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Domingo, 21 de agosto de 2005

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Sabiduría China

Por China Zorrilla

La vocación El recuerdo más nítido que tengo es cuando uno empieza a vivir y a crecer, a decir: ¿qué pasa, dónde estoy, qué pasa en el mundo?, rodeada de gente inteligente, en una casa con tíos y tías; en mesas de doce personas que hablaban y escuchaban siempre. Lo único que tenía claro era que yo quería ser actriz: quería que me escucharan. Mamá contaba que cuando yo tenía cuatro años me llevaron al circo en París, donde una vez, viendo a esos payasos de antes con aquellos chistes tétricos, en los que a uno le cortaban el pie y salía un chorro de sangre, yo lloraba a gritos. Mamá me decía: “Pero no es verdad, no es sangre, están jugando, es pintura”. Y yo le contesté: “No me importa la sangre; yo quiero estar ahí arriba”.

La viveza criolla Irme a Londres a los veintitrés años fue el acto de arrojo más grande de mi vida. Londres me curó de una enfermedad que tenemos los uruguayos y los argentinos; es el principio de las grandes tragedias que pasan en nuestros países, que empieza llamándose “viveza criolla”, y que es “delincuencia criolla”. Estando allá, en el ’47, perdí la libreta de racionamiento, sin la cual no podías comer nada. Era la posguerra inmediata. Voy y le digo al comisario: “Mire, soy una estudiante, perdí la libreta de racionamiento”. ¿Y qué hizo? Abrió el cajón, sacó una libreta y dijo: “Tome, no la pierda”. Lo único que había que hacer para tener dos en vez de una era decir: “La perdí”. Pero estaba rodeada de gente a la que le faltaban piernas, brazos, hijos, amigos, maridos, mujeres, y que no iban a decir que la habían perdido... God Save the King. Fue mi primera lección, y eso lo veía en todos los órdenes de la vida.

El amor Yo estaba de novia con un hombre muy encantador, y me iba a casar con él, y de golpe me di cuenta de que si me casaba con él iba a dejar de hacer teatro. Por cómo era él, y cómo era su familia, un poco a la antigua, cuando yo hacía un espectáculo a ellos no les gustaba, y rompí. Fue una decisión sensata. Yo no veía mi futuro sacándome el oxígeno de la vida y rompí, y después me enamoré. Y esa vez yo hubiera dejado el teatro, y un brazo y una pierna sobre la mesa con tal de casarme con él. Pero murió. De esto han pasado cuarenta años. Me enamoré muchas veces más, pero como con él no. Yo no soy fisiquera, pero él era el hombre más lindo del mundo. Era cómico de lindo.

La autobiografía Tal vez escriba mi autobiografía, puede ser, no sé. Llevo en la Argentina treinta años ya, y muchas veces hice charlas. Es más, había un programa que se llamaba Noche China donde yo contaba historias de gente que conocí mucho como Manucho, por ejemplo, y de gente que conocí poco pero conocí, como Danny Kaye, Gary Cooper y el nieto de Tolstoi. Pero no sé, porque de las cosas lindas que me han pasado algunas no me animo a contarlas.

El paraíso ¿Qué me hace reír? Soy de fácil risa. A veces hasta los malos cómicos me hacen reír. Cuando un hombre anda haciendo grandes esfuerzos para hacer reír a la gente, yo, como soy actriz, finjo que me desmayo de risa. Llorar, me hace llorar nada más oír que alguien llora, sobre todo si es un niño.

Ahora que estoy mal de las piernas hago siempre un chiste: hay dos cosas que odio en el mundo que son la injusticia social y las escaleras. Pero, fuera de broma, odio la

Injusticia social: yo quiero que el cielo sea igual que el mundo sin las cosas malas; quiero esperar el ómnibus y que pase, quiero tener trabajo que me dé para vivir dignamente, quiero que mis amigos sean felices, quiero que se mueran los viejos y que no se mueran los jóvenes, quiero vivir en paz. Eso para mí es el cielo, no preciso angelitos en las nubes tocando el arpa. Me hubiera gustado tener hijos, casarme con un hombre que murió y, de no ser actriz, me hubiera gustado ser, creo, una buena enfermera, y hubiera odiado tener que serlo pero me hubiera gustado ser política.

Hay una canción de Serrat que se llama “Hoy puede ser un gran día”: yo juro que cada vez que me despierto, miro mi agenda y digo, bueno, día tal del año tal, duro con él.

Y está la frase de un tango: “Hoy vas a entrar en mi pasado”: la gente no puede abrir las puertas del pasado, la gente se va al pasado cuando quiere, y a veces no quiere durante mucho tiempo.

Manías Guardar papeles. Y decir: ¿cuándo ordeno mis papeles? Lo empecé a decir a los 20 años y tengo 83, así que imagínense los papeles que tengo. Y me ha nacido con la vejez una cosa muy rara, que es una pasión por los animales, especialmente por los perros, no hay nada que dé tanto y que pida tan poco como un perro.

La muerte El misterio de la muerte me lo aclaró mamá cuando se murió. ¿Quién no le tiene miedo a la muerte? Y pensábamos con mis hermanas: “Mamá tiene terror de la muerte, no se le puede hablar de la muerte...” Y un día, cuando mamá se moría –yo no sabía que ese día se iba a morir, pocas horas más tarde–, con una cara pícara y divertida, me dijo: “Vení China, mirá qué bien hechas que están las cosas: ahora que es inminente mi paso al otro mundo, el miedo le ha dejado lugar a la curiosidad”.

El dinero La gente me pregunta: ¿y usted por qué sigue trabajando? Porque yo no soy lo que la gente cree que soy y debería ser: muy rica. Pero a veces llego a la casa y me pregunto dónde puse la plata que cobré ayer. Creo que el dinero es el veneno del mundo. En todas las cosas malas que pasan en el mundo, está el signo pesos. Y la única vez que se enojó Jesús y agarró el látigo fue cuando echó a los mercaderes del templo. Yo nací en una familia con plata y después fui testigo de la ida de la plata. ¿Y ahora qué? Todo igual, todos mucho más contentos, como liberados de una especie de obligación.

La muerte 2 Yo a veces pensaba que mi amor por la vida era tan delirante que al final Dios me iba a decir: ¿Qué me pedís? Y yo le iba a decir: Diez años más de vida. Y ahora no se lo pediría. Yo estoy viviendo una vida feliz. Y, normalmente, me tendría que morir pronto. Solamente le pediría hacer una obra cómica y ver a la gente reírse. Porque te juro que lo estoy haciendo bien con la risa... con la risa buena. Pero no le puedo pedir que cambie nada. Me hubiera gustado casarme, con aquella persona que murió; me hubiera gustado tener hijos. Pero es tanto lo que he hecho de lo que quería hacer, que de las cosas que quedaron por el camino no puedo decir “¡Me faltó tal cosa!”. No se habla de eso.

Estas líneas están tomadas de las extraordinarias respuestas que China Zorrila dio en el programa de cable Hemisferio derecho, de Luis Majul. Va por canal á los domingos a las 12 de la noche y se repite durante todo el miércoles.

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