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Jueves, 9 de febrero de 2006

AGUAS (RE) FUERTES

La Polaca

 Por Mariano Blejman

El fotógrafo entró al pabellón en una cárcel de mujeres de baja seguridad. Iba a sacar unas fotos sobre un taller de guitarra que daba un tal Malosetti. Yo lo acompañé. No era la primera vez que el fotógrafo entraba a una cárcel, pero esta vez iba a ser distinto. Demasiado distinto. Podía sacar fotos, le dijeron, pero las caras no podían salir publicadas. Ese día, podía sentirse en el olor la preocupación de las chicas por agraciar a la concurrencia. La Polaca es rubia, no pasa los 25, tiene cara de buena amiga. Lo relojeó al morocho apenas entró, y aprovechó la oportunidad de pedirle que le haga unas fotos para sus viejos. El fotógrafo la estampó en un flash, mientras todas practicaban unos acordes de guitarra. Sus viejos recibieron las imágenes, que no podían publicarse. Todos se agradecieron mutuamente el gesto. Por mail hacia Polonia, o por teléfono hacia Ezeiza. Hacía más de un año que la Polaca no veía a sus padres, que no habían querido viajar a la Argentina cuando supieron que su “nena” estaba tras las rejas. Quedó engayolada por un encargue de mulita, ese oficio de buscamundos donde llenas de gracia quedan, ese asunto burocrático que la depositó directamente en Ezeiza (allí quedó, irónicamente, cerca de donde había aterrizado). Ni el centro pudo conocer, decía ella, entre risas. Ni les salió caro el traslado, se reían ¿qué va a hacer? En estos meses, la Polaca aprendió a hablar lunfardo, ya recibió un par de tundas de algunas de sus pares, y sacó pecho a su modo, y se las arregla para seguir adelante. No es fácil, qué tanto. Tal vez si le hubiese tocado la onda verde de la aduana... ¿Quién sabe? A lo mejor no alcanzaban a conocerse. Porque el fotógrafo volvió a verla. Tal vez para llevarle las imágenes que le había sacado aquella vez. Se vieron frente a frente, sin la mirada cómplice de sus compañeras de espera. Se llamaron por teléfono. Se volvieron a ver, una vez más. Ahora, él ya no le saca fotos, ella ya no se lo pide. Ambos esperan esos ocho meses que le quedan para salir de la prisión, para irse a España a encarar otra vida. En Ezeiza quedará una celda vacía, o apenas una cama. En este diario habrá un fotógrafo menos.

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