Temor en Las Heras

La parte angosta de la avenida Las Heras guarda una cuadra de honor, un raro sobreviviente de la ciudad hermosa que fue Buenos Aires. Es la mano par del 1600, a la derecha como viene el tránsito, entre Rodríguez Peña y Montevideo, llegando a la plaza. Esta cuadra está íntegramente formada por edificios de época que todavía hacen un conjunto impecable, potente, en el que la textura de las fachadas muestra que ni la mezcla de estilos le resta al total. El contraste con la maltratada vereda de enfrente, llena de porquerías de hormigón y balcón al frente, resulta un silencioso tratado sobre la decadencia de la arquitectura argentina.

Una cuadra más arriba, en el 1800, la guerra se perdió. Entre mazacotes alarmantes sobreviven el IUNA, una hermosa casa italianizante que hace pensar en lo mejor de San Petersburgo, y la residencia Aberg Cobo, uno de los mejores salones de eventos de esta ciudad. La casa preserva suficientes ambientes internos como para ser impactante: su entrada, su hall, su bella escalinata, sus salones sobre el frente, bien llevados y decorados con discreción. El visitante hasta se olvida de la pobrísima construcción nueva que se comió el patio o jardín (los memoriosos sabrán qué era) y piensa qué atinada fue la ex diputada Teresa de Anchorena al catalogar los petit hoteles de Recoleta en una ley-ómnibus.

Pero aquí estamos otra vez preocupados, ya que a fines de año la Dirección General de Interpretación Urbanística y Registro que encabeza Antonio Ledesma, hombre de firma fácil, emitió otra disposición de las suyas. Esta vez, el documento 1996/13 toma la consulta 276.132/2013 que pregunta si se puede realizar una “Demolición Parcial, Modificación y Ampliación” del Aberg Cobo. En resumen, lo que se busca hacer es demoler parte de la obra nueva y hacer una torre de casi 37 metros de altura en el fondo. La lógica con que la Dgiur acepta la propuesta, pese a que el edificio tiene protección estructural, es una muestra notable de los límites de su pensamiento y su amistad hacia la obra nueva.

Primero, y como siempre, viene una larga parrafada técnica sobre la zonificación del edificio, con fórmulas matemáticas y todo. Esta es una forma rutinaria de cubrir el tujes propio, dando a entender que se analizó el tema, y de paso confundir a quien tenga la audacia de leer la resolución para ver en qué andan. Un ejemplo: para confirmar que el Aberg Cobo está en Las Heras al 1700 se avisa que “efectuado el análisis de la documentación presentada; de fs. 40 a 61: Relevamiento fotográfico del entorno, relevamiento fotográfico del frente, croquis de lo existente, relevamiento altimétrico de la medianera izquierda existente, Memoria Descriptiva, Croquis de la propuesta, Axonometrías y cálculo de superficies; de fs. 4 a 7: Consulta de registro catastral; a fs. 39: Copia de la resolución N 2944DGFOC1988 (Manzana atípica); a fs. 35: Pisada del entorno de la parcela en consulta suministrado por sistema interno ‘Usig’; de fs. 36 a 38: Relevamiento fotográfico de las parcelas linderas suministrado por sistema interno ‘Usig’ y a fs. 33 y 34: Copia de la catalogación estructural del inmueble en consulta suministrado por sistema interno ‘Parcela Digital Inteligente’; se informa que: a. El predio en cuestión está ubicado en una manzana circunscripta por las calles Gral. Las Heras, Rodríguez Peña, Juncal y Av. Callao”.

Una maravilla de burocratez, en particular lo del “relevamiento altimétrico”.

Pero luego el papelito se pone más concreto, porque llega a la parte donde se puede construir para arriba. Así, se describe que el Aberg Cobo tiene como vecino a la derecha una torre de casi cien metros de altura –vale la pena ir a verla, es de los setenta y un horror inmitigable que en su momento fue saludado como un nuevo paradigma de construcción– y a la derecha un edificio de planta baja y ocho pisos. Resulta que el lote de 22,78 metros de frente termina contra la medianera de otro edificio de ocho pisos con frente sobre Rodríguez Peña. Nada casualmente, ese edificio tiene también casi 37 metros de altura.

Con lo que, para la Dgiur, la cosa cierra porque el edificio catalogado está rodeado por otros tres “consolidados”, o sea que difícilmente será demolido en un futuro cercano, y eso genera un entorno donde no molestaría una torrecita más. De hecho, es lo único que parece importar, porque la resolución de Ledesma se pierde en explicar que la altura pedida, diez pisos, no va a asomar por entre los demás edificios linderos y resulta “típica” de la cuadra. ¿Y el patrimonio? Bien, gracias, tanto que se le dedica un parrafito donde se dice que “en memoria adjunta, los interesados proponen una puesta en valor y uso, con el compromiso de no realizar intervenciones que impliquen una modificación de su arquitectura original. Se mantienen de esta forma los muros portantes, espacios interiores, estructura, escalera principal, palieres, carpinterías, molduras, pisos y revestimientos de valor”.

Como siempre, en las resoluciones de esta Dirección General, el mayor ruido lo hace lo que no se dice. Por ejemplo, si el edificio nuevo será visible desde la calle, terminando de abrumar al petit hotel que ya tiene que sobrevivir a sus vecinotes. Tampoco se aclara qué maltratos sufrirá el edificio protegido al transformarse en acceso a la torre, ni qué uso tendrá la misma, ni qué nivel de tránsito. Al parecer, lo único que quedaría claro es que hasta ahora no se mencionaron las malditas cocheras subterráneas, al menos en la resolución firmada por Ledesma.

Paseo Colón

Los vecinos de San Telmo están alzados en armas porque el gobierno porteño quiere demoler buena parte de la avenida Paseo Colón. En su avance tonto sobre el espacio urbano, los macristas quieren ahora crear un metrobús en esa vía y utilizan una trampita particularmente repulsiva: un decreto de Cacciatore que ordena ampliar la avenida. La dictadura militar, se sabe, tenía el mismo concepto de urbanismo que Macri y los suyos, con lo que en los archivos hay todo tipo de ordenanzas para demoler, ampliar, romper y expropiar. Es inmoral agarrarse de estas órdenes militares para hacer lo suyo, pero así son las cosas.

El proyecto tiene muchos problemas, porque implica toparse con cosas como Automotores Orletti, monumento histórico nacional que –saben los macristas– no puede ser demolido. Con lo que la traza futura de este metrobús promete ser errática, tonta, sobre todo si se considera que hay edificios como el Ministerio de Agricultura y la Facultad de Derecho en su camino. Otra tontería que costará millones.

Milagro por los cafés

Según parece, el pseudoministro de Cultura y empresario turístico Hernán Lombardi terminó haciendo lo que debería haber hecho hace rato e intervino con discreción para que los 36 Billares sigan siendo un bar. Intelectualmente no costó tanto, apenas aplicar la influencia poderosa del Estado para que el local pasara de una firma gastronómica a otra, como fue el caso del Bar Británico. Extrañados por el discretísimo cambio de actitud del ministro, que públicamente se negaba a intervenir en cuestiones de libertad de comercio, la única explicación que encuentran los observadores es la presentación de la costumbre de tomar café como candidata a patrimonio inmaterial ante la Unesco, revelada en m2 del sábado pasado. ¿Será? La propuesta es realmente inmaterial, porque no propone a los cafés como patrimonio sino a la costumbre de beber café en ellos, no sea cosa que terminemos protegiendo edificios.

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