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Sábado, 19 de febrero de 2005

La lámpara de los sueños

Fue inventada por un beatnik en 1959 e hizo las delicias de Burroughs y Ginsberg. Es una lámpara giratoria de efecto estroboscópico que induce un estado alfa y sueños lúcidos.

 Por Sergio Kiernan

Parece una lámpara y es una lámpara, pero en realidad es un artefacto beatnik que hizo las delicias de Allen Ginsberg y de Timothy Leary, y obsesionó por cuarenta años al viejo drogón de William Burroughs. Se llama Dreamachine –Máquina de Sueños– y su función es crear destellos estroboscópicos que inducen un estado alfa, para soñar despierto. Cuando está apagada, es un interesante artefacto de los sesenta.

La Dreamachine fue inventada en 1959 por dos beats, el artista Brion Gysin y el estudiante de matemáticas Ian Sommerville. La idea les surgió después de enterarse de las investigaciones de John Smythies y Grey Walter, dos científicos especializados en neurología. Smythies y Walter experimentaban con impulsos sensoriales y el entonces flamante electroencefalograma, intentando mapear las zonas cerebrales y sus funciones. Los dos científicos descubrieron, al pasar, que una luz destellando de 8 a 12 veces por segundo hacía que una persona con los ojos cerrados pero mirando hacia la lámpara disminuyera el ritmo eléctrico del cerebro, entrando en un estado de semiinconciencia.

Este estado es el famoso alfa, aquel en que todos entramos cuando nos despertamos el domingo, no tenemos que salir corriendo y nos quedamos en la cama con los ojos cerrados, más dormidos que despiertos. Son momentos en los que se sueña bastante y se sabe que se está soñando.

En ese albor de la era de las drogas y psicodelia, no cuesta imaginar la fascinación que despertó la Dreamachine entre los beatniks. Pero Gysin tenía otra cosa en mente: quería hacerse rico. Como era un delirante, el artista se ilusionó con que su máquina reemplazaría a la televisión y soñaba con que papi y mami se sentaran a soñar en el living de su casa en los suburbios. La Philips, la Columbia y varias compañías más lo sacaron de cajas destempladas, incluyendo la pregunta de qué pasaría si un epiléptico usaba la máquina. (Nadie sabe qué pasaría pero se recomienda no regalarle una, por las dudas. Es que una persona en 10.000 puede tener un ataque por la estimulación lumínica, lo mismo que un chico en 5000 porque ellos son más sensibles.)

Gysin tuvo que resignarse a hacer pocas máquinas y vendérselas a beatniks primero y a hippies después. El artefacto es sencillísimo: una caja oculta un motor como los de las viejas bandejas tocadiscos, que hace girar un alto cilindro 80 veces por minuto. En el medio hay una lámpara fija de 150 watts. El efecto estroboscópico se logra por las perforaciones en el tubo, que puede ser de cualquier material liviano, mientras que sea opaco. Así se construye lo que el viejo Leary, inventor y misionero del LSD, llamó “el instrumento neurofenomenológico más sofisticado jamás diseñado”.

La maquinita hubiera desaparecido de escena sin más, junto a las pipas de agua y –ojalá– la bambula, si no fuera por otro artista plástico, David Woodward. Basado en Los Angeles, Woodward escuchó hablar de la Dreamachine por un amigo de Gysin, muerto en 1986, a fines de los ochenta. Este amigo le prestó los diagramas originales de la máquina y Woodward construyó su primera en 1989. Con los años y el boca a boca, Woodward terminó vendiéndole dos a Burroughs –que ya había convencido a todos de que era inmortal– y a personajes como Iggy Pop, Beck y Kurt Cobain.

Las máquinas de Woodward son idénticas en lo esencial a las de Gysin, con el tubo realizado en passepartout blanco. Por pedido, Woodward las reviste de cualquier material o las hace en acero, y para el funeral de Burroughs instaló una forrada en armiño (ver foto).

¿Qué efectos tiene la maquinita? Lo primero es que al conectarse –y el sujeto tiene que estar con los ojos cerrados y sentado en algo cómodo– se comienzan a ver complejas figuras lumínicas, mucho más nítidas y complicadas que cuando uno mira una luz y luego cierra los ojos. Pasado este caleidoscopio, pueden ocurrir dos cosas. Una es que no se vea nada y simplemente uno se relaje bastante. Otra es tener sueños como los que se tienen en la duermevela, antes de dormirse totalmente o de despertar.Estos sueños no son particularmente alucinógenos sino realmente parecidos a los normales: volar, caminar por un pasillo, estar en la playa. Todos, los que soñaron y los que no, coinciden en que terminada la sesión estaban profundamente relajados, como si hubieran tomado una larga siesta.

Para los que les interese el fenómeno, hay varios foros de discusión en Internet –basta buscar “Dreamachine” en la red– y se acaba de publicar en EE.UU. un libro, Chapel of Extreme Experience, de John Geiger. Algún día, en algún festival, se podrá ver por acá el documental William Burroughs in the Dreamachine, de John Aes-Nihil.

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