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Sábado, 5 de noviembre de 2016

Rudolf

 Por Jorge Tartarini

Rudolf tenía apenas 18 años cuando fue enrolado en el ejército alemán y debió partir al Frente Oriental. Corría 1914 y Alemania había movilizado gran parte de su población. En Neudorf, un pequeño pueblo del sudoeste alemán, él y sus cuatro hermanos (también movilizados) trabajaban como pizarreros, bajo la atenta mirada de su padre, Josef Dörfler, Maestro Pizarrero, quien también había aprendido el oficio de sus padres. En Alemania esta actividad se encontraba muy difundida y la pizarra se empleaba desde tiempos remotos de mil y una formas. Los pizarreros más dúctiles la utilizaban en variedad de dibujos, recubriendo no solo aleros, faldones, cúpulas, agujas, mansardas, sino también paramentos de fachadas y torres.

En aquel hogar, a la par que se aprendían las tradiciones constructivas de los mayores, los hijos asistían a escuelas superiores de oficios que habían institucionalizado el aprendizaje en Alemania, dentro de un plan de enseñanza que procuraba amalgamar teoría y praxis. Era costumbre que entre ellos se compartiesen conocimientos, sobre todo entre hermanos. Lo que cada uno aprendía lo compartía y pronto pasaba a ser patrimonio de todos en sus labores cotidianas.

Tempranamente, la ejemplar ejecución del oficio caracterizó a los Dörfler, dueños de una ética de trabajo muy arraigada en la tradición laboral alemana. Su obsesión por el trabajo bien hecho, la meticulosidad en la ejecución (Deutsche Gründlichkeit) y la idea de prosperidad a través del ahorro, el sacrificio y la abnegación fueron modelos en su vasta trayectoria laboral. Y así podría haberse prolongado en aquella región, pero la Gran Guerra introdujo cambios irreversibles.

Los hijos fueron retornando del frente. Todos menos Rudolf, que fue capturado por las fuerzas rusas y trasladado prisionero a Rusia. Tras atravesar la región del lago Baikal y Manchuria, arribó a Siberia donde realizó trabajos forzados en una mina de carbón, a cuarenta grados bajo cero. Pudo sobrevivir a todo aquello y en 1918, aprovechando un descuido de los guardias, se fugó con cuatro compañeros para emprender el largo camino a casa. Tras recorrer miles de kilómetros, evitando ciudades y guareciéndose en aldeas rurales, llegó en noviembre de aquel año a su pueblo natal, donde retomó el trabajo junto a su padre y hermanos. Aprovechando que la escasez de mano de obra permitía en las escuelas de oficios obtener el título de Maestro Pizarrero con menor edad y experiencia que la normalmente exigida (8 años), se presentó a rendir el examen de competencia. Y, para orgullo de una familia que llevaba en sus genes el oficio, lo obtuvo.

La destrucción causada por la guerra había demandado el arreglo de numerosas edificaciones. Pero las durísimas condiciones de la posguerra que debió afrontar la joven República de Weimar, con reducción de su capacidad productiva y una elevada inflación, afectaron las ganancias de la empresa familiar. Al igual que muchos alemanes, Rudolf decidió partir hacia América, entonces vista como tierra de promisión. Tenía 26 años, era soltero y para solventar el costo del pasaje trabajó como marinero todo el trayecto.

Cuando en noviembre de 1921 llegó a Buenos Aires, no le llevó demasiado tiempo obtener trabajo. A corta distancia del Hotel de Inmigrantes, donde se hospedaba, se estaba levantando una monumental obra: el Palacio del Correo Central. Quiso la fortuna o el azar que la empresa encargada de sus techos fuese a buscar al Hotel un Maestro Pizarrero. El hallazgo fue providencial para Rudolf. Contratado inmediatamente, cada una de las pizarras del Palacio pasaron por sus manos, tal como lo testimonian las leyendas que dejó en muchas de ellas, encontradas en 2010 por Techos Dörfler, la empresa que tuvo a su cargo la restauración y que él, sin saberlo, estaba comenzando a fundar. Aquí entre nosotros formó un hogar, tuvo seis hijos y amó a nuestro país como a su patria.

Al Palacio de Correos siguieron decenas de obras: monumentales templos, grandes residencias, ayuntamientos, estancias, edificios de renta. Rudolf primero y luego sus hijos y nietos, fueron forjando la reputación que hoy tiene a la empresa como un referente en materia de restauración y construcción de cubiertas artesanales.

En nuestra bibliografía arquitectónica ocupa un merecido lugar la influencia de profesionales alemanes en la arquitectura e ingeniería argentina, así como el desempeño que tuvieron empresas constructoras y de servicios, especialmente en grandes obras públicas y energía eléctrica, respectivamente. Menos estudiada ha sido la transferencia de oficios que llegaron con artesanos germanos como Rudolf Dörfler y que contribuyeron a acrecentar el rico mosaico que hoy conforma nuestro patrimonio cultural. Y, por sobre todo, a permitir que buena parte del mismo se conserve en adecuadas condiciones de conservación. Por ambos motivos, no podemos menos que agradecer que hoy su legado goce de buena salud y vaya camino a cumplir su primer centenario de vida.

El viernes 25, para marcar los 95 años de la llegada de Rudolph al país, se presenta en el Salón Blanco del Congreso un libro sobre la historia de su familia y de su empresa.

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