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Domingo, 16 de diciembre de 2012

VALE DECIR

La historia sin fin y sin argumento

El periodista Dmitry Golubovskiy, editor de la edición rusa de la revista Esquire, parece tener mucho tiempo libre; al menos, 213 minutos (más de tres horas y media). Ese es el rato que derrochó al leer la palabra más larga de la lengua inglesa, un término de 189.819 letras que –afortunadamente– goza de abreviatura: el Titin, como se lo conoce, singular vocablo que refiere a una proteína francamente enorme. Es que, según es práctica científica, su nombre está conformado por la suma de los numerosísimos químicos que la componen. Y son muchos.

Como dato, podría decirse que el término empieza con “Methio” y termina como “leucine” (especificarla íntegramente llevaría páginas enteras). Como no figura en el diccionario anglosajón (la palabra más extensa allí sólo reúne 45 letras y es “pneumonoultramicroscopicsilicovolcanoconiosis”), algunos dudan de si un químico efectivamente califica como palabra, otros la reafirman en su calidad de record para el idioma inglés.

Para los valientes que quieran escucharla, alcanza con sintonizarla online y someterse a lo que algunos medios han calificado como “un conjuro y un mantra” por la repetición monocorde y el “trance mágico” al que invita. Como fuere, el irónico video (donde, en cierto punto, a Dmitry le crece la barba y la flor que lo acompaña se marchita) se ha vuelto viral; lo que se desconoce es cuántos usuarios de redes sociales aguantaron la épica lingüística de principio a fin. Se presume que pocos. Al menos, sin ayuda química.

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