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Jueves, 7 de julio de 2005

TONOLEC: MEZCLA DE SONIDOS ELECTRONICOS CON MUSICA TOBA

Curiosa forma de Resistencia

Desde las entrañas del Chaco, surgió una mixtura inesperada: Charo Bogarín y Diego Pérez conformaban un típico dúo de pop electrónico, hasta que –en un viaje a Buenos Aires– comprendieron que ese formato estaba trillado y cambiaron de rumbo. Investigaron la música toba y editaron un disco combinando sonidos electrónicos y étnicos.

 Por Cristian Vitale

DESDE RESISTENCIA

Charo Bogarín nació en Resistencia, cerca de donde la policía reprime cotidianamente a los jóvenes tobas sin que el mundo se entere. Ella es nieta de un cacique guaraní, pero siempre estuvo más cerca de las luces. Glamorosa, sensual, tuvo una hija a los 21 años, fue periodista hasta que conoció a Diego Pérez, un fanático de samples y secuencers. Flasheó cuando la escuchó cantar covers de Portishead en una fiesta. “Nos copamos de entrada, casi sin conocernos”, cuenta él. Al principio fueron un dúo pop electrónico de gran predicamento en Chaco y alrededores. Se pusieron Laboratorio Wav y gracias a Alivia ganaron un concurso por Internet que tuvo a Gustavo Santaolalla y Aterciopelados como jurados. “Fue un torbellino. Fuimos a tocar a España y Santaolalla nos produjo un tema”, evoca Charo. Funcionaron con ese formato hasta que decidieron probar en Buenos Aires. “Cuando llegamos –sigue ella–, caímos en que no era nada novedoso un dúo electrónico. Entonces decidimos volver a las raíces.” El 9 de julio presentarán en el Club del Vino (Cabrera 4737) su disco iniciático, que como tal lleva también el nombre de la banda.

La bisagra fue hace casi dos años. Tonolec (es el nombre del ave que adoran los aborígenes chaqueños) les sirvió para desechar el viejo nombre y rehacerse. Aunque Diego no descartó las programaciones, ni Charo su glam, ambos iniciaron una búsqueda distinta, un desafío que traspasó los límites de la música. “Empezamos a trabajar con canciones tobas sin que ellos sepan, pero después pensamos ir a visitarlos”, cuenta Diego. Se sumergieron en un comunidad qom –nombre genuino de la etnia toba que significa “nosotros”– y acusaron el primer contraste. “Llevamos minidiscs, cámaras de video, máquinas digitales que habíamos comprado en Buenos Aires, pero no pudimos usar nada: nos recibieron con una paz y una armonía increíbles. Su música tiene poco que ver con la tecnología. Por eso la idea no fue tomar sonidos y remixarlos, como hacen los DJs, sino ir directo a las fuentes”, reafirma Diego.

Y ahí estaban Zunilda, la madraza de la comunidad toba, armando un coro de niños de su pueblo, Florencio con su violín, Enriqueta con sus danzas originarias. Inmutables. “Al principio te miden. Es un pueblo castigado, que aprendió cuidarse, te sacan tu energía de una manera asombrosa y descubren tus intenciones. El toba es resignado y pacífico hoy. Pero fue un pueblo temido por los colonizadores”, explica Charo. Si ahora ella quiebra la voz, como una toba en trance, si el timbre no es el mismo que tenía cuando ganó el premio de MTV, no es por haber aprendido canto con Nadecha Brizuela en Buenos Aires sino por haberse sentado al lado de Zunilda, para que ella le enseñe el dialecto como una niña más. “Es fonética pura, el toba no se escribe, se transmite. Te tenés que sentar y estar en paz.” El cruce de culturas definitivo fue cuando el dúo hizo viajar cuatro músicos a Chaco (María Eva Albistur en bajo, Pablo Bendow, batería; Lucas Helguera en percusión y Darío Gómez, charango, guitarra y flauta) y presentó el disco debut en el coqueto teatro Guido Miranda, ante 400 personas, un miércoles.

El coro preparó el clímax con su cancionero anónimo y popular, con leyendas musicalizadas y después irrumpieron ellos con una propuesta experimental, y sorprendente. Música étnica que en Europa entraría al mercado vía world music. Programaciones, ambientación atemporal y una fémina sensual, que se mueve como en un rito, que toca el charango y el N’Vique, que canta mucho en guaycurú (toba) y poco en castellano: “Por mis venas corre sangre nativa / es dulce / es tibia / con un beso se activa”. Y que a su vez tiene el feeling preciso para fusionarse con la abuela Zunilda y modular a dúo la bellísima canción de cuna, tras la delicadeza de un xilofón. Charo y su voz gutural encandilan al primer impacto. “Nos buscamos a nosotros y buscamos cosas que están en el lugar del que somos. Aquí radica nuestra originalidad”, dirá después.El set, corto, se desenvuelve entre mantras festivos o melancólicos, una banda que suena impecable, electrónica siempre al servicio de la causa aborigen y una versión que conmueve: Indio Toba, de Félix Luna y Ariel Ramírez. Entre los asistentes hay viejos y jóvenes. Ex fans de Laboratorio Wav, chicos y chicas con raros peinados nuevos, y curiosos culturales. Pero de los 40 mil tobas que viven en Chaco, ninguno: ni del monte, ni de las fronteras de la ciudad. Charo dice que los jóvenes qom son fanas de Iron Maiden –”re heavy metal, los pibes”–; un periodista local dice que la cana los muele a palos cuando salen a algo que no sea alistarse como peones temporarios en algodonales, obrajes o aserraderos.

Diego habla de proteccionismo cultural. “Están ahí, si querés los buscás y se brindan. Pero si no, se quedan ahí, a proteger su cultura”; y Francisco Fuentes, nexo entre ambos pueblos, advierte que todavía hay cierta resistencia a aceptar la fusión. La parábola es que el Caburé (Tonolec, en castellano) es un ave del monte cuyo don de atraer presas mediante su canto hipnótico le terminó jugando en contra, por hacer abuso de ella. “Se corrió la versión de que sus plumas servían para enamorar y ahora sufre eternamente, porque todo el mundo lo sigue para sacárselas. Les digo a los chicos que la música que hacen va a ser grande, que armonicen con la naturaleza para no caer en la vanidad.” Diego y Charo, a contramano de esa urbe apurada y dispersa, parecen encauzados en ese camino profundo.

Aunque empobrecida, Resistencia es una ciudad con mucha luz. Comercios con productos de consumo masivo, boliches nocturnos, genes alemanes, polacos e italianos revueltos que se manifiestan en rostros, fluido vaivén de autos que andan casi rápido, que no respetan semáforos ni peatón, conformando un mix atolondrado y dinámico, con bastante de argentinidad urbana. Pero Florencio no parece parte del paisaje normal. Camina lento y cansino, sus pasos van a contrapié. Porta una mirada imperturbable, como si estuviera buscando algo en el sol.

Dicen que es un toba purísimo, que nació en el monte, y que su abuelo lo introdujo en los misterios sonoros de su tribu. “Mi abuelo me enseñó. Yo tenía diez años y fue en el monte, en la naturaleza con los pájaros, disculpe si no hablo bien”, responde ruborizado. Florencio empuña un instrumento raro a primera vista: se llama N’Viqué (o Chiglioshe), y es una especie de violín de una sola cuerda, construido con una lata resonante y una cuerda de pelos de cola de caballo tensadas al límite. Cuando lo toca, le saca un sonido único, mágico, rústico.

Zunilda es mayor que él y también nació en el monte. Huérfana de madre, fue criada por su abuela y en los sesenta bajó del monte a los márgenes de Resistencia, ahí donde anclan, a contraluz de la gran ciudad, las comunidades aborígenes urbanizadas. Zunilda tiene un “hit” que se llama Canción de cuna y es placebo para los bebés: la escuchan y se duermen. Florencio y Zunilda integran el coro Chela’Alapi –Banda de Zorzales–, creado en 1962, junto a otros once tobas. Impresiona cuando entran en acción a la vez y ejecutan La mujer cazadora. La otra historia marca que junto a wichis y mocovíes, los tobas fueron el último eslabón de la campaña al desierto, después de haber exterminado a la Patagonia mapuche. En 1884, luego de una durísima resistencia, el Chaco aborigen abdicó. Habían sido los indios más aguerridos, pero no parece. Florencio, Zunilda, Enriqueta y los demás tampoco parecen sangrar las heridas de los tobas masacrados en Napalpí en 1924.

Fuentes parece sujetar el origen de la docilidad. “Sus canciones hablan de personajes que no siempre son el hombre, porque el hombre en nuestra cultura no ocupaba un lugar central sino uno más dentro de la naturaleza. Se fusionaba con el paisaje, por eso creemos en la unión de las razas... Nunca pudimos ver al hombre blanco como enemigo, porque somos parte de lo mismo”, explica, como si fuera un gurú urbano.

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