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Jueves, 20 de noviembre de 2008

EL EX LIDER DE LOS PIXIES RETOMA SU CARRERA SOLISTA CON DOS DISCOS NOTABLES

“No tengo planes, invento a medida que avanzo”

Figura venerada por su pasado frente a los Pixies, Charles Thompson IV ha entregado discos sin pausa bajo el nombre de Frank Black. Y la mejor prueba de lo revitalizado que está tras la reunión del cuarteto, que terminó el año pasado, son sus dos últimos trabajos, que tienen edición argentina. Allí recupera su viejo seudónimo, Black Francis, y también las ganas de ponerse a aullar y a castigar la guitarra como si tuviera otra vez 20 años.

 Por Roque Casciero

A esta altura, ¿todavía hay que mencionar a Nirvana para hablar de Black Francis? ¿Es necesario recordar una vez más que Kurt Cobain admitió que Smells like teen spirit era “un robo a los Pixies”, la banda que lideró (en dos tandas) el cantante rollizo? Para algunos, sí, porque la música del cuarteto y la posterior carrera solista de su líder bajo el nombre de Frank Black no tuvieron el mismo impacto que el trío de Seattle. Sin embargo, cualquiera de los discos de los Pixies (pero especialmente los dos primeros, Surfer Rosa y Doolittle) pueden hacerle el aguante al resto de los álbumes publicados desde fines de los 80 hasta acá. Los Pixies fueron todo lo que una banda indie puede desear: caóticos, melodiosos, abrasivos, ásperos, dulces, esotéricos... Pero, ante todo, geniales. Ellos “inventaron” la dinámica loudQUIETloud, eso de mantener la tensión durante los versos para explotar en el estribillo que después usaron todos, desde Nirvana hasta Radiohead. Y antes de poder pasar factura, se separaron. Charles Michael Kittridge Thompson IV, tal es el verdadero nombre del cantante, emprendió una carrera solista prolífica y despareja, pero que logró cumbres como el inicial Frank Black, el brillante Teenager of the year y los recientes Bluefinger y SVN FNGRS (ambos con edición local).

En 2004, Frank Black volvió a ser Black Francis: un chiste en una entrevista radial devino en la exitosa y lucrativa reunión de los Pixies. Fueron tres años de giras que, lamentablemente, no llegaron a la Argentina. “No teníamos muchos más lugares donde tocar”, explica el cantante a través del teléfono. Podríamos haber ido a Sudáfrica, Bangkok o quizás a Buenos Aires, pero ya habíamos estado en el 90 por ciento del circuito. Cuando terminamos en Australia se sintió realmente como el final. Lo que podría haberle dado más aire a la reunión hubiera sido un nuevo álbum de la banda, pero no pudo ser. “La banda (por el resto) sentía que era yo el que sacaba ese tema”, sigue Francis. “Para ser justo, todo el tiempo me lo sacaban los periodistas, managers y gente de compañías. A mí no me parecía mala idea, así que se lo trasladaba a la banda, pero ellos siempre lo rechazaron. Entonces, cuando llegamos a Australia, era obvio que se había acabado. Y probablemente seguirá así hasta que ellos se den cuenta de que...”

La frase queda inconclusa, Francis recapitula: “Ojo, la cosa es que yo era el líder de la banda hace muchos años. Quizás a algunos no les gustaba, quizá yo sea medio forro, no sé, pero ése era el modo en que estaba estructurada. Ahora somos mayores, tenemos 40 y pico, ellos no necesariamente tienen ganas de ser liderados por el Capitán Black. Y puedo entenderlo, pero ellos tienen que entender que yo tampoco quiero ser liderado por otra gente, por ellos, especialmente porque yo armé la banda (se ríe). Hay cierto conflicto en ese aspecto, incluso más que antes, pero entiendo que Kim Deal no quiera ser liderada por Charles. Quiere hacer lo suyo (la bajista es líder de The Breeders), lo mismo que Joey (Santiago, guitarra) y Dave (Lovering, batería). Es difícil que algo así funcione”.

–Incluso llegaste a presentarle canciones nuevas a la banda y dijiste que a uno de los integrantes no le habían gustado, aunque no revelaste “quién era ella”, je. Esos temas, ¿fueron a parar a alguno de tus discos solistas posteriores?

–No, creo que usé uno como lado B. No me acuerdo bien, pero la mayoría no se usaron. No eran necesariamente mis mejores canciones, pero desde mi perspectiva era como un acto simbólico: “Escribí algunas canciones con este propósito en particular, empecemos el proceso”. Pero ellos no tenían ganas, lo cual está bien. Sólo quería probarles que podía escribir canciones que no fueran de country & western, porque ellos pensaban que me había convertido en un tipo del country y el blues, lo cual no es acertado. Así que tuve que escribir un par de cosas que no estaban en esa vena. Igual, ya no importa.

–Con los Pixies estuviste en Brasil. ¿Cómo es que nunca viniste a la Argentina?

–Algún día iré. A veces se hace difícil ir a lugares que quedan lejos porque hay muchos gastos para llevar todo hasta ahí. Ojalá pueda ir algún día, sólo estoy esperando la oferta correcta en el momento indicado.

–En varias entrevistas te describís como un posponedor, pero en realidad parecés incansable: siempre estás con un proyecto nuevo, como el disco de Grand Duchy (un dúo con su esposa Violet Clark) y un box set con la música improvisada que hiciste para la película muda Golem. ¿Qué te mueve a trabajar constantemente?

–Bueno, mayormente es porque lo disfruto. Me gusta grabar, hacer discos. Supongo que me considero un posponedor porque no hago demasiada preparación, incluso con la composición. De hecho, hoy en día me preparo incluso menos que antes, porque tengo hijos y ocupan mucho de mi tiempo. Así que ahora tengo una excusa (risas), les hecho la culpa por no preparar las cosas. Simplemente hago, de manera espontánea. Aunque el hecho es que siempre preferí trabajar de ese modo. No me gusta demasiado el proceso de escribir la canción, hacer demos, pensar sobre eso, pensar en cómo grabar, tener toda clase de discusiones... Tengo que ser muy espontáneo, especialmente en las sesiones que hago con mi esposa. Por lo general no podemos estar en el estudio al mismo tiempo, porque uno tiene que estar cuidando a los bebés mientras el otro graba. A veces llevamos los bebés al estudio, pero es un caos total. De todos modos, nunca trabajamos las canciones antes de entrar a grabar, las escribimos ahí, de modo espontáneo. La edición digital nos ha ayudado mucho, podemos seguir la dirección creativa del momento, intentar diferentes cosas sin estar basados en ninguna clase de visión artística o idea en particular. No hay plan, no tengo nada en la cabeza, invento las cosas a medida que avanzo.

–Pero en algún momento de tu carrera tenías ciertas cosas planeadas. Por ejemplo, con los Catholics grababas directo a dos canales. Esa era una decisión artística, ¿o no?

–Sí, sí. Seguro, hay decisiones artísticas que tomé, ciertos parámetros. A mí me gusta trabajar dentro de ciertos límites. Creo que no trabajaría demasiado bien si me propusieran hacer un disco en Jamaica con un millón de dólares y todo el tiempo del mundo. Necesito restricciones de tiempo, de canales, de instrumentación, de dinero... Alguna clase de restricción tiene que existir para que suceda, porque si no tengo ninguna, seguro que voy a malgastar el dinero.

–Algunos críticos sostienen que si hubieras sido más selectivo con lo que publicás, tu carrera solista habría sido más exitosa. ¿Qué pensás de eso?

–Creo que hay cierta verdad en eso, pero ése no es el modo en el que hago mi arte. Si hago una sesión de grabación, publico esa sesión de grabación. Quizá saco algo si no funciona, pero es muy subjetivo y muy difícil decir qué es de alta calidad. Algunos críticos piensan que podría irme mejor si fuera más selectivo pero, ¿cómo puedo serlo? ¿Cuál es mi hit? No creo que tenga sentido. Incluso si tuviera una gran canción por disco, no sería suficiente para que me haga terriblemente popular. Y hay varios discos de los que hice que tienen al menos una gran canción. Pienso que mi música es un poquito más esotérica y delirante, así que no creo que habría vendido más si hubiera sido más selectivo. No sé... Quizá si hubiera perseguido cierta clase de disco... A veces la gente quiere que hagas cosas que estén producidas más comercialmente, que suenen como otras cosas que salen al mismo tiempo y que pasan por radio. Y nunca hice discos de ese tipo, entre otras cosas porque no escucho esa clase de discos. Entonces, para mí no tiene sentido.

–En el caso de SVN FNGRS sí te pusiste selectivo, porque dejaste algunas canciones afuera y preferiste que saliera como un miniálbum de siete temas.

–Sí, porque tenía la limitación del tiempo. Los de la compañía discográfica me pidieron una canción para usar de bonus track, pero siempre me gusta darles más que lo que pidieron. Igual, tiene que ser algo válido. Ellos escucharon uno o dos tracks y dijeron: “Guau, esto está bueno, demasiado para ser un lado B, vamos a editar todo”. ¡Perfecto! Desde mi perspectiva, la razón de mi existencia como músico es lanzar discos con regularidad y tocar en nightclubs con regularidad. Eso es lo que hago y lo que disfruto. Así que dar vueltas durante tres años para intentar hacer un disco no es lo que me interesa ni la velocidad a la que quiero trabajar.

–¿Para vos es lo mismo tocar en un nightclub que cerrar el festival de Coachella, como hiciste en la reunión de los Pixies?

–En realidad, prefiero tocar en clubes porque me siento en casa. Así era cuando empecé a tocar en vivo y es con lo que me identifico. Estar en situación de festival gigante al aire libre... Está muy bien saber que voy a recibir un cheque importante después del show (risas), pero desde un punto de vista estético no es lo mío. No quiero comunicarme con la gente a través de pronunciamientos simples y gigantescos. “Ey, todos ustedes, ¿cómo se sienten? Uuuuuuooooo-hhhhh.” No quiero comunicarme de ese modo, quiero decir algo sarcástico o sutil, expresarme con la cara que pongo. Y ésas son cosas que pueden hacerse en un club nocturno. Mi propósito nunca fue estar en un estadio gigante, aunque tengo la suerte de poder hacerlo de vez en cuando. Lo que siempre quise es tocar en clubes y publicar discos independientes, no hacer discos para millones y millones de personas. Si ése fuera mi objetivo, mis álbumes saldrían con mucha menos frecuencia y los shows serían diferentes. Cuando empecé a hacer discos, ¿qué era lo que escuchaba? Husker Dü, Iggy Pop, Captain Beefheart... Música independiente, no música comercial mainstream. Es una cuestión de arte versus comercio: la cuestión está en el balance, en cuánto de arte y cuánto de comercio vas a tener en tu carrera. Cuanto más arte tenés, te ponés más esotérico; cuanto más comercio tenés, te ponés más lavado, simple y mainstream. No hay nada de malo con esto último, pero tengo mi propio balance: soy un poco un esclavo de eso, más que de tratar de ser lo más exitoso posible. No es parte de mi estética. Si no tuviera ese balance y esa estética, nunca hubieran tenido Monkey gone to heaven ni todas esas canciones de los Pixies. Sí me gustaría que los discos fueran más exitosos, pero, ¿qué puedo hacer?

–Bueno, tampoco te ha ido mal...

–Existo. Puedo hacer discos. Los periodistas siempre quieren hablar conmigo. Estoy en el club, siempre estoy ahí, nunca salgo de ahí. Y lo aprecio.

–En ese balance entre arte y comercio, ¿también entra el cambio de nombre? Porque dijiste en entrevistas que querías volver a tener un nombre más artístico como Black Francis, pero también entregaste un sonido más energético. ¿Será el efecto de la reunión de Pixies en tu modo de crear?

–Creo que es una idea razonable, aunque no puedo asegurar que sea así porque no sé qué estaba pasando, no analizo en tanto detalle, sino que me dedico a hacer. Cuando terminó la reunión de Pixies sentí que tenía que volver al viejo seudónimo, aunque no tenía idea de cómo iba a sonar mi siguiente disco. Sentí que era tiempo de un cambio simbólico. No sé, quizá sí quería ponerme más “artístico”, pero tampoco es que me siento a pensar cómo puedo hacer música más arty. Sobre todo porque no me gusta esa clase de música: prefiero agarrar la guitarra y encontrar ciertas secuencias de notas que me gustan. Y cuando hacés eso, no estás pensando en el arte, en tu carrera o en cuán diferente es de lo último que hiciste, es algo más interno y misterioso. Sí, a veces para poder ir de un punto a otro, en el medio tenés que hacer ciertas cosas simbólicas, como cambiar el nombre a Black Francis. O, en el caso de Frank Black & The Catholics, tomás el nombre de una banda. ¿Qué significa eso? No sé, pero quizá significa que vas a tocar con la misma gente durante un tiempo y que vas a perseguir algo en particular. Otro símbolo puede ser agregar guitarra pedal steel: la música que vas a intentar hacer después de eso será bien americana, rootsy, de rock clásico. Ese sonido va a guiarte en cierta dirección. Incluso si no lo usás en todas las canciones, ya estás en ese camino.

–Por eso pensaba que después de tres años de tocar las canciones de Pixies de algún modo subconsciente de dio una nueva dirección.

–Seguro, yo también me lo pregunto. No sé, otra gente es más específica, tiene visión artística, ideas, un sonido en su cabeza que quieren liberar. Entiendo cuando la gente habla de ese modo, pero no es así como trabajo ni mi personalidad. No sé cuánto creo en el horóscopo chino, pero cuando aprendí que soy serpiente, entendí bastante: “Ah, la serpiente siente de este modo. Así es como soy, por eso tengo esta personalidad”. Si alguien tiene una visión muy clara, es porque no es serpiente.

–Pero vos creás tus canciones y son diferentes a las del resto, así que algo pasa.

–Eso espero. Es como los que hablan del mercado de valores hoy en día: los consejeros te dicen que si tenés acciones las mantengas, que no las vendas, porque con el tiempo van a darte resultados. Algo parecido pasa con la música: “Sé que a la gente no le gusta tanto lo que hago, pero si lo defiendo quizás algún día este disco va a dar sus resultados”. Por ejemplo, estoy seguro de que cuando Iggy Pop hizo Lust for life hubo otros discos mucho más populares. Estoy seguro de que mucha gente en 1977 diría: “Sí, Iggy anda con David Bowie, ¿y qué? ¿Escuchaste a los Ramones o a los Talking Heads? Eso es lo nuevo, Iggy está viejo, el disco suena oscuro”. Pero hoy en día el disco es considerado un clásico, tan clásico como Pet sounds.

–En tu caso, eso sucede con Teenager of the year.

–Sí, ése es uno que ha funcionado y que la gente vuelve a él y dice que es un gran disco. Entonces, lo único que podés hacer es esperar que alguno de tus discos tenga una larga vida. No todos van a tenerla, pero tampoco podés pretender lograr un Lust for life cada vez que entrás a un estudio (risas). De hecho, es por eso que seguís volviendo al estudio: porque sabés que hubo una vez mágica y querés volver a ella. Es difícil decir “así se hace magia, tenés que ponerle un poco de esto y aquello”. ¡No! No hay receta para la magia.

–Tus últimos dos discos son conceptuales y dijiste que todo lo que escribís últimamente aparece con un concepto unificador. ¿De dónde salen esos conceptos?

–No lo sé, es más una cuestión de estar dispuesto a la idea de tener un concepto. Antes no estaba dispuesto a eso. Irónicamente, lo estoy ahora que los álbumes dejaron de ser importantes y todo se trata de canciones sueltas otra vez. Por las bajadas de Internet, el concepto mismo del álbum está bajo ataque. Pero sí, en los últimos años me gusta la idea del concepto unificador porque significa que voy a poder escribir un buen grupo de canciones. Para mí, escribir la música es la parte fácil, lo difícil es escribir letras con las que me sienta cómodo. Entonces, si tengo mucha música y tengo que ponerle letra, es más difícil buscar un concepto para cada canción. En cambio, si tengo un tema unificador, sé que voy a escribir sobre algún aspecto de eso. Es como escribir canciones para un musical o algo así.

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