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Domingo, 5 de julio de 2015

VALE DECIR

ADIÓS AL HÉROE KITSCH

El arte kitsch está de luto, llora lágrimas de purpurina frente a la reciente muerte de uno de sus más grandes —e involuntarios– contribuidores. Se trata del norteamericano Donald Featherstone, quien diseñase en la década del 50 uno de los objetos decorativos más inútiles, estéticamente cuestionables y populares de la historia de Estados Unidos: el flamenco rosa, plástico pájaro que “engalanó” jardines a diestra y siniestra desde que la empresa Union Products comenzase a venderlos en el ’57. “Por muy poco dinero, le ofrecíamos a la gente elegancia tropical en una caja. Hasta ese momento, solo los ricos podían darse el lujo de tener mal gusto”, ironizaba el propio Featherstone en una interviú de 2007, sin dejar de recordar que su creación fue inspirada por imágenes de flamencos publicadas en National Geographic. “En la década del 60, el suburbano flamenco –barato, producido en masa, artificial, inexplicable color rosa neón– era ampliamente vilipendiado como una escoria de pésimo gusto. Razón por la cual John Waters lo amó, y llamó a su rupturista film Pink Flamingos, deleitándose con la indignación de la crítica. En los ’70, la generación rebelde adoptó a la chuchería para desafiar los límites del arte; y la subcultura gay lo convirtió en su mascota. El ave se había convertido en un símbolo de transgresión social. En los ’80, tantísimas instalaciones lo tenían de protagonista en galerías avant-garde. En los ’90, era un popular regalo de mudanza”, historiza el New York Times sobre el objeto trash que supo transformarse en alta cultura. “Mis flamencos han sido acusados de ser ordinarios, pero han entretenido a más de una generación”, ofreció en cierta ocasión su ideólogo, muerto a los 79.

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