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Sábado, 19 de septiembre de 2015

Hilo, aguja y papel

Para explicar el crochet, Yanina Schenkel publicó El mundo de Pica Pau, un libro editado por Monoblock donde veintidós muñecos explican cómo.

 Por Luján Cambariere

No adherimos a la queja constante, pero lo cierto es que el mercado editorial local es poco ávido o abierto a propuestas de diseño. De ahí que siempre celebremos las iniciativas que apuesten por la disciplina. Tal el caso de una editorial pechadora si las hay –Monoblock, de Vik Arrieta y Pablo Galuppo– quien, en este caso, junto a Yanina Schenkel, diseñadora, ilustradora y creadora de las más tiernas criaturitas en crochet tridimensional, acaban de lanzar un tomo dedicado a su universo: El mundo de Pica Pau. Una familia de 22 muñecos que dan vida a un bello ejemplar que además de precisos y preciosos tutoriales, da cuenta de materiales, herramientas y el puntapié inicial al tejido al crochet, un universo que Schenkel domina desde hace años a la perfección.

¿Cómo surge esta idea de transformar tu experiencia en el mundo del crochet en libro?

Yanina Schenkel: –Nos conocimos hace un par de años en la producción de una serie de minidocumentales que los chicos de Monoblock hicieron con Monstruo Estudio. En ese momento (varias horas de filmación en casa) surgió la idea de hacer algo en conjunto. En ese momento no sabíamos bien qué, pero confiábamos en que algo tenía que salir. Así que en cuando me animé a lanzarme de lleno con el libro, las primeras personas en las que pensé fueron ellos. No sólo porque sentía y sabía que eran capaces de llevarlo a cabo, sino porque estaba segura de que iban a entender mis caprichos y mi falta de experiencia. Por esas hermosas coincidencias de la vida, la experiencia del libro fue novedad para ambas partes, así que nos permitimos todo el tiempo necesario para hacerlo, sin miedo a poner dudas, broncas e inquietudes sobre la mesa.

¿Cuál fue el objetivo del libro? ¿Estudiaron antecedentes?

–Mi objetivo personal era plasmar lo que venía enseñando en talleres en los últimos seis años. Condensar en un libro todo lo que me hubiese gustado saber cuando empecé a tejer muñecos. Y, con la excusa de compartir mis personajes, cerrar un primer ciclo de trabajo. Lo interesante fue que, con el objetivo de dar por finalizada una etapa durante el proceso de producción del libro se abrió una nueva, la posibilidad de armar un pequeño mundo, y por eso El mundo de Pica Pau. Por otro lado, quería todo el combo: excelente calidad de papel, buen diseño y fotografía sumado a un contenido que fuera realmente útil para el lector. Un libro objeto que las personas deseasen tener en la biblioteca por el simple hecho de verse lindo, que dieran ganas de atesorarlo para la posteridad. Y, simultáneamente, un manual de consulta constante, con contenidos que resolvieran todas las dudas sobre este quehacer. Lamentablemente, en la Argentina no había (al menos hasta ahora) publicaciones sobre manualidades o artesanías que condensaran ambas características. Así que me vi estudiando mucho lo que se venía haciendo afuera (hay publicaciones tan bellas que te hacen acariciar cada página con un lagrimón de emoción) más referencias locales, muy buenas, pero por el lado de la cocina.

Ahora ya publicado, fue hermoso ver cómo venían las alumnas con su libro al taller. Algunas con el libro impecable, guardado como algo precioso. Y otras con el libro gastadísimo, marcado, con nuevas ideas, dudas y manchas de café. Creo que ésa está siendo la experiencia más gratificante de todo este proceso.

¿Es difícil la producción de este tipo de libros en nuestro país?

–Teníamos la idea de que el libro podía estar muy bueno, al menos en mi cabeza eso estaba, pero entendíamos que era una jugada importante y arriesgada, especialmente al no tener otros referentes locales en el área.

Por eso nos desafiamos a hacerlo a pulmón y sudor, recortando gastos por todos lados y haciendo todo lo que podíamos con los medios que teníamos a nuestro alcance. Toda la fotografía la hicimos nosotros, tanto en las oficinas de Monoblock como en el living de mi casa. Fuera del agotamiento, el resultado valió más que la pena. Porque el público lo entendió y valoró desde el comienzo, notando el esfuerzo, el cuidado por el detalle y el cariño que le pusimos.

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