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Sábado, 16 de mayo de 2015

Cosas que perdemos

Un nuevo truco de los especuladores permite falsear los datos de la misma Ciudad para demoler. Otro es más tradicional, y consiste en abandonar edificios hasta que sean ruinas.

 Por Sergio Kiernan

Hay un nuevo truco, seguramente muy rentable, que los especuladores están encontrando para poder demoler lo que no deben y que se basa en la debilidad y el descaso del mecanismo de protección del patrimonio. Como ya se sabe hace rato, el macrismo en funciones no tiene el menor interés en cuidar lo nuestro y mucho menos en trabarle algún negocio a su industria mimada. Pero como los vecinos cada vez más prestan atención y vigilan su ciudad, se puso más difícil dar “excepciones”, hacer la vista gorda o simplemente firmar los papeles sin mirar. Los casos más recientes de disparates jurídicos tienen en común involucrar edificios grandes, de empresas poderosas, capaces de “allanar” a cualquiera.

Con lo que los más chicos tuvieron que buscarse sus vueltas, que de algo hay que vivir. La nueva es alterar la información de la base de datos de APH de la misma municipalidad, un programa de acceso público que idealmente debería incluir la información de todo objeto urbano, sea casa, edificio, plazoleta, lote o torrezota. En general, esta base funciona bien en lugares establecidos e incluye la información de niveles de protección o catalogación, de modo que hasta alguien que esté buscando comprar pueda enterarse en qué se mete. Pero claro, la información exacta parece limitarse a zonas ya maduras, donde no hay espacio para el salvajismo barato.

Con lo que lo primero a entender es que el barrio de Saavedra, Comuna 12, no es considerado uno maduro en el sentido de saturación urbana. Es una zona de casas bajas, muy agradable porque se ve el cielo y porque al salirse de las avenidas se puede circular sin que un kamikaze se te pegue atrás y toque bocina todo el tiempo. Por Saavedra hay amplias zonas de zonificación residencial y otras donde los edificios en altura bajan a apenas cuatro pisos en las laterales. Con tanta casa pequeña, es tentadorísimo para los especuladores “pyme” meterse en el barrio.

Con lo que sucede lo que está sucediendo en la calle Paroissien 3951, que ya tiene una doble vida electrónico-regulatoria que exhibe con claridad el currete. Quien vaya al lugar se encontrará con una cuadra baja, como la de la foto, donde se ve el cielo y donde ya se alza amenazante una torre que descalabra la escala. La casa de la foto es el 3951 y como se ve está notablemente intacta. El chalet italiano tiene casi un siglo y conserva todos sus elementos por adentro y por afuera: persianas, tejado, balcón, portón de buena madera y, rareza de rarezas, su cerco de alambre con sus postes de madera torneada. Hasta tiene la boca del buzón original.

En esta casa vivían hasta el primero de mayo dos hermanas gemelas ya muy mayores, que la heredaron de sus padres. Las señoras vendieron la casa por impráctica para su edad y por difícil de mantener, y el día que entregaron la llave se arrepintieron. No era nostalgia, sino que el comprador les contó que iba a arrancar todo lo vendible, todos los cerramientos, pisos, revestimientos, mayólicas, tejados y, muy en particular, la hermosa escalera de madera. Después de canibalizar su casa y vender los órganos, el plan era demolerla y hacer algo más grande y rentable.

Lo curioso del asunto es que en el chalet no hay cartel de obra, ni permiso de demolición, ni rastro alguno de trámite en la Ciudad. Sí hay dos indicios: que corrieron el container de basura y pusieron un caño con una suerte de X bloqueando la calzada, como para poder estacionar.

Como la casa es evidentemente anterior a 1941 y necesita trámite en el CAAP, se torna relevante el currito de la ficha de APH. Para entenderlo, basta hacer un experimento muy simple. Para empezar, abrir el Mapa Interactivo de la Ciudad, operado oficialmente por el gobierno de la CABA, y buscar Paroissien 3951. Una vez que se tiene el mapa a la vista y la flechita roja, abrir donde ofrece información del lugar. Así aparecerá la foto del chalet, la información de que el terreno mide 8,66 metros de frente por 44,22 de fondo, que la zonificación es R2bI (residencial) y que la propiedad cae bajo la ley 3056 por ser anterior a 1941.

Luego hay que abrir la base de datos de APH, disponible en el sitio principal de la Ciudad, y buscar la misma dirección. El software es mucho peor y lento, con lo que hay que tener paciencia para esperar que se abra la ficha. Vale la pena, porque lo primero que uno ve es que hay otra foto. La dirección es la misma, la identificación catastral es la misma (055-257-020) pero la foto es la de la propiedad de al lado. Y esa propiedad es una casa pequeña, muy vieja y muy arruinada. En criollo, casi una tapera.

Este “error” es de una enorme importancia debido a la notable mala fe y la pereza del CAAP, el Consejo Asesor en Asuntos Patrimoniales que asesora al Ministerio de Planeamiento porteño, hogar y paraguas de todos los que dan permiso de construcción y demolición. El CAAP no servía absolutamente para nada hasta que Teresa de Anchorena, siendo legisladora porteña, le echó mano para frenar las demoliciones de edificios antiguos. Con un fallo de Cámara en contra, el macrismo tuvo que aceptar la idea y el Consejo pasó a revisar los permisos de demolición.

Pero muy de malagana, muy pensando siempre en los intereses de la industria, muy con la camiseta de arquitecto a sueldo de los especuladores. Con lo que no extraña que edificios y más edificios de nuestro patrimonio sean descartados mirando una simple foto. Y si esa foto es la de la ficha de APH trucada, falsa, Paroissien 3951 está perdida.

Pero siempre es posible que el nuevo dueño simplemente se mande a despedazarla, vender las partes y demolerla sin permiso ni trámite. Los órganos reguladores de la Ciudad tienen fácil acceso a su identidad y dirección legal. ¿Harán algo? ¿O renunciaron a controlar cualquier cosa, aunque les avisen por los medios?

Mientras tanto...

Volver de Saavedra al Centro permite encontrarse con un par de datos. Por ejemplo, que el Palacio Roccatagliatta ya está en obra. Todavía no arrancaron con ese eczema urbano que planean construir, los dos paredones vidriados sin arte ni parte que van a encajonar la casona italiana, pero ya están cavando activamente las cocheras y subsuelos. La zona ya muestra más de un síntoma de saturación grave, con un tránsito masivo y un horizonte cada vez más cerrado de edificios en altura. Buenos Aires es, a ciertos ojos, un Amazonas al que hay que cortarle los árboles para fabricar fósforos, un gran espacio para hacer dinero sin que importe el mañana. La lindísima casa Roccatagliata va a quedar como un doloroso recordatorio de tiempos mejores, y un llamado de atención a una clase política que no supo poner un freno al negocio.

También le va a quedar como un clavo a los futuros dueños de los espantosos departamentos. Como se sabe, los “desarrollistas” dejan la casa porque no pueden demolerla, con lo que inventaron que será una suerte de “club house” para los habitantes de los dos murallones. Pero un club house necesita mozos en el bar, recepcionista en la entrada, personal de limpieza y alguien que haga el mantenimiento, por lo hablar de obras, pintura y gastos mil. Las expensas de un lugar así serán astronómicas y nada cuesta imaginar el palazzino cerrado y abandonado hasta que aparezca alguna manera de librarse de él. Pero nada de esto le interesará al que construyó los paredones o al que los comercializó, porque ya estarán en otra cosa.

Un lector agudo envió otro caso de cómo organizar una buena demolición creando hechos consumados. El caso es el de las dos propiedades de la esquina de Yatay y Corrientes que se ven en las fotos de abajo. En la esquina en sí hay una de las casonas dignas y bien construidas que una vez fueron la misma materia de esta Buenos Aires: planta baja con local o locales, planta alta con vivienda cómoda y amplia. Este formato de edificio era también una manera de organizar la vida, teniendo el negocio propio abajo de la casa, o viviendo abajo de una propiedad que se podría alquilar como renta.

Al ladito, en el 787 de Yatay, hay una casa más antigua, de esas severas e italianas que renovaron una ciudad española. La fachada tiene su puerta con marco arriba y dos ventanas-balcón aporticadas, con pedimentos triangulares. De típica nomás, se adivina el zaguán, el patio interior, los techos altísimos, los pisos de pinotea. Como se ve en la segunda foto, todo estaba en su lugar hasta que le dieron martillazos para fijar las pantallas de publicidad y empezar a arruinarla.

¿Por qué hacen esto? Para crear ruinas problemáticas, basurales, restos que pidan la piqueta urgente como acto de limpieza y seguridad. El gobierno porteño no sólo no multa estos abandonos ni obliga a repararlos, sino que los premia habiendo renunciado a controlar la ciudad. Para cuando el caso llega al flojito CAAP, ven la foto y la “desestiman”, permiso para hacer el negocio.

Es fácil, basta tener paciencia y contar con el macrismo amigo.

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