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Jueves, 13 de septiembre de 2007

MAD, ROCK OBRERO

Hard rock café (y cerveza)

Esta es la historia de cómo ser hardcore, sonar bien, tener aguante, atravesar la “influencia” AC/DC y salir ileso. Viaje al suburbano mundo de MAD. Crónica prohibida en una entrevista de toilette.

 Por Cristian Vitale

“Déjame mear, loco.” Un hurso importante, de voz rasposa y ademanes poco sutiles, intenta entrar al baño con un fin preciso: desagotar cerveza. Pero Diego, menos hurso aunque igual de guapo, le hace un piquete: “¿Cómo se te ocurre entrar al baño a mear...? ¿A vos te falla?”. El resto de los MAD disfruta el cuadro. El bajista puja la puerta, encierra al hurso afuera y la situación se encarrila. “Este tipo es un desubicado, quiere venir al baño a mear. ¿No ves que estamos haciendo una nota, zarpado?” A esa hora, el despintado toilette del Club 66 –cueva rockera de Pavón altura Adrogué– es el único escondrijo eficaz para evitar ruido a cristalería de la banda soporte. Alrededor de un inodoro sin tapa y una cadena bastante alejada de su esencia, el cuarto de dos por uno y medio, sudoroso y humeante, alberga cinco tipos tratando de revelar los misterios de una de las pocas bandas que sabe grosso de rock duro en la Argentina. “En el ambiente somos uno 20 monos que tocamos, y es muy natural que haya cambios entre las bandas. En nuestro caso hubo más que los que hizo Basile en los últimos tres partidos.”

Diego, el más hablador, está explicando por qué MAD mutó de integrantes tantas veces. Nunca, en cuatro discos (MAD, En llamas, Seguí la flecha y Laiv in Once), la formación fue la misma. Y las diásporas se multiplican si no se toma la discografía como parámetro. Gato Medina, ex cantante de Cuero y Jerikó, no está en ningún disco. El Vasco, ex baterista de Viticus y Naranja Metálica, tampoco. Y Nico Barreiro, plomo devenido guitarrista, apenas grabó en el último. De la vieja época apenas permanecen Morgan y el bajista. “Pero la banda mantiene su esencia –explica Morgan–. Es como en el fútbol: cuando un técnico hace un cambio es porque el equipo está cortado y necesita un enganche... También por roces que se dan con el tiempo.” “MAD es un nombre y la música –sigue Diego, casi trepado a la cadena–. El logo va antes que las caras. Además, esta banda no tiene líder. Líder es lo que se le pone a la tararira para que no te corte, es para pescar (risas). El que entra tiene un quinto, sea en Sadaic, en la composición, etc., y eso te da la libertad de decir: ‘Muchachos, hasta acá llegué’.”

–¿Son los AC/DC argentinos o es un lugar común que pretenden gambetear?

Diego: –Yo miro la cuenta bancaria y noto que nos parecemos poco (risas). En realidad se toma como referente a AC/DC, pero tenés mil bandas: yo que sé... Status Quo. El karma es que la banda se formó siendo un homenaje a AC/DC y el primer semillero de fans que tuvo fue ése. Pero los Manal decían: “Lo importante no es de donde vienes sino a dónde vas”, y nosotros queremos ir derecho por el camino del hard rock.

Vasco: –Cuando salga el próximo disco se va a notar que estamos un poco despreocupados por conservar ese sello.

Ya se nota. A las dos de la mañana, cuando la banda sube a escena, lo que suena es transpirado, enérgico, venal y calentón. Impecable. Gato no imposta tanto a Bon Scott como el cantante anterior; el primer cover es una avasalladora versión de Heartbreaker, de Led Zeppelin –con el riff del medio igualito– y el tema dos de la lista, El boxeador, trae un aire más a Lynyrd Skynyrd que al viejo y querido combo australiano. Además, la puesta. No hay registros de que alguna vez AC/DC subiera un barman al escenario con una licuadora –¡literal!– para preparar tragos en vivo y repartir, al público y a los músicos. Mientras la chica de Nico filma y la banda estalla con el primer “hit-arenga” de la lista –Pajarito on the Rock–, Gato recibe los tragos del Pata y reparte.

“Al que tenga más cara de delincuente le voy a dar el próximo. De acá salimos todos en pedo... ¡esto no es reggaetón, carajo! ¿Dónde están los chicos de La Salada?”, lanza el frontman. Abajo, la barra del medio se desespera: quiere nafta para el infierno. Como dice la bandera que cubre el retorno, Varela (Florencio) está en llamas –también literal–. It`s only rock and roll, ¿cómo dudarlo? Suburbano y letal. Genuino. “Como nadie nos pone la tarasca para grabar, entonces hacemos lo que nos pinta”, había dicho Diego en el baño, y los hechos lo estaban asistiendo.

MAD es una banda de la clase trabajadora. Se nota en el camionero de José C. Paz, una asistencia clavada a todos los recitales –sea donde sea– y ellos: Morgan es fletero de motos; Diego trabaja en una importadora de pedales; Gato es camionero y Nico tiene un bar. “Nuestras vidas no se sostienen ciento por ciento con la banda, pero la banda se autosostiene... todo lo que entra se reinvierte”, explica el Vasco, un todoterreno que, además de tocar la batería, arma fechas, cuida que todo esté en orden, transporta a los músicos y registra el tempo de la banda. Es el manager. Pero arriba resulta uno más; su batería suena especialmente pesada en Gemidos de amor y Mal parida. “En estas dos horas, soy solamente el baterista. El resto lo delego”, dice. El show dura un poco más. Entre historias mandadas (“Una tortura sos para mí / vos me dejaste / humedecido el slip”) y un sonido compacto, se va cumpliendo la máxima del pirata: “La vida no la sostenemos con la banda, pero no podríamos sostener la vida sin la banda”. Cosas del rock obrero... ese que resiste, pertinaz, en las trincheras suburbanas.

* MAD se presenta este viernes en Puerta 22, El Ayuntamiento, La Plata. A la 1 am.

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