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Domingo, 5 de septiembre de 2004

PáGINA 3

La patria en la biblioteca

Por Kurt Vonnegut

He visto, como probablemente la mayoría de ustedes, Faherenheit 9/11, de Michael Moore. El título es una parodia de la gran novela de ciencia ficción de Ray Bradbury, Fahrenheit 451. Esa temperatura, los 451 grados Fahrenheit es, incidentalmente, el punto de combustión del papel, material del que están hechos los libros. El héroe de la novela de Bradbury es un empleado municipal cuyo trabajo es incinerar libros.
Y con respecto a la quema de libros: quiero felicitar a los bibliotecarios, que no son famosos por su fuerza física, ni sus poderosas conexiones políticas ni su riqueza, y son quienes, en todo el país, vienen resistiendo heroicamente a los matones antidemocráticos que intentan hacer desaparecer ciertos libros de sus estantes, y que se han resistido a revelar a la policía del pensamiento los nombres de las personas que sacaron esos títulos. Por lo tanto, la Norteamérica que yo amaba todavía existe, si bien no en la Casa Blanca ni en la Suprema Corte ni en el Senado ni en el Congreso ni en los medios.
La Norteamérica que amo todavía existe en las mesas de entrada de nuestras bibliotecas públicas. Nuestras fuentes diarias de noticias –los diarios y la televisión– están actualmente tan poco atentas, tan poco informativas, que sólo en los libros podemos averiguar qué es lo que está pasando en realidad. Voy a citar un ejemplo: House of Bush, House of Saud el libro de Craig Unger publicado al comienzo de este humillante y vergonzoso año bañado en sangre.
En caso de que no se hayan dado cuenta, y como resultado de un desvergonzado fraude electoral en Florida, donde a miles de afroamericanos les fue quitada su franquicia de norteamericanos, ahora nos presentamos ante el resto del mundo como orgullosos e impiadosos amantes de la guerra, con un arsenal apabullante y sin rival.
En caso de que no se hayan dado cuenta, ahora somos casi tan temidos y odiados como lo fueron los nazis.
Y con razón.
En caso de que no se hayan dado cuenta, nuestros representantes no electos han deshumanizado a millones y millones de seres humanos por su religión y su raza. Los herimos y los matamos y los torturamos y los encarcelamos todo lo que quisimos.
Fácil.
En caso de que no se hayan dado cuenta, también deshumanizamos a nuestros soldados, no por su religión o raza sino por lo bajo de su clase social.
Mandémoslos a cualquier parte. Hagámoslos hacer cualquier cosa.
Fácil.
Entonces soy un hombre sin país, excepto por los bibliotecarios.
Antes de que atacáramos Irak, el majestuoso New York Times garantizó que existían armas de destrucción masiva.
Hacia el final de sus vidas, Albert Einstein y Mark Twain perdieron toda esperanza en la raza humana, aunque Twain no había visto la Primera Guerra Mundial. Hoy, la guerra es una forma de entretenimiento televisivo. Y lo que hizo tan entretenida a la Segunda Guerra fueron dos inventos norteamericanos: el alambre de púa y la ametralladora. La “metralla” (Shrapnel) fue inventada por un inglés con ese nombre. ¿No les gustaría que hubiera algo bautizado con sus nombres?
Como mis distinguidos mayores Einstein y Twain, ahora soy yo el tentado por la desesperanza. Y, como algunos de ustedes saben, no es la primera vez que me rindo ante una despiadada maquinaria bélica.
¿Mis últimas palabras? “La vida no es modo de tratar a un animal, ni siquiera a un ratón”.
El napalm salió de Harvard. ¡Veritas!
¿Nuestro presidente es cristiano? Adolf Hitler también lo era. ¿Qué se le puede decir a nuestros jóvenes, ahora que personalidades psicopáticas, personas sin conciencia, sin un sentido de la piedad y la vergüenza, han saqueado todo el dinero de nuestro gobierno y nuestras corporaciones y lo han hecho propio?

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