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Jueves, 2 de marzo de 2006

LA BANDA QUE NUNCA VAS A ESCUCHAR

Hoy: Kaqui & the Chachos Coudets, de Rosario *

 Por JAVIER AGUIRRE

La llegada a nuestro país de los Rolling Stones, y de U2 con apenas unos días de diferencia, invita a reparar en la riqueza y espectacularidad del rock sajón. Sin embargo, no hay que cegarse por el brillo dorado de estas megaestrellas veneradas por todo el mundo, hasta por tu abuela; ya que aquí en la Argentina existen artistas tan o más geniales que Jagger, Bono o Mozart, aunque sean desconocidos y no dispongan de miles de groupies (dicen que Mozart se empernaba a medio Salzburgo). Claro, para conocer a estos artistas fenomenales pero nada famosos no se puede ser un perejil; hay que pertenecer al mundo selecto de los críticos de rock, inquietos habitués de los livings más cool, elite del garroneo en los VIPs más calientes y, sin dudas, los tipos mejor informados sobre el difícil arte de saber qué banda hay que escuchar para no ser un nabo que sólo disfruta lo que suena en la Rock & Pop.

Los privilegios de pertenecer a ese exclusivo grupo me permitieron descubrir –cual minero durante la fiebre del oro– a Kaqui & the Chachos Coudets; y a trabar amistad con ellos. Menos fama, Kaqui lo tiene todo: la contundencia de los Stones, la genialidad de los Beatles, la rabia de los Pistols, la explosión de los Who, la oscuridad de la Velvet, el histrionismo de Queen, el “rioba” de los Ramones, la malicia de Dylan, la bondad de Bono, los gestos de Fito, la juerga de Sabina, el hermetismo del Indio, el talento de Calamaro (Andrés), la emoción de García (Charly) y la poesía de Spinetta (Luis Alberto).

Sin embargo, a pesar de tantas virtudes, la popularidad de Kaqui no ha salido de los pubs finos del Gran Rosario ni de las encendidas columnas de sus amigos periodistas, entre los que ocupo un lugar excluyente; lo que me halaga. Recuerdo cuando, luego de un concierto inolvidable e incendiario de los Chachos Coudets en el barrio madrileño de Malasaña, Ale Sanz ninguneó a Kaqui –que bebía mojitos en la barra– y me apuntó con el dedo: “Oye, chaval, ¿así que tú eres el cojonudo descubridor de este tío fantástico?”. No sé si me hablaba a mí, ni sé si se refería a Kaqui; pero por las dudas me oriné encima.

* Cualquier parecido con la realidad es fruto accidental del azar, siempre tan turro.

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