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Jueves, 20 de octubre de 2005

COIFFEUR, UN CHICO DE MORON “QUE HACE CANCIONES”

El amante del glamour opaco

¿Se puede cantarle a la simpleza del rocío, conservar algo de inocencia en la ola nihilista del nuevo siglo? Coiffeur se resiste a abandonar el barrio suburbano de pasto en las veredas “y un cielo no recortado”, y desde allí sorprende con las diez canciones de su debut.

 Por Santiago Rial Ungaro

Entre los 64 hexagramas del I Ching hay uno que enigmáticamente dictamina: “La necedad juvenil, éxito”. Esta paradoja la encontramos en el debut de Coiffeur, “un chico de Morón que hace canciones”, según su definición. Historias que, enumeradas, definen la necedad juvenil: confusiones sexuales, miedo al que dirán, fantasías de cambios radicales, enamoramientos caprichosos, deseos prohibidos. Sí, podría ser la banda sonora de una telenovela adolescente, pero esta necedad, de tan juvenil, termina resultando irresistiblemente querible. Y cantable. Una vez más, el I Ching tiene razón. Coiffeur no es peluquero, aunque se corta el pelo a sí mismo: “Me cuesta mucho olvidarme del lugar al que pertenezco: me gusta mucho Morón. Aunque sé que me tengo que ir. Es difícil, porque me gusta que las veredas tengan pasto: necesito estar en un lugar en el que, cuando ande en bici y mire hacia arriba, pueda ver que el cielo no esté recortado”. Grabadas en la casa de un amigo de la secundaria, las diez canciones del debut de Coiffeur demuestran un innegable talento melódico, a la vez que una rara habilidad con la guitarra criolla.

La comparación con Leo García (también del Oeste) es inevitable. “Nunca me lo crucé, pero es lógico que nos comparen, porque él también toca muy bien la guitarra. A mí me gusta mucho Vital, su primer disco; lo último ya no me gustó.” Coiffeur brilla con luz propia: “Toco la guitarra desde los 9 años. Es algo tan natural como comer o hacer pis. Siempre voy a componer. En este momento mi energía está puesta en buscar nuevas melodías, nuevas palabras, nuevos discos. Aunque nunca fui muy investigador, ahora estoy tratando de recuperar el tiempo perdido. Hace poco descubrí a Devo, pero mi primera influencia fue María Elena Walsh, después Xuxa, Roxette. Y aunque después me puse a escuchar heavy metal, aún me acuerdo de cuando fui a ver a Valeria Lynch con mis viejos y ella cantaba ¡Como una loba!, con un look super soft metal. Era alucinante”.

El nombre (“¿A quién le interesa mi nombre? Me extraña que el periodismo no entienda eso”) surgió de las ganas de estar relacionado con el barrio: “Se me vino a la cabeza un peluquero, superbarrial. Siempre me resultó agradable que en el medio de una cuadra de barrio aparezca un cartel que diga ‘Coiffeur’, ‘Estilista’, ‘Peinados Internacionales’. Es un intento fallido de ser glamoroso, porque siempre son lugares opacos. A veces voy en el furgón y pienso que no puedo hacer algo tan lindo como Magnetic Fields viajando así. Pero el glamour no es algo tan lineal, no tiene por qué ser siempre lentejuelas y brillantinas. En el colectivo veo gente que es muy glamorosa de otra manera. Me encanta el glamour opaco”.

Las historias de este Coiffeur (más simples pero más ambiguas que las de la mayoría de las bandas de pop) son a la vez pudorosas y confesionales, sensuales y asexuales. Dueño de una hipersensibilidad que se percibe más como una vivencia que como una pose, las canciones de Coiffeur son tan fluidas como sinceras: hay que animarse a hacer canciones como Al oído, (en las que describe a un chico que esconde la purpurina en el armario) o Amor-on (en la que propone dormir la siesta acurrucado, merendar y pasear en bici), canciones de una dulzura tan pegadiza como pegajosa, canciones que naufragarían por su blandura y su ingenuidad si no tuvieran, todas juntas, cierto glamour opaco.

Hace falta talento para cantarle a la simpleza del rocío y expresar cierta inocencia en este oscuro 2005: “Si me preguntás ahora, te digo que como compositor me gusta Donovan. Pero la otra vez escuché a los Travesti, y me pareció tremenda la energía que tienen. Son muy triperos, ¡te tenés que subir a su vagón! No me quiero encasillar. Con Yicos aprendí mucho: tienen energía fuerte y una idea de concreción muy importante. Ellos me alentaron a hacerlo. Veo gente talentosa, pero no hay mucha gente generosa. Cada uno está en la suya, es difícil juntarse y se pierde un poco todo ese talento. Es como que hablamos, pero no nos comunicamos”.

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Imagen: Nora Lezano
 
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