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Domingo, 22 de mayo de 2016

VALE DECIR

EL DESTRIPADOR DE CROYDON

Además de los consabidos crímenes perpetrados por el célebre Jack el Destripador, otros asesinos múltiples o seriales han provisto a la historia británica de caudalosos ríos de sangre, nutricios para la pesadilla. Peter Sutcliffe, el estrangulador de Yorkshire, se aplicó en menesteres mortíferos, básicamente con prostitutas. El matrimonio Fred y Rose West hizo lo propio con una decena de muchachas, incluida su hija Heather, enterrando los restos en el sótano o jardín de su casa, en Gloucester. A Dennis Nilsen lo incriminaron dos cabezas encontradas en el cajón de una mesa, al igual que otros restos –de muchachos que descuartizaba– que tapaban, sí, sí, sus cañerías. Por mencionar unos pocos casos, a los que, en el último tiempo, se suma otro sanguinario de antología. Sanguinario muy buscado por Scotland Yard, que, a diferencia de sus antecesores, aterroriza las calles de Londres asesinando ya no a personas sino a gatos. Entre 40 y 60 en los últimos seis meses, sin contar los varios cientos que –se estima– habrían caído en sus garras en los últimos años. El Croydon Cat Ripper –tal como se conoce, en honor al barrio donde comenzó a matar– mutila con saña y siniestra regularidad. A Oscar, un atigrado de 8 años, le arrancó cabeza y cola; a la siamesa Oreo la decapitó sin remilgos, dejando su collar sobre el cuerpito inerte; a Paddy sencillamente la cortó a la mitad; a Amber ni siquiera le dejó las pezuñas… Y de todos se ha llevado un “trofeo”, un memento, una partecita de su anatomía. “El dolor que experimentan estos animales es inimaginable”, aseguran autoridades de PETA, que ofrecen 7 mil dólares por cualquier pista que lleve al arresto del susodicho sádico. Suman, además, que “por sus limitaciones para defenderse, los bichos resultan las víctimas ideales para practicar”. Las mutilaciones, limpias; realizadas con filo profesional. “¿Matará el destripador de gatos de Croydon a un ser humano?”, incurrió el alarmista Daily Mail sobre el asesino que opera en zonas residenciales con “brutalidad sistemática”, lejos de cámaras de seguridad. Algunos, por cierto, comparten la inquietud, recordando casos pasados que comenzaron la malicia a pura crueldad animal. Mientras, las teorías proliferan; también el terror y los cadáveres felinos.

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