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Domingo, 29 de marzo de 2015

VALE DECIR

¿NADIE QUIERE A MILHOUSE?

Belly Kids, editorial británica responsable —entre otros— de éxitos como Thrill Bill (libro para colorear... a Bill Murray) y Kurt and the Gang (colección de stickers que relata vida y obra de Kurt Cobain y la era MTV), vuelve a poner las garras creativas en la cultura pop con una propuesta peculiar. En esta ocasión, la lupa dirige su aumento a Los Simpson; o, más bien, al personaje secundón por excelencia (y en sentido amplio): Milhouse Van Houten, hacedor de frases ¿mitológicas? como “Mi mamá dice que soy súper” o “¡Vete al demonio, Krabappel!”. En sociedad con el artista Kieran Gabriel, la apuesta es sencilla: publicar un libro con variopintas ilustraciones del niño de gafas / perdedor predilecto, bosquejadas y pergeñadas por cuanta mano global quiera participar. Siempre y cuando pase cierto estándar de calidad, claro; y respete la única condición impuesta por Belly Kids: el mejor amigo de Bart ha de ser dibujado de memoria.

Ninguna referencia externa, pura memoria y poder cerebral, advierten los mentores del asunto, a la vez que promueven la cosa al son de “Mientras no hagas trampa, podés ser tan creativo como gustes”. Y en paralelo avisan que, además de la edición material del libro-objeto con los mejores intentos, será exhibido en formato muestra en Londres en el correr del 2015. “De momento, el resultado ha sido una mezcla fantástica que oscila entre lo tremendo y lo terrible. Artistas como Jean Jullien, Kali Ciesemier, Rose Blake, Tom J. Newell, Brian Butler y Ping Zhu ya se han involucrado, pero buscamos más presentaciones”, comenta Michael Coley, de la casa editora.

Y agrega: “Lo que se observa generalmente es cómo se extienden los estereotipos y se pierden algunos detalles asesinos. Esa desconexión entre el cerebro (que ve a Milhouse tan claramente) y la mano (que bosqueja una versión loquísima) es lo divertido de este juego”. Pero, ¿por qué la obsesión con el pequeñín de pelo azul y no con los principales de mechas puntiagudas? “Porque los secundarios traen sus trampillas...”, se relame Coley. Entonces, al final: ¿alguien quiere a Milhouse?

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