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Jueves, 23 de septiembre de 2010

LA RELACION DE LOS JOVENES CUBANOS CON EL VIAJE

“Yo ya no sé qué es el progreso”

AL FINAL, DESPUES DE TANTA MALA PRENSA, ¿SE PUEDE SALIR DE CUBA O NO? PORQUE UN CRONISTA DEL NO RECORRIO LA ISLA Y NO PARO DE ENCONTRARSE CON CIUDADANOS QUE CONOCIAN LOS MAS RECONDITOS RINCONES DEL PLANETA.

 Por Brian Majlin

Desde Cuba

Los cubanos viejos aman la Revolución y los jóvenes sólo quieren Internet. Uno de los principales desvaríos del sentido común habla sobre ese aparente rechazo a la épica revolucionaria y a la realidad actual de la isla por parte de las nuevas generaciones. Pero hay también un conjunto de verdades ocultas tras el sentido común. Historias, sueños, anhelos y también viajes. Porque lejos del suelito propio, al son de otras rumbas, muchos cubanos han podido emigrar de la isla. Y muchos, aunque en principio choque con lo imaginado, han regresado.

En plena Plaza de Armas, en uno de los rincones más poblados de turistas de La Habana vieja, asoma David Guerrero entre libros y sonrisas. Es abogado, tiene hablar pausado pero seguro y suelta, cada cuatro palabras, una broma. También un deseo que se le hace un peso oprobioso: viajar.

Se esboza una primera teoría: “Los cubanos queremos salir porque vemos todo lo bueno que traen los turistas. Puede que sea sólo eso que unos pocos pueden, pero queremos viajar y verlo”. Dine, que no es abogado sino historiador y vende artesanías a la vuelta de La Bodeguita del Medio en lugar de libros, sonríe y asiente esa idea. Su verdadero nombre es Juan Rivero y le dicen Dine porque, dice, le gusta el dinero. Los dos son claros: quieren viajar. Pero ambos dejan en claro también que conocen la historia de su país, que defienden la epopeya de los revolucionarios y a Fidel Castro. Y recomiendan hablar con mucha gente y en toda la isla para comprender al cubano.

Trinidad es una de las ciudades más visitadas por el turista y, con ella, de las más aliñadas y pintorescas. Colonial, empedrada y con calles en cuestas, atrae infinidad de visitantes que dejan su huella de consumo a simple vista. Con latas arrojadas en suelo, por ejemplo.

Yendo por detrás de la zona histórica y mejor rankeada de la ciudad, puede buscarse el mar adentro cubano. Allí, en una calle cortada de tierra y piedras puntiagudas, cuatro chicos arrastran un monopatín rústico de madera y rulemanes, mientras otros jóvenes de entre veinte y treinta años los observan desde una especie de terraza a pocos metros del suelo. Al pasar por allí saludan amables. Y aunque se sorprenden de que un extranjero llegue hasta ese rincón donde “llegan poco los turistas”, empiezan con el intercambio de vidas.

“Yo sé que todos quieren viajar, sobre todo los más jóvenes, pero cuando puedes salir y conocer lo que pasa del otro lado y cómo se vive, empiezas a valorar más lo que hay acá.” Mariano Avella cuenta su cuento con ojos abiertos y tonada caribeña. Moreno y fibroso, de pectorales opulentos y colgantes plateados, ríe mucho, pero se pone serio para dar sus opiniones.

El pudo cumplir ese sueño migratorio recurrente en la isla cuando se casó con una estudiante italiana. Y advierte: “No fue una estrategia sino amor”. “Mira chico, yo entiendo que quieran irse los que nunca han salido; yo mismo quise eso y aún me gusta viajar, pero sí he visto lo que se sufre la miseria y el maltrato en otras tierras. No importa cuánto te esfuerces, siempre serás el extranjero inferior. Yo no cambio esta vida por nada”, avisa Mariano. Cuenta luego que ha sufrido, pero que no le faltó empleo y eso le permitió viajar a otros lugares de Europa. Londres, por ejemplo, donde vio el vértigo de las grandes ciudades capitalistas. “En ese contraste aprendes a valorar la tranquilidad y la seguridad que aquí tenemos”, dice. Y se apura para aclarar: “La seguridad material sí, pero sobre todo la alegría”.

La peculiar mirada de Mariano pareciera una excepción a las lógicas migratorias de los cubanos, pero al lado nomás, sentada en una baranda que da a la calle, sonríe y asiente Alejandra Avella. Ella tiene algunos años menos y no ha conocido tantos sitios como su hermano, pero avala todo lo dicho por él. Su experiencia es más corta: invitada por Mariano, conoció Europa por unos meses. Luego volvió preocupada. “Claro que es duro estar aquí encerrado y sentir que no puedes salir. Yo quiero lo que tú y lo que todos, poder conocer otras culturas. Seguramente volveré a ir a Europa, pero ya vi lo que el mundo puede ofrecer y me alcanzó para entender que en ningún sitio estaré como aquí.”

Los ojos de los hermanos trinitenses se pierden en alguna vaga imagen borrosa de la vieja Europa. Puede que sea en el Duomo milanés o en el Ponte Vecchio florentino, pero ambos retornan a su mundo empedrado y de ron matutino. De rulemanes en la tierra. Y se despiden con un anhelo revolucionario para sus compadres: “Ojalá todos puedan irse algún día a ver el mundo. De seguro regresarían muchos de ellos y convencidos de que hay que valorar más nuestro propio sistema”.

Detrás de cada historia y utopía se cuece la idea del progreso. Occidente vendió la noción de una carrera, un avance que se mide por los logros materiales y el éxito individual. En Cuba también se puede ver esa aspiración, aunque la cabeza de un cubano tenga otro andamiaje cultural.

Congo es uno de esos casos testigo. Ejemplos de algo que no se dice, pero existe. Se acerca a un costado de las aguas cristalinas de la Playa Blanca, a pocos kilómetros de Baracoa, en la provincia de Guantánamo. Se presenta, se ríe de su apodo –lógicamente por el color de su piel– y pide permiso para entablar conversación. Dialogar con extranjeros es una de las formas de viajar para los cubanos. Congo –Gerardo Carranza en su documento– quiere contar su historia. Su carrera hacia el progreso.

“Yo juego baloncesto, pero ahora no es la época, por el calor”, explica este cubano de veintisiete años, casi dos metros y unos dientes blanquísimos. Cuenta que emigró a Italia –y van...– con su señora, “una turista que me enamoró”, y que allí se dedicó a jugar en ligas menores y a trabajar en computación. También anduvieron, con su pequeño hijo, por España.

“La situación ahora es tremenda con la crisis y el paro. Acá todos creen que si te vas estás salvado y progresas, cosa que aquí es difícil, pero allá he visto y tocado la pobreza”, cuenta algo tímido y reflexivo Congo, mientras explica que extraña a su familia, pero que traerlos aún es muy difícil porque el niño es muy chico y precisan los documentos de la estricta Unión Europea. Además, su idea es “que lo conozca su abuela y luego retornar a Italia”. Congo sólo vino a Cuba por seis meses, para esperar que la situación de Europa mejore. “Uno se va lleno de ilusiones en busca de progreso”, se justifica a la vez que hace gestos con los que parece explicar lo que dice a continuación: “Yo ya no sé lo que es el progreso, pero acá me levanto más tarde, me las rebusco en algún trabajo y tengo la tranquilidad de mi gente con toda su alegría y calma”. Y añade risueño: “Y tengo el mar y el ron”. Al rato, Congo se va en busca de pescado para el almuerzo. En Cuba, ése es el progreso que el paro le niega donde están su esposa y su hijo. Allí donde dice que volverá, pero sólo por ellos.

De regreso al pueblo se aparece Mauro Rivero. Diecinueve años, piernas flaquísimas, sonrisa permanente y su bici-taxi. El quiere viajar, dice. Aunque no tanto por progreso. O quizás eso sea el progreso para él. Quiere conocer “el mundo”. “Soy feliz con lo que tengo y con mi rumba. Trabajo para divertirme con lo que gano y ayudar un poco en la casa”, cuenta. Sus hermanos menores, claro, no trabajan. “En Cuba no hay niños trabajando”, le digo a Mauro, que se sorprende con mi sorpresa y promete visitar la Argentina algún día.

De camino a La Habana hay una parada en Santa Clara, la ciudad del Che. Allí donde la Plaza de la Revolución lleva el nombre de Ernesto Guevara y están su mausoleo y sus restos hallados en Bolivia. Allí donde el asesinado luchador vela desde la estructura de bronce por los cubanos, varios grupos de jóvenes se juntan a beber ron o cerveza, a patinar o simplemente a escuchar música. También a flirtear un poco con otros y otras jóvenes. Muchos de ellos se irán y muchos otros soñarán con hacerlo. Pero nadie dice ni sabe cuántos de ellos han de volver a su isla.

Ya en La Habana, Aleida Guevara, hija del mito y héroe, explica lo dicho a su manera: “Yo tuve la suerte de conocer todos los continentes y muchísimos países, por eso puedo decir que no hay como este lugar. Aún falta mucho por hacer y mejorar, pero en ningún sitio hallé tanta vitalidad y alegría”. El orgullo, ese gen que parece tan cubano, se hace presente en los ojos vidriosos de Aleida. Y en los de Dine y David, cuando los despido al salir de Cuba.

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