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Jueves, 24 de marzo de 2016

LA OTRA GLORIOSA JP

Metete

La “Juventud Postdictadura” aprendió sin la guía de la generación previa (desaparecida, asesinada) que participar es construir y colectivizar.

 Por Brian Majlin

A mediados de los ‘80, durante la Primavera Democrática y los juicios a las Juntas Militares, llegaron a la Argentina libros infantojuveniles que marcaron a la generación post dictadura. Con tapa dura y título azul sobre fondo blanco, rezaban: “Elige tu propia aventura”. Tenían un lema simple –“Las posibilidades son múltiples; algunas elecciones son sencillas, otras sensatas, unas temerarias... y algunas peligrosas. Eres tú quien debe tomar las decisiones... Recuerda que tú decides, que tú eres la aventura”– pero con un trasfondo que dejó su impronta. Esa es la lógica que acompañó el crecimiento iniciático de una generación que, tras la deforestación genocida (cultural, política, ideológica) de la última dictadura cívico militar, tuvo como principios rectores de sus mayores el “No te metás” y el desarrollo individual.

Había miedo. Pero había, además, algo que con los años una porción importante de la juventud logró modificar, una idea de que el destino de los desaparecidos y asesinados había sido consecuencia inevitable de sus ideas. Aquel “Algo habrán hecho”. A 40 años del inicio oficial del plan sistemático de exterminio, que había comenzado antes a manos de sectores parapoliciales y ligados al gobierno que finalmente sería depuesto en 1976, la generación crecida al calor de los libros que hablaban de una aventura regida por el individuo, del “no te metás” como la forma de preservarse, parece dispuesta a encontrar –aun con vaivenes y sinuosidades– su lugar en toda esta ensalada social.

Hubo que llenar infinidad de huecos narrativos sobre los padres (propios o ajenos, referentes) que fueron arrancados de cuajo. Si la juventud es un resultado del binomio identificación-diferenciación respecto a sus antecesores, hay toda una generación que fue a oscuras por la vida, sumida en una espesura de época que los conminaba a mantenerse apartados y a salvo. ¿Pero a salvo de qué? Esa generación que va de los 25 a los 40 entendió que, en política como en la física, los vacíos son siempre ocupados. Y si ellos no ocupaban su lugar ese espacio era usufructuado por otros en favor de esos otros intereses.

El tiempo, las dudas, la lejanía quizás, pero también el devenir personal (la propia descendencia encaminada, por ejemplo) trajeron un sentido de responsabilidad social más extendido que el de la propia parcela. Se fue rompiendo –se sigue haciendo– la lógica del “no te metás” y la imposibilidad de hallar un vínculo directo entre la vida cotidiana personal y el devenir de la humanidad.

Hay que ser justos con los que forman la Generación X. No solo crecieron huérfanos sino en un momento en el que caían los muros de la Guerra Fría y el mundo se pretendía cerrado. Y les cayeron –caen aún– los estigmas menos agraciados. Son apaleados discursivamente desde una visión contradictoria: son rebeldes por naturaleza pero también apáticos por la misma razón. Se necesitaba mucho coraje para romper con eso. Por eso la militancia y la búsqueda por la trascendencia y realización grupal apareció tan en cuentagotas durante los ‘90.

Hubo todo un camino de rupturas y aprendizajes desde el “no te metás” de fines de los ‘80 y los ‘90 a la recuperación –tímida primero, desaforada después– de la participación y la acción política como modo de pertenecer al mundo y a la vez intentar cambiarlo. Viven con la mochila pesada de ser quienes se reinserten en política luego de aquellos que dejaron su vida en pos de una idea. La pregunta sobre cuántos estarían dispuestos a eso parece siempre a mano. El estigma sobre la acción política también persiste, a veces encubierto con el mote de “ñoquis”. Lo novedoso, sin embargo, es que dan pelea. Y militan.

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